Poco leído

Confieso no haber terminado nunca de leer ‘El Quijote’ y creo que mi cultura general no es mala. Podría ser mejor gracias a una completa ingestión y digestión de Miguel de Cervantes, ya lo sé, pero no es mala del todo pese a esta carencia. No digo nada del ‘Ulises’ de Joyce, porque creo no haber pasado del primer capítulo antes de caer en trance y dormir soñando con las calles de Dublín.

Confieso igualmente que el fondo de escritorio de mi ordenador está decorado con una foto de Groucho Marx en vez de lucir una de mis hijos con la leyenda «papá vuelve pronto”, o cosas por el estilo (Tal vez ellos pondrían “papá, piérdete” en correspondencia a mis merecimientos). No soy peor ni mejor padre por no tener la foto de las criaturas presidiendo mi escritorio virtual, aclaro, aunque admito que podría serlo incluso sin foto. No nací para ser un buen padre. No paso de regular. La paternidad me sale siempre a deber, así que foto más o menos no hay remedio.

Otrosí. Reconozco que no he leído la Biblia entera. Me pone muy nervioso el pasaje de la tortura de los siete hermanos Macabeos, me da un poco de miedo el profeta Jeremías y eso me hace cerrar el libro con la frente perlada en sudor. Y no digamos nada del Apocalipsis con tanta predicción de temporales teológicos. ¿Soy ateo por ello? No, padre, no lo soy, aunque ya sé que si frecuentara más las Sagradas Escrituras me haría, tal vez, mejor persona. Amén.

Ítem más. No he leído nunca la Constitución completa y miren que he tenido años para hacerlo. Pese a ello, no me considero menos patriota, ni menos ciudadano, ni menos decente, ni menos nada que Mariano Rajoy y compañía. Ellos citan artículos de la Constitución de memoria, como algunos obispos citan versículos de memoria y ciertos chiflados se saben guías telefónicas de memoria. Puede que ellos sean mejores ciudadanos de España que yo, mejores cristianos que yo y hasta se sepan más números de teléfono que yo. Es que uno está poco leído. En fin, que uno es un mediocre ciudadano, un padre ausente, un tibio cristiano y un inculto con pretensiones y ni siquiera se molesta en aparentar lo contrario. Es lo que hay.

Anuncios

Hasta siempre, amigo Frules.

Mi hijo siempre te llamó “Frules” porque para él es difícil decir “Pruden”. Así que a tus 50 tacos pasados, mi hijo te volvió a bautizar como “Frules” porque eras su pizzero favorito; eras “Frules”, el tipo que durante años le puso en la mesa los plazos de espagueti boloñesa más descomunales que he visto y los helados de fresa mejor decorados y los cafés preparados con más cariño, y le dio los abrazos más sentidos que he visto entre hostelero y cliente. Todos terminamos por llamarte Frules. ¿Donde comemos? ¿Vamos a Frules? Y tú siempre nos reñías por llegar al Bocallino casi a las 4, pero luego siempre tenías para nosotros alguna sorpresa fuera del menú, unos mejillones a la belga o unas lentejas, o una bola de helado de mandarina aderezada con Aperol, y unos chupitos de Grappa por cuenta de la casa con los que salíamos alegres de ánimo y repuestas las fuerzas camino de la oficina después de una comida más en tu casa. Hasta la próxima que esta vez no llegará.

Desde hacía más de 15 años eras como de nuestra familia. La de las docenas de periodistas que, primero con Arturo Jardón en el Pomodoro y luego en Al Bocallino, fuimos buscando tu saber hacer, tu buen humor, tus broncas que terminaban en carcajadas y tus apretones de manos de paisano noble y currante, de obrero que se había buscado siempre la vida desde que dejó atrás el pueblín entre los montes de Ponga y Amieva en el que naciste. Bregaste primero en media Europa aprendiendo el oficio hasta recalar en Gijón donde después de mucho trabajo llegaste a consolidar tu propio negocio siempre lleno de clientes satisfechos que volvíamos una y otra vez. Te echaremos de menos, Frules. Te echaremos de menos los periodistas de la mesa redonda del fondo oscuro del local en la que estas últimas veces te sentabas con nosotros a descansar un poco y hacer unas bromas. Te echará de menos mi hijo, mi sobrino Álvaro, Carlota y todos los niños que se acercaban a ti en busca e una piruleta y te dejaban sus dibujos en aquella colección que colgabas con orgullo en la pared y que era cada vez más grande.

