Editorial y otras bazofias

Hay editores de periódicos, editorialistas y periodistas en general que piensan que los lectores son idiotas y que la ciudadanía en general está compuesta por cretinos sin opinión que ven solo a través de los ojos del titular del día. Lo que ha pasado en los últimos tiempos es que, además de pensar estas cosas sobre los lectores para sus adentros y para hablarlo en las reuniones de redacción, algunos medios ya no se cortan un pelo en decirlo y escribirlo con la misma soltura que se lanza un salivazo sobre la cara del tonto del pueblo. No hay más que leer hoy lunes 22 de mayo el editorial de El País en el que, lejos de aceptar la aplastante realidad de un 50% de votos de la militancia socialista que apoyan a Pedro Sánchez y sin capacidad para ver que la protegida del sistema se ha caído con todo el equipo menos en la tierra de María Santísima y olé, en este periódico se dedican a señalar los graves problemas que supondrá Sánchez para España como si de un nuevo Maduro se tratase.

En un editorial que parece escrito en la fundación FAES y que podría ir firmado por Rafael Hernando, Aznar y Mayor Oreja en pleno delirio, se compara a Pedro Sánchez con Podemos y Trump, amén de otras lindezas deslizadas entre líneas en la que, no más, se da entender que todos los militantes que apoyaron a Sánchez Castejón son una pandilla de populistas alucinados que, acto seguido de perpetrar tan revolucionaria votación, se abalanzarán con teas, hachas, hoces y martillos contra el Congreso, el Senado, la Moncloa y la Zarzuela. Para El País y sus pares en el mundo periodístico la democracia está muy bien cuando salen las cartas previstas y la partida termina como estaba mafiado. El problema es que, como dijo aquel, los periodistas deben ser “gente que cuenta a la gente lo que le pasa a la gente”, y no seres superiores que se creen en la obligación de decirle a la gente lo que tiene que hacer, so pena de ser llamados ignorantes o cosas peores al día siguiente.

En el periodismo se puede ser de izquierdas, de derechas, de gin toninc, de güisqui y de agua sin gas; los hay puteros y meapilas, intrépidos y cobardes, currantes y apalancados; los hay leídos y zopencos, los hay avispados y de los que no ven una noticia aunque la tengan debajo. En periodismo se puede ser de todo menos manipulador, mentiroso, torticero y despectivo con el público que te da de comer. El día en que el Madrid gana la liga y Susana pierde hasta las bragas se puede tener la tentación de escribir muchas barbaridades si se es barcelonista o susanista y el domingo te ha salido más mierda de lo habitual. Se tiene esa tentación cuando se compra tinta por barriles pero debe superarse porque hay que escribir para que te entienda el panadero, pero no como si tú fueras un panadero en vez de un periodista. Escribir con las tripas y mojando la pluma en bilis o en caca directamente nunca fue buena solución. Así van el periodismo y la política, cada vez con menos seguidores. El editorial de El País es un insulto a mucha gente y, cuidado, porque los periódicos se someten a primarias todos los días y ayer ha quedado claro de nuevo que el noble pueblo soberano hace mucho tiempo que ha dejado de ser idiota y ya no vota a quien le dicen, ni lee lo que le mandan. Últimamente se dedica más bien a degollar a fantasmones en las urnas y a envolver sus tripas con papel de periódico para echárselas a los perros.

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Te quiero, Revoltosa y te quiero Revoltosa.

Siempre quise tener una novia revoltosa, una novia de esas inquietas e imaginativas en todos los momentos, lugares y posiciones, suposiciones y tal. Siempre quise una novia revoltosa pero nunca la tuve de la misma forma que jamás conseguí un Ibertrén. Algunas novias mías decían que había sido revoltosas en los años anteriores a conocerme a mi, vaya por Dios, siempre llega uno tarde a donde nunca pasa nada. Otras me confesaron que el picor de camiseta les entró después de dejarme. La mayoría me espetaron que a mi lado les entraba mucha revoltura, razón por la que apenas me trataron. Así que me conformé con beber litros de gaseosa Revoltosa y de escuchar la zarzuela del mismo título en compañía de mi difunto padre (entonces aún estaba vivo), muy aficionado al género chico.

