Héctor Jácome. Nuestro sabio.

Dice Serrat que prefiere los sabios por conocer que a los locos conocidos. Serrat es mi Biblia laica, aquella que no tiene más dogma que el sentido común, la ternura, la ironía y el sentimiento mágico de la vida. Esa es la razón por la que la consulto a menudo y me conozco de memoria algunos de sus versículos, versos y culos más inspiradores. De manera que cuando conocí a Héctor Jácome no tuve duda de que prefería toda su sabiduría mezclada como en cambalache, que a la de cualquier loco conocido con varios máster de la universidad más cara del mundo.

Héctor Jácome, que tendrá cuarenta y algo para siempre, es artista fotógrafo de tiro largo y certero, feliz en sus tormentos, largo en largos abrazos, proclive al beso y al verso en prosa, monógamo sucesivo, mujeriego por necesidad y no por vicio, solitario que reclama compañía, miembro de la más pulida aristocracia del barrio que