Te echaré de menos, Pruden. Tu muerte me ha dolido, nos ha dolido a todos por inesperada y brutal, porque nos ha llevado por delante a un amigo acogedor, a un profesional dedicado y, sobre todo a un buen paisano que, en realidad siempre quiso llamarse “Frules”.

Hasta siempre, hermano. Descansa después de tanto trabajo que hizo feliz a mucha gente que nunca te olvidará.

Actualización

Con los años he perdido dientes, pelos, ideas e ilusiones. La edad no me ha dado a cambio más cosas que una hipoteca interminable, hijos que se van, amigos que se mueren, coches que no pasan la ITV, relojes que no se detienen y una sensación creciente e imparable de fracaso, hastío e invisibilidad. La vida me sale a deber, no cuadran las cuentas por mucho que las haga del derecho y del revés. No he escrito la gran novela contemporánea, los árboles que planté se secaron todos y los hijos que tuve puede que hubiesen preferido otro padre. Pierdo voz, gano peso, no empato con nadie poderoso, se me escapan gotitas de pis si voy un poco justo de tiempo hacia el váter y las mujeres han decidido que no existo. Ya no tengo edad para dejarme unas rastas, ni para vestir como un trampero de Missouri o un traficante de opio de Afganistán, ni para dejarme una barba afilada de predicador y lucirla con gafas de pasta y una camisa de topos abrochada hasta arriba. He sido demasiado bueno o demasiado malo hasta la fecha y el resultado es este: uno del montón hecho a base de retales usados.

Esto es lo que hay a fecha de hoy, 9 de junio de 2017, y levanto acta para conste que vivir es sobrevivir salvo que te apellides Botín o Picasso. No tengo talento ni talante, no voy al gimnasio, apenas sé nadar, todo mal la guitarra y solo he debutado en los bares como cronista de mis propias arbitrariedades. Ya he de cuidar más mi próstata que ni prosa y el futuro es un arma cargada de pasado con la que el tiempo me apunta entre las cejas para dispararme en cualquier momento.

Y eso que hoy tengo el día optimista porque después de los 55 años la única forma de sobrevivir es decirse a uno mismo la verdad sin cataplasmas ni paliativos. A estas alturas actualizarse es constatar desgastes y hacer inventario de pérdidas. La alternativa es ponerse hasta arriba de botox y no es plan. Vale más parecerse a Manuela Carmena que a Carmen Lomana. El pesimismo bien informado es la mejor forma de optimismo que uno se puede permitir a estas alturas. Uno despierta por la mañana y mira al techo como los australopitecos miraban al cielo esperando una lluvia de agua o de meteoritos para decidir si ese día saldrían a cazar mamuts o se quedarían en la cueva pintando bisontes para la posteridad. Pues bien, uno despierta y va del lecho al techo esperando alguna señal que marque el camino a seguir en esa jornada en la que también habrá que pagar la ORA, los plazos de todo y en la que tampoco nos condonarán las deudas ni podremos adquirir un banco por un euro. Ni siquiera un banco del parque. Ya quisiera yo. Busca uno inspiración en el techo y, como dijo el poeta, no se le ocurre nada.

Y entonces es cuando pienso que la muerte es un gran remedio para sobrellevar la vida. Juan José Millás escribió una vez que hay ocasiones en las que la idea de la muerte es más relajante que tomarse toda una caja de Trankimazín. Tiene razón. Nunca lo había pensado pero ahora lo hago cuando me viene una punzada de angustia de esas que quitan la respiración. Morirse no es tan grave, como canta Sabina diciendo que lo decía el poeta Ángel González, si se tiene en cuenta que seguramente uno no se entera de nada llegado ese trance final y que, quiera o no, deja zanjadas todas sus dudas, deudas, problemas, incertidumbres, herencias, querencias y odios. Adiós a todos esos y a todo eso. Tus obras incompletas pasan a ser obras completas de una tacada y, de propina, todo el mundo hablará bien de ti durante unos días porque no se habla mal de los muertos, nene.