Tuve que dejar atrás la edad pueril y juvenil para llegar al periodo maduril (Rabinovich dixit) y conocer a una revoltosa que me tocaría mucho. Me apresuro a aclarar que lo que más me ha tocado esta revoltosa de la que hablaré es el alma, la conciencia, me remueve mi oxidada sensibilidad heteropatriarcal-veteroscaucásica-caústicomachista; me toca algo el bolsillo y mucho el cariño. Nunca es tarde si la chica es buena y si sabe revolver con arte y precisión como esta saber hacer. A esta Revoltosa me la presentó Juaco Amado una tarde y supe yo allí mismo que ella sería la Revoltosa de mi vida por años. Y no es que la rapaza mostrara por mí un interés desmesurado. A ella le gustan los tipos jóvenes, los intelectuales curtidos o en periodo de maduración, los sindicalistas cuarteados, las feministas, la veganidad en general, los perros en particular, y los seres heridos en guerras diversas que precisan reposo, escondite y algunos cómplices para escapar del grotesco paisaje cotidiano.

Yo quiero mucho a la Revoltosa a pesar de que ella me sea infiel a diario con su corte de docenas de admiradores y admiradoras que, sin duda, reúnen muchas más condiciones que yo para ser dignos y dignas de su pasión. Aun así, como dijo un cubano, “no es perfecta, más se acerca a lo que yo simplemente soñé”. Fíjense las cosas que me hace escribir esta cabrona.

El caso es que ahora que nuestra Revoltosa anda un poco pachucha, reumática, con más arrugas y desconchones de lo habitual, y humedades en el cuerpo y en el alma, le escribo yo esta carta de amor para calentarle un poco el corazón, como dijo el poeta, y para decirle que somos muchos sus enamorados, y los capaces de bebernos todo su vino o sus hierbajos hervidos, de comernos todos sus pasteles veganos y sus aceitunas de garrafón (lo digo por el frasco que las contiene, no por su acrisolada calidad) y de dejarnos la vista y el sueldo en todos sus libros (menos los de Vargas Llosa), para que salga pronto de la crisis y vuelva a ser la más maciza del barrio, la más guapa del maremoto, la más revoltosa de este mundo tan revuelto que ella hace más reposado, solidario y excitante.

Vuelve a guiñarnos el ojo, Revoltosa. Te queremos, Revoltosa y te queremos revoltosa.

Tuyo afectísimo. Uno de tantos.

Mastropiero y la princesa

Con el premio Princesa de Asturias 2017, Johann Sebastian Mastropiero está ya y para siempre a la altura de Johann Sebastian Bach, un merecimiento tan justificado como sorprendente para un compositor que, pese a no haber existido nunca que se sepa, es autor de algunas de las obras más conocidas, tarareadas y aplaudidas de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. Mastropiero, ya inmortal en la memoria musical y humorística de generaciones, le debe todo a Les Luthiers, unos señores argentinos vestidos de smoking que le imaginaron, le dieron vida y le atribuyen todo tipo de obras, más de 200 interpretadas con unos 30 instrumentos informales e impecables. El repertorio llega desde la cantata barroca basada en un prospecto farmacéutico de un  laxante, los consejos místicos de Warren Sánchez, la sintonía para Fly Airwais, compañía aérea con un solo avión,  hasta el bolero “Perdónala”, plagiado de un tal Günter Fragher que, seguramente, sería compañero de farra de Johann en ese periodo de su vida oscurecido por el alcohol y que, según sus biógrafos, abarcaba desde las 7 de la mañana hasta la hora de acostarse. En ese aspecto tenemos algo en común.

