Fiambre

En las cenas de verano se sacan los fiambres cuando hay que improvisar un refrigerio con los amigos. Cenar fiambres es como no cenar en realidad, pero tiene ese punto de creatividad, ligereza, innovación e imaginación que hace pasar por alto la dudosa procedencia de esa mortadela con tal de no tener que meterse en la cocina a preparar alambicadas recetas en las que no puede faltar alguna reducción de Pedro Ximénez. Sacar el fiambre quiere decir “me habéis pillado en bragas, pero como son enrollado os improviso un picoteo”. Y esto es más o menos lo que pasa con el nuevo Gobierno. Invitó a muchos amigos a la fiesta de verano en la que iba a celebrar la reconquista del poder por parte de la izquierda y la marcha de los corruptos y apandadores, y se ha encontrado con que lo único que había en la nevera para acompañar los festejos era un fiambre: el de Franco. Y a falta de políticas y decisiones de más sustancia que no se van a lograr porque los socios del presidente Sánchez son muy glotones y no se van a la cama con menos de una mariscada entre pecho y espalda, el presidente se ha visto obligado a poner fiambre franquista en la mesa del Consejo de Ministros para contentar a los invitados al festín. Se han ido cortando las lonchas amojamadas del dictador y se han ido sirviendo en raciones pequeñas y muy anunciadas entre los corrillos que han acudido a los jardines de Moncloa. A la derechona hispana, tanto a la que que lo pareció toda la vida como a la que andaba disimulando, lo de sacar el fiambre le ha parecido inapropiado. No olvidemos que ellos llevan casi un siglo alimentándose del caldo gordo que se cocina con los huesos del dictador en la fosa común con forma de olla podrida llamada el Valle de los Caídos.

Esto no tiene arreglo.