A veces entiendo la decisión de los suicidas aunque creo que por ahora no tengo su valor tajante para dar por terminada esta función. En todo caso siempre tranquiliza pensar que esa opción está disponible en el catálogo de finales que ofrece la naturaleza: cáncer, infarto, ictus, accidente de coche y todo lo demás. Hay gente más útil muerta que viva y puede que la verdadera sabiduría consista en saber cuando llega ese momento en la vida de cada uno en el que toca hacer la actualización definitiva.

¿Irse para volver?

Saber irse es complicado, requiere tacto, ritmo adecuado y un discurso cristalino que no deje lugar a duda ninguna. Dejar un cargo público es tan excepcional en este país que cuando alguien toma esa decisión, Francisco Blanco en este caso, miramos para él con cierta incredulidad, tal vez sospechando si detrás de esa decisión no habrá algo oscuro o inconfesable que recomienda coger la puerta antes de que lo pillen a uno con las manos en la masa. Saber irse y dejar limpio y recogido el despacho, sin hacer dramas, por propio pie, sin hipidos ni pucheros, portazos o medias palabras, es todo un arte que solo manejan los políticos para quienes la política es solo una etapa en su vida, no la meta final.

Y este es el caso de Pachi Blanco, a quien traté de concejal y conocí relativamente cuando yo mismo formé parte del equipo de asesores de esa Coporación. Siempre me dio la sensación de que este joven economista, de hablar pausado y capacidad para discutir con un periodista o un opositor político sin levantar la voz, era un tipo al que la política le gustaba como una herramienta más de desarrollar su trabajo, no cómo rocódromo en el que escalar puestos o una mesa camilla en la que refugiarse de las inclemencias del mercado laboral. Otros de su generación no se manejan igual que Francisco Blanco y a estas alturas ya es difícil que esos contemporáneos del consejero cesante puedan ser otra cosa en la vida aparte de políticos. Ellos y ellas sabrán.

Blanco se va porque quiere y, sobre todo, porque puede. Tiene trabajo, le gusta y retorna a él. Ello le ha permitido gobernar disintiendo y militar con ideas propias, sin cerrar filas por sistema o por miedo a irse al paro.

Otra cosa será que Pachi Blanco se haya ido para poder volver y llegue a liderar la FSA más pronto que tarde representando a la generación “sanchista” que el domingo trituró por lo civil a la vieja guardia de Suresnes y a sus aprendices de brujos. Que se vaya para volver es otra forma de ver la salida del ya ex concsejero y, desde luego, una estrategia perfectamente legítima frente a otras carreras políticas que parecen las de Tarzán: cogiendo la siguiente liana sin soltar la anterior.

Salida elegante, pausada y sin bronca. Pachi ha sabido irse. Veremos si quiere y, en su caso, sabe volver. Por ahora todo queda zanjado en este caldo espeso del PSOE en el que resulta difícil dar un paso. Estaremos atentos.

Editorial y otras bazofias

Hay editores de periódicos, editorialistas y periodistas en general que piensan que los lectores son idiotas y que la ciudadanía en general está compuesta por cretinos sin opinión que ven solo a través de los ojos del titular del día. Lo que ha pasado en los últimos tiempos es que, además de pensar estas cosas sobre los lectores para sus adentros y para hablarlo en las reuniones de redacción, algunos medios ya no se cortan un pelo en decirlo y escribirlo con la misma soltura que se lanza un salivazo sobre la cara del tonto del pueblo. No hay más que leer hoy lunes 22 de mayo el editorial de El País en el que, lejos de aceptar la aplastante realidad de un 50% de votos de la militancia socialista que apoyan a Pedro Sánchez y sin capacidad para ver que la protegida del sistema se ha caído con todo el equipo menos en la tierra de María Santísima y olé, en este periódico se dedican a señalar los graves problemas que supondrá Sánchez para España como si de un nuevo Maduro se tratase.