Joahnn Sebastian Mastropiero ha sido en su vida el ardiente enamorado de la opulenta marquesa de Quintanillas, el autor de la oda al odontólogo Miles Flanagan o de la música para el homenaje al rijoso ginecólogo Von Uter; el mentor de Mario Abraham Korsklap o Johnny Little Bang, el alter ego de Carolino Fuentes, diestro con la lanza y siniestro con la guitarra, el creador de un ballet que une al repulsivo Roboflecto y el siempre dubitativo príncipe Basili (¿o era Vasili?), el inspirado de autor de la zarzuela “Las majas del bergantín”, una versión musical del teorema de Tales, plegarias a San Ictícola…. Johann Sebastian Mastropiero ha trabajado como un músico de color (negro) toda su vida y todas las vidas de los integrantes de Les Luthiers, consumiendo algunas por completo como las de Gerardo Masana, fundador del grupo y nieto de catalanes, o la de Daniel Rabinovich, insustiible para siempre y a quien hoy se añora de manera especial. Neneco estará en alguna parte del universo preparando una carta mal puntuada para agradecer el premio

Las princesas pueden ser caprichosas, como bien reza una composición de Mastropiero, pero a veces tienen su momento de esplendor y honran al bufón por los servicios prestados. Hoy ha sido uno de esos días regios en los que se ha premiado el humor intemporal, la genialidad, la ironía, el talento musical, la ironía sutil  y la refrescante sensación de que en el mundo hay aún rincones sin mezquindad en los que el cerebro funciona con absoluta libertad.

Johann queda ahora obligado a componer un himno conmemorativo que todos sus fans y cholulos en general cantaremos a pleno pulmón. Deberá titularse “Mastropiero y la princesa”. Enhorabuena, maestros.

Gilipollas por puntos

Al que conduzca borracho se le puede caer el pelo y los puntos del carné. No es mala idea que así le legisle y así se cumpla. Las carreteras son unas arterias muy delicadas y admiten mal los trombos que les producen los conductores de garrafón. Un ictus de una autopista causado por un energúmeno son 12 muertos de una tacada. Así que a quienes gusten de soplar deberán hacerlo lejos de un volante para evitar tener que hacerlo cuando se pongan detrás de él. (Nunca supe a ciencia cierta si uno se pone delante o detrás del volante, pero esa es otra historia). El caso es que el alcohol es un estado mental y sanguíneo que se puede medir con un aparato. Se sopla y punto.

Lo que no es posible de dimensionar (esta palabra queda muy bien porque se la oí a un concejal) es la gilipollez al volante. No me negarán que cada vez hay menos borrachos y más gilipollas que llevan un coche entre las manos. Hay tipos que se saltan un semáforo o dos a las ocho y media de la mañana sin haberse bebido nada más que un cola-cao con magdalenas. A estos beodos de su propia memez que por tener un coche grande se creen liberados de cualquier disciplina, no les pilla nunca ningún guardia y en caso de que se les hiciera soplar un par de curvas más allá, jamás serían multados porque van sobrios como monjas (la mayoría de ellas, al menos) aunque su estupidez sea un alcoholismo incurable.

La gilipollez de dieciséis válvulas es una droga que no forma parte de las conductas a perseguir por la nueva normativa de tráfico. Primero cae un mentiroso que un cojo y un borracho es pillado antes que un idiota. La sociedad cada vez tolera menos al que se taja con pisar un corcho, pero tiende a admirar al que se emborracha de sí mismo cada vez que pisa un acelerador. Los borrachos pierden puntos, los gilipollas no.