En un editorial que parece escrito en la fundación FAES y que podría ir firmado por Rafael Hernando, Aznar y Mayor Oreja en pleno delirio, se compara a Pedro Sánchez con Podemos y Trump, amén de otras lindezas deslizadas entre líneas en la que, no más, se da entender que todos los militantes que apoyaron a Sánchez Castejón son una pandilla de populistas alucinados que, acto seguido de perpetrar tan revolucionaria votación, se abalanzarán con teas, hachas, hoces y martillos contra el Congreso, el Senado, la Moncloa y la Zarzuela. Para El País y sus pares en el mundo periodístico la democracia está muy bien cuando salen las cartas previstas y la partida termina como estaba mafiado. El problema es que, como dijo aquel, los periodistas deben ser “gente que cuenta a la gente lo que le pasa a la gente”, y no seres superiores que se creen en la obligación de decirle a la gente lo que tiene que hacer, so pena de ser llamados ignorantes o cosas peores al día siguiente.

En el periodismo se puede ser de izquierdas, de derechas, de gin toninc, de güisqui y de agua sin gas; los hay puteros y meapilas, intrépidos y cobardes, currantes y apalancados; los hay leídos y zopencos, los hay avispados y de los que no ven una noticia aunque la tengan debajo. En periodismo se puede ser de todo menos manipulador, mentiroso, torticero y despectivo con el público que te da de comer. El día en que el Madrid gana la liga y Susana pierde hasta las bragas se puede tener la tentación de escribir muchas barbaridades si se es barcelonista o susanista y el domingo te ha salido más mierda de lo habitual. Se tiene esa tentación cuando se compra tinta por barriles pero debe superarse porque hay que escribir para que te entienda el panadero, pero no como si tú fueras un panadero en vez de un periodista. Escribir con las tripas y mojando la pluma en bilis o en caca directamente nunca fue buena solución. Así van el periodismo y la política, cada vez con menos seguidores. El editorial de El País es un insulto a mucha gente y, cuidado, porque los periódicos se someten a primarias todos los días y ayer ha quedado claro de nuevo que el noble pueblo soberano hace mucho tiempo que ha dejado de ser idiota y ya no vota a quien le dicen, ni lee lo que le mandan. Últimamente se dedica más bien a degollar a fantasmones en las urnas y a envolver sus tripas con papel de periódico para echárselas a los perros.

Te quiero, Revoltosa y te quiero Revoltosa.

Siempre quise tener una novia revoltosa, una novia de esas inquietas e imaginativas en todos los momentos, lugares y posiciones, suposiciones y tal. Siempre quise una novia revoltosa pero nunca la tuve de la misma forma que jamás conseguí un Ibertrén. Algunas novias mías decían que había sido revoltosas en los años anteriores a conocerme a mi, vaya por Dios, siempre llega uno tarde a donde nunca pasa nada. Otras me confesaron que el picor de camiseta les entró después de dejarme. La mayoría me espetaron que a mi lado les entraba mucha revoltura, razón por la que apenas me trataron. Así que me conformé con beber litros de gaseosa Revoltosa y de escuchar la zarzuela del mismo título en compañía de mi difunto padre (entonces aún estaba vivo), muy aficionado al género chico.

Tuve que dejar atrás la edad pueril y juvenil para llegar al periodo maduril (Rabinovich dixit) y conocer a una revoltosa que me tocaría mucho. Me apresuro a aclarar que lo que más me ha tocado esta revoltosa de la que hablaré es el alma, la conciencia, me remueve mi oxidada sensibilidad heteropatriarcal-veteroscaucásica-caústicomachista; me toca algo el bolsillo y mucho el cariño. Nunca es tarde si la chica es buena y si sabe revolver con arte y precisión como esta saber hacer. A esta Revoltosa me la presentó Juaco Amado una tarde y supe yo allí mismo que ella sería la Revoltosa de mi vida por años. Y no es que la rapaza mostrara por mí un interés desmesurado. A ella le gustan los tipos jóvenes, los intelectuales curtidos o en periodo de maduración, los sindicalistas cuarteados, las feministas, la veganidad en general, los perros en particular, y los seres heridos en guerras diversas que precisan reposo, escondite y algunos cómplices para escapar del grotesco paisaje cotidiano.

Yo quiero mucho a la Revoltosa a pesar de que ella me sea infiel a diario con su corte de docenas de admiradores y admiradoras que, sin duda, reúnen muchas más condiciones que yo para ser dignos y dignas de su pasión. Aun así, como dijo un cubano, “no es perfecta, más se acerca a lo que yo simplemente soñé”. Fíjense las cosas que me hace escribir esta cabrona.

El caso es que ahora que nuestra Revoltosa anda un poco pachucha, reumática, con más arrugas y desconchones de lo habitual, y humedades en el cuerpo y en el alma, le escribo yo esta carta de amor para calentarle un poco el corazón, como dijo el poeta, y para decirle que somos muchos sus enamorados, y los capaces de bebernos todo su vino o sus hierbajos hervidos, de comernos todos sus pasteles veganos y sus aceitunas de garrafón (lo digo por el frasco que las contiene, no por su acrisolada calidad) y de dejarnos la vista y el sueldo en todos sus libros (menos los de Vargas Llosa), para que salga pronto de la crisis y vuelva a ser la más maciza del barrio, la más guapa del maremoto, la más revoltosa de este mundo tan revuelto que ella hace más reposado, solidario y excitante.

Vuelve a guiñarnos el ojo, Revoltosa. Te queremos, Revoltosa y te queremos revoltosa.

Tuyo afectísimo. Uno de tantos.

Mastropiero y la princesa

Con el premio Princesa de Asturias 2017, Johann Sebastian Mastropiero está ya y para siempre a la altura de Johann Sebastian Bach, un merecimiento tan justificado como sorprendente para un compositor que, pese a no haber existido nunca que se sepa, es autor de algunas de las obras más conocidas, tarareadas y aplaudidas de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. Mastropiero, ya inmortal en la memoria musical y humorística de generaciones, le debe todo a Les Luthiers, unos señores argentinos vestidos de smoking que le imaginaron, le dieron vida y le atribuyen todo tipo de obras, más de 200 interpretadas con unos 30 instrumentos informales e impecables. El repertorio llega desde la cantata barroca basada en un prospecto farmacéutico de un  laxante, los consejos místicos de Warren Sánchez, la sintonía para Fly Airwais, compañía aérea con un solo avión,  hasta el bolero “Perdónala”, plagiado de un tal Günter Fragher que, seguramente, sería compañero de farra de Johann en ese periodo de su vida oscurecido por el alcohol y que, según sus biógrafos, abarcaba desde las 7 de la mañana hasta la hora de acostarse. En ese aspecto tenemos algo en común.

Joahnn Sebastian Mastropiero ha sido en su vida el ardiente enamorado de la opulenta marquesa de Quintanillas, el autor de la oda al odontólogo Miles Flanagan o de la música para el homenaje al rijoso ginecólogo Von Uter; el mentor de Mario Abraham Korsklap o Johnny Little Bang, el alter ego de Carolino Fuentes, diestro con la lanza y siniestro con la guitarra, el creador de un ballet que une al repulsivo Roboflecto y el siempre dubitativo príncipe Basili (¿o era Vasili?), el inspirado de autor de la zarzuela “Las majas del bergantín”, una versión musical del teorema de Tales, plegarias a San Ictícola…. Johann Sebastian Mastropiero ha trabajado como un músico de color (negro) toda su vida y todas las vidas de los integrantes de Les Luthiers, consumiendo algunas por completo como las de Gerardo Masana, fundador del grupo y nieto de catalanes, o la de Daniel Rabinovich, insustiible para siempre y a quien hoy se añora de manera especial. Neneco estará en alguna parte del universo preparando una carta mal puntuada para agradecer el premio

Las princesas pueden ser caprichosas, como bien reza una composición de Mastropiero, pero a veces tienen su momento de esplendor y honran al bufón por los servicios prestados. Hoy ha sido uno de esos días regios en los que se ha premiado el humor intemporal, la genialidad, la ironía, el talento musical, la ironía sutil  y la refrescante sensación de que en el mundo hay aún rincones sin mezquindad en los que el cerebro funciona con absoluta libertad.