Llorar

 

A veces tengo ganas de ponerme a llorar en cualquier parte, pero al final no consigo que salga ni una lágrima. Contengo el llanto como quien contiene un estornudo y es fatal. El llanto es el estornudo del alma, aligera tensiones. Un estornudo despeja la nariz y un rato llorando despeja las ideas. Se respira mejor y se piensa mejor, por eso uno no debería quedarse nunca con ganas de llorar ni de estornudar, y si es capaz de hacer las dos cosas a la vez, mucho mejor. Los médicos deberían recomendar a sus pacientes llorar varias veces al año. Por su bien. No llorar por desgracias, que para eso siempre hay tiempo, sino por placer o por terapia. Se puede llorar viendo ‘Qué bello es vivir’, contemplando cómo los hijos duermen plácidamente o mueven las manos al hablar, admirando a alguien que, para variar, es decente, leyendo la carta sentida de un amigo o de un amor, o escuchando cierta música en cierto momento. Uno siempre ha sido más partidario de la gente que llora cuando debe que de la que se ríe a destiempo. Y como la risa y el llanto son las dos piezas de la bisagra con la que tratamos de sostenernos a la vida sin caernos antes de tiempo, me parece que quien sabe llorar también sabe reír. O, por lo menos, sabe de qué se ríe o por qué llora. El problema es que llorar está mal visto, y uno lo entiende. No vamos a andar todo el día con los mocos colgando y haciendo pucheros, aunque tampoco sé por qué hay que reírse siempre. A uno le parece que lo más digno en algunos casos es llorar. Llorar a moco tendido.

Aitana Castaño

Me iba a la cama porque ya son horas, pero he leído en las redes de dios que alguien se ha metido con Aitana Castaño poniendo en tela de juicio (no sé si el que lo hizo sabe lo que significa esto de la tela y del juicio) su profesionalidad y talante personal a cuenta de un sabroso comentario de Aitana (como todos) sobre la decisión de Podemos de largar a Errejón de las tertulias de la SER. A algún chiquilicuatro le molestó el aguijonazo y, como siempre, fue derecho a matar a la mansajera. Y miren: por ahí no paso.  Y ya sé que Aitana no necesita defensores porque dribla en corto mejor que Messi, centra con el verbo como dios y remata con el adjetivo como los ángeles, haciendo trajes a medida a quien se tercie y ganando partidos sin bajarse del autobús. No necesita que nadie le haga de escudero porque Aitana Castaño es una de las mejores periodistas asturianas de la nueva generación (para uno ya son nuevas casi todas) que ha tenido la gentileza o el patriotismo, si se me permite ya que tanto se lleva el palabro, de seguir trabajando en su tierra, en sus caleyes, con la tenacidad, el humor, la picardía y la profesionalidad del mejor de los juntaletras del gremio que ustedes me quieran citar. Me da igual que el babayu de turno remedador del conde duque de Olivares haya sido un podemilla enfadado con ínfulas de censor grasiento, un pepero con pantalón de pretina alta o un socialista del Corte Inglés.

Me da igual quién le haya dicho a Aitana que es una “soberbia” y que se haya burlado de lo que ella misma llama “periodismo de caleya” por no ser capaz de digerir un comentario con filo. La procedencia del mensaje que se le dirige me es indiferente porque hace tiempo que no creo en casi nada ni en casi nadie, pero me indigna que se juegue gratis con la profesionalidad de una señora que, como otros del gremio, se juegan el tipo y la salud en jornadas laborales interminables para llegar a fin de mes de mala manera, acudiendo a ruedas de prensa que parecen un vertedero de neuronas, o a manifestaciones en las que siempre hay algún energúmeno que te dice como hacer tu trabajo. Aitana hace estas cosas cuando le tocan, como todos, pero es que, además, sabe hacer buenas entrevistas, transmite crónicas habladas o escritas de lo que le pasa a la gente de verdad y en los pueblos de esta tierra, y hace que todo ello sea creíble, ameno y profesional, periodístico en el más noble sentido de esta manoseada palabra.

Aitana Castaño, con quien no creo haber hablado más de media docena de veces en mi vida y a quien envidio sincera e insanamente por su brillantez, tiene una legión de admiradores de ambos sexos y todas las ideologías porque resulta imposible no rendirse a su talento, honradez profesional, rapidez mental, sentido común y buen humor. Los periodistas con este perfil y poder de convocatoria son los que dignifican esta profesión, aunque también suelen ser los más molestos para cierta caterva de personajes salidos de alguna sombra que cuando se suben a un escaño creen estar montando el caballo de Atila y tener bula para arremeter contra casi todo, especialmente contra los periodistas que no escriben lo que ellos tienen previsto, los periodistas que, como Aitana Castaño, tienen opinión propia en horas libres y en horas de oficina, escriben lo que otros callamos por miedo o pereza y no escurren el bulto nunca.

Nunca he sido corporativista. Hay periodistas que estarían mejor en sus casas, pensionados por el Estado con tal de evitar que escriban una línea, pero me subleva y me jode que quienes tanto ladran en favor de la libertad de expresión y se hartan de mandar notas de prensa a las redacciones para que se hable de lo suyo, se atrevan luego a soltar mierdecillas contra los profesionales brillantes de un oficio que, se quiera o no, es imprescindible para convivir. Aitana Castaño que, insisto, no precisa en absoluto de mi apoyo, es una joya de una generación de periodistas que no se conforman con ser gacetilleros bien mandados y que, además, deberán pilotar los cambios de una profesión que se enfrenta ya a tiempos nuevos y difíciles y en los que hará falta gente con todo el talento, el criterio, la sagacidad y el humor inteligente de mi compañera Aitana Castaño.

Creo que ahora dormiré mejor.

Esperanza vana (gracias Machado)

Las recientes lágrimas de Esperanza Aguirre tras conocer las fechorías de su socio Gonzñalez, me han inspirado esta mala adaptación del poema de Machado “Del pasado efímero”. A saber por qué me da a mí por hacer esta asociación de ideas. En fin.

Esta dama del partido provinciano

que a Mariano quiso suplantar un día,

sabe quién en la caja le metió la mano,

y ante la prensa llora su melancolía.

Hace pucheros tristes, mohín de hastío,

y una triste expresión, que no es tristeza,

sino el temor a perder su Montepío,

que madrugar al curro da pereza.

Aún luce de marquesa emancipada

buscando los talentos deslumbrantes,

rellenado el PP, despreocupada,

de un grupo de mangantes.

Tres veces fue a ganar, tres ha perdido

Cobijando a chorizos y tunantes.

Sólo se anima ante el azar prohibido,

de dejar el coche mal estacionado,

para salir corriendo cual motero,

de la pareja de guardias de Carmena

y disculparse, como un mal torero,

de que los rojos le aguaron la faena.

Lanzaba de política banales

dicterios al gobierno socialista,

jurando que vendrían los liberales,

si la dejan a ella, la más lista.

De sus apandadores nada espera

A la UCO teme; alguna vez suspira,

y pensando en su Ignacio al cielo mira

con ojo inquieto por si la UCO llega.

Esta Espe no es de ayer ni es de mañana,

sino de nunca; de la cepa hispana

no es el fruto maduro ni podrido,

es la Esperanza vana

de aquella España que pasó y no ha sido,

donde los príncipes salieron ranas.

 

Letanías letradas del 23 de abril.

De la estupidez y la hipocresía humanas. Líbranos, Molière.

Del rencor y la ira. Líbranos, Antonio Machado.

De las ausencias breves y las definitivas. Líbranos, Benedetti.

De la desmemoria de los tiempos negros. Líbranos, Buero Vallejo.

De los corruptos y sus mentiras. Líbranos, Rafael Chirbes.

De amargura y la pedantería. Líbranos, Eduardo Mendoza.

De la cordura cobarde y sin esperanza. Líbranos, Cervantes.

De la mediocridad. Líbranos Vázquez Montalbán.

De la oscuridad. Líbranos, Manolo Vicent.

Del machismo de los cabestros. Libradnos, Maruja Torres y Rosa Montero.

Del olvido de los pobres y los débiles. Líbranos, Eduardo Galeano.

De renegar del castellano. Líbranos, Miguel Delibes.

De la ceguera voluntaria ante el mundo terrible. Líbranos José Luis Sampedro.

De la falta de amor y fantasía. Líbranos, Gloria Fuertes.

De la escritura fácil y vacía. Líbranos, Francisco Umbral.