Johann queda ahora obligado a componer un himno conmemorativo que todos sus fans y cholulos en general cantaremos a pleno pulmón. Deberá titularse “Mastropiero y la princesa”. Enhorabuena, maestros.

Gilipollas por puntos

Al que conduzca borracho se le puede caer el pelo y los puntos del carné. No es mala idea que así le legisle y así se cumpla. Las carreteras son unas arterias muy delicadas y admiten mal los trombos que les producen los conductores de garrafón. Un ictus de una autopista causado por un energúmeno son 12 muertos de una tacada. Así que a quienes gusten de soplar deberán hacerlo lejos de un volante para evitar tener que hacerlo cuando se pongan detrás de él. (Nunca supe a ciencia cierta si uno se pone delante o detrás del volante, pero esa es otra historia). El caso es que el alcohol es un estado mental y sanguíneo que se puede medir con un aparato. Se sopla y punto.

Lo que no es posible de dimensionar (esta palabra queda muy bien porque se la oí a un concejal) es la gilipollez al volante. No me negarán que cada vez hay menos borrachos y más gilipollas que llevan un coche entre las manos. Hay tipos que se saltan un semáforo o dos a las ocho y media de la mañana sin haberse bebido nada más que un cola-cao con magdalenas. A estos beodos de su propia memez que por tener un coche grande se creen liberados de cualquier disciplina, no les pilla nunca ningún guardia y en caso de que se les hiciera soplar un par de curvas más allá, jamás serían multados porque van sobrios como monjas (la mayoría de ellas, al menos) aunque su estupidez sea un alcoholismo incurable.

La gilipollez de dieciséis válvulas es una droga que no forma parte de las conductas a perseguir por la nueva normativa de tráfico. Primero cae un mentiroso que un cojo y un borracho es pillado antes que un idiota. La sociedad cada vez tolera menos al que se taja con pisar un corcho, pero tiende a admirar al que se emborracha de sí mismo cada vez que pisa un acelerador. Los borrachos pierden puntos, los gilipollas no.

Llorar

 

A veces tengo ganas de ponerme a llorar en cualquier parte, pero al final no consigo que salga ni una lágrima. Contengo el llanto como quien contiene un estornudo y es fatal. El llanto es el estornudo del alma, aligera tensiones. Un estornudo despeja la nariz y un rato llorando despeja las ideas. Se respira mejor y se piensa mejor, por eso uno no debería quedarse nunca con ganas de llorar ni de estornudar, y si es capaz de hacer las dos cosas a la vez, mucho mejor. Los médicos deberían recomendar a sus pacientes llorar varias veces al año. Por su bien. No llorar por desgracias, que para eso siempre hay tiempo, sino por placer o por terapia. Se puede llorar viendo ‘Qué bello es vivir’, contemplando cómo los hijos duermen plácidamente o mueven las manos al hablar, admirando a alguien que, para variar, es decente, leyendo la carta sentida de un amigo o de un amor, o escuchando cierta música en cierto momento. Uno siempre ha sido más partidario de la gente que llora cuando debe que de la que se ríe a destiempo. Y como la risa y el llanto son las dos piezas de la bisagra con la que tratamos de sostenernos a la vida sin caernos antes de tiempo, me parece que quien sabe llorar también sabe reír. O, por lo menos, sabe de qué se ríe o por qué llora. El problema es que llorar está mal visto, y uno lo entiende. No vamos a andar todo el día con los mocos colgando y haciendo pucheros, aunque tampoco sé por qué hay que reírse siempre. A uno le parece que lo más digno en algunos casos es llorar. Llorar a moco tendido.

Aitana Castaño

Me iba a la cama porque ya son horas, pero he leído en las redes de dios que alguien se ha metido con Aitana Castaño poniendo en tela de juicio (no sé si el que lo hizo sabe lo que significa esto de la tela y del juicio) su profesionalidad y talante personal a cuenta de un sabroso comentario de Aitana (como todos) sobre la decisión de Podemos de largar a Errejón de las tertulias de la SER. A algún chiquilicuatro le molestó el aguijonazo y, como siempre, fue derecho a matar a la mansajera. Y miren: por ahí no paso.  Y ya sé que Aitana no necesita defensores porque dribla en corto mejor que Messi, centra con el verbo como dios y remata con el adjetivo como los ángeles, haciendo trajes a medida a quien se tercie y ganando partidos sin bajarse del autobús. No necesita que nadie le haga de escudero porque Aitana Castaño es una de las mejores periodistas asturianas de la nueva generación (para uno ya son nuevas casi todas) que ha tenido la gentileza o el patriotismo, si se me permite ya que tanto se lleva el palabro, de seguir trabajando en su tierra, en sus caleyes, con la tenacidad, el humor, la picardía y la profesionalidad del mejor de los juntaletras del gremio que ustedes me quieran citar. Me da igual que el babayu de turno remedador del conde duque de Olivares haya sido un podemilla enfadado con ínfulas de censor grasiento, un pepero con pantalón de pretina alta o un socialista del Corte Inglés.

Me da igual quién le haya dicho a Aitana que es una “soberbia” y que se haya burlado de lo que ella misma llama “periodismo de caleya” por no ser capaz de digerir un comentario con filo. La procedencia del mensaje que se le dirige me es indiferente porque hace tiempo que no creo en casi nada ni en casi nadie, pero me indigna que se juegue gratis con la profesionalidad de una señora que, como otros del gremio, se juegan el tipo y la salud en jornadas laborales interminables para llegar a fin de mes de mala manera, acudiendo a ruedas de prensa que parecen un vertedero de neuronas, o a manifestaciones en las que siempre hay algún energúmeno que te dice como hacer tu trabajo. Aitana hace estas cosas cuando le tocan, como todos, pero es que, además, sabe hacer buenas entrevistas, transmite crónicas habladas o escritas de lo que le pasa a la gente de verdad y en los pueblos de esta tierra, y hace que todo ello sea creíble, ameno y profesional, periodístico en el más noble sentido de esta manoseada palabra.

Aitana Castaño, con quien no creo haber hablado más de media docena de veces en mi vida y a quien envidio sincera e insanamente por su brillantez, tiene una legión de admiradores de ambos sexos y todas las ideologías porque resulta imposible no rendirse a su talento, honradez profesional, rapidez mental, sentido común y buen humor. Los periodistas con este perfil y poder de convocatoria son los que dignifican esta profesión, aunque también suelen ser los más molestos para cierta caterva de personajes salidos de alguna sombra que cuando se suben a un escaño creen estar montando el caballo de Atila y tener bula para arremeter contra casi todo, especialmente contra los periodistas que no escriben lo que ellos tienen previsto, los periodistas que, como Aitana Castaño, tienen opinión propia en horas libres y en horas de oficina, escriben lo que otros callamos por miedo o pereza y no escurren el bulto nunca.

Nunca he sido corporativista. Hay periodistas que estarían mejor en sus casas, pensionados por el Estado con tal de evitar que escriban una línea, pero me subleva y me jode que quienes tanto ladran en favor de la libertad de expresión y se hartan de mandar notas de prensa a las redacciones para que se hable de lo suyo, se atrevan luego a soltar mierdecillas contra los profesionales brillantes de un oficio que, se quiera o no, es imprescindible para convivir. Aitana Castaño que, insisto, no precisa en absoluto de mi apoyo, es una joya de una generación de periodistas que no se conforman con ser gacetilleros bien mandados y que, además, deberán pilotar los cambios de una profesión que se enfrenta ya a tiempos nuevos y difíciles y en los que hará falta gente con todo el talento, el criterio, la sagacidad y el humor inteligente de mi compañera Aitana Castaño.

Creo que ahora dormiré mejor.