De la España atocinada y espesa. Líbranos, Javier Marías.

De la poesía concebida como un lujo. Líbranos Miguel Hernández.

De tener que pensar lo que se dice y no decir lo que se piensa. Líbranos, Francisco de Quevedo.

Del miedo a navegar. Líbranos, Álvaro Mutis.

De destrozar nuestro idioma. Líbranos, María Moliner.

De los malos humores. Líbranos, Fernando Poblet.

De tener que ir a un estreno de Arturo Fernández. Libradnos, Maxi Rodríguez y Eladio de Pablo.

De tener miedo a llamar a las cosas por su nombre. Líbranos, Javi Guerrero.

A los aquí invocados y los que no lo están por error, ignorancia u omisión, os pido vuestra letrada mediación hoy, 23 de abril, y cada día del resto de nuestra vida lectora. Y por la mediación de vuestros generosos editores y de nuestros sufridores libreros, os ruego para nosotros vuestros fieles una larga vida de lecturas nuevas y enriquecedoras, y de escrituras que, para quien sean leídas, jamás hayan sido una pérdida de tiempo.

Y en el nombre de los libros y las rosas, de los letraheridos y los letramuertos, de los anaqueles, del papel con olor a viejo o sin estrenar, de los lomos nuevos y cuarteados, y de la curiosidad por la letra escrita, solicito vuestra protección hoy y para siempre, por libros de los libros. Amén.

 

Mendoza

Igual que me pasa con el vino, el cine y los seres humanos, en cuestión de literatura me parecen buenos los libros que me gustan, mayormente porque no tengo ni idea de literatura, de vinos, de cine ni de nada, y, además, soy compulsivo en casi todo. (Últimamente lo soy en casi nada porque los años no perdonan). No suelo coincidir en mis gustos con las opiniones de los expertos en libros, cine, vinos y seres humanos, pero me importa poco. Por eso me alegra mucho que Eduardo Mendoza se haya llevado el Premio Cervantes. Recuerdo haber llorado de risa leyendo “El laberinto de las aceitunas” mientras iba y venía de clase con las piernas plegadas y casi gangrenadas disfrutando de las comodidades de un lujoso Alsa. Luego llegaron a mis manos monumentos literarios como “La verdad sobre el caso Savolta”, “Una comedia ligera”, “La ciudad de los prodigios”, “Riña de gatos”, “Tres vidas de santos”, “El misterio de la cripta embrujada”…

Mendoza es seguramente una de las lecturas que más me ha influido a la hora de escribir mis billetitos de cuarta. Decir esto es una pedantería y una sobrada (como se dice ahora), ya lo sé, pero los seres menores tenemos que buscar grandes referentes en la vida si pretendemos mejorar un poco. No voy a decir que estoy muy influido por la literatura de Belén Esteban ¿no? Así que Mendoza, con quien no he tenido el gusto de hablar en mi vida, es como si fuera un conocido de envidiable cabeza y prestancia personal; un tipo circunspecto capaz de hacerte llorar de risa; un personaje culto y ponderado que ha hecho del humor la mejor defensa de la literatura y de la vida en general. Porque alguien que ha diseñado personajes como el siniestro y fascistoide doctor Sugrañes, Isabelita Peraplana, el obispo Cachimba, el cardenal Vida, el historiador Pajarito de Soto, o un detective sin nombre que sale de un frenopático a resolver crímenes y que recurre a la ayuda de una hermana lerda y prostituta, alguien que puede hacer que la salida de uno de sus libros te ponga nervioso de impaciencia es un señor al que hay que admirar, imitar y premiar todos los días, máxime cuando el nivel de la ralea de famoseo que ocupa a diario la actualidad española es de una calidad despreciable.

Mendoza es aire fresco, humor, talento y el mejor ejemplo de que la literatura es lo que tan magníficamente describió Miguel de Cervantes: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Que sea por muchos años, don Eduardo.

Bittia, cumpleaños feliz

bittia 30

No sé a qué edad debe uno empezar a escribir sus memorias. Puede que lo mejor sea seguir el consejo de quienes consideran que lo mejor es no hacerlo nunca ya que, como dijo algún sabio, “el secreto de una larga vida es tener buena salud y mala memoria”. Uno dispone de ambas cosas en un pasable estado de revista y siempre ha tenido mucho miedo a perder la memoria, ya que es el refugio feliz en los malos momentos y un arma defensiva de gran valor para tratar de no tropezar mil veces en la misma piedra. Así que cuando leo que “mi” Bittia, la agencia de publicidad gijonesa Bittia cumple 30 años, me reafirmo en que hay momentos de la vida de uno que deben ser recordados sin paliativos, con sus punzadas agridulces, sus triunfos y barrigazos contra el fondo de la piscina, con el catálogo de seres inteligentes o taimados, creativos o lerdos que ha conocido en su paso por cada estación de este vía crucis inevitable que se llama vida laboral y que en mi caso  compartió camino durante un tiempo con el de Bittia.

Trabajé en Bittia durante casi 8 años de esos 30, desde primeros de 2009 hasta el 14 de diciembre pasado. Una parte de mis querencias y dolores están aún en esa escondida oficina de Viesques en la que trasiegan cafés, ideas, bromas y cabreos, ocurrencias y genialidades, odios sarracenos y amores incondicionales un grupo de profesionales de alta gama de quienes aprendí que la publicidad no es mera propaganda, que el buen gusto es producto del trabajo, que las ideas geniales tardan en llegar pero te hacen muy feliz cuando se presentan en tu neurona. Aprendí en Bittia otras formas de escribir, a conocer el valor de las redes sociales. Aprendí que carajo es un Pantone (aunque siga pensando que es un trasto inútil), escuché absorto y maravillado conversaciones entre informáticos cuyo encanto (el de la conversación, no el de ellos) era no entender una sola palabra de lo que decían. Aprendí en directo lo jodida e injusta que es una crisis y a sentir culpa por haber sobrevivido a ella conservando mi empleo, aunque mermado, cuando tanta gente joven y con mucho más talento que yo se había ido a la calle. También vi de cerca que hay empresarios capaces de no tirar la toalla, aunque hay momentos en que eso sería lo más sensato. Participé de grandes éxitos y grandes fiascos colectivos, me agarré a las tablas de naufragio, recibí las bofetadas en mi orgullo de clientes sabelotodo y aprendí a morderme la lengua alguna vez más de lo habitual por el bien de la causa.

He conocido en Bittia a personas de mucho valor por valiosas y valerosas, a mujeres y hombres verdaderamente dedicados a su trabajo y a que sea perfecto. Me he reído más de lo que he llorado (que también) y tengo ahora el orgullo de abuelo Cebolleta de entrar en la web de Bittia y ver los trabajos publicados pensando cuál fue mi aportación a cada una de ellos con el orgullo, la nostalgia y ese pelín de congoja que produce asomarse a los álbumes de fotos de la familia.

En Bittia me han querido (más que yo a ellos, seguro) y me han acompañado y ayudado en momentos muy duros de mi vida personal. Han estado ahí y han comprendido mis debilidades con enorme tolerancia y paciencia. Por todas estas cosas no quiero que mi memoria olvide nunca los años de Bittia, una parte de esas 3 décadas que ahora cumple la agencia que sigue reinventándose, buscando camino y ofreciendo para ello profesionalidad y calidad.

Aunque Ángel Heredia y Javi Sáez discuten cada vez que se dice que “donde no hay publicidad resplandece la verdad”, yo doy fe de haber visto hacer publicidad de verdad, honesta y trabajada, y aseguro que este breve texto dice las verdades que yo viví trabajando en publicidad.

Queridos y queridas, un enorme abrazo. Las mujeres empiezan a ser interesantes a partir de los 30 años, lo mismo que las agencias de publicidad, así que os queda mucho por delante. Y yo que lo vea. Un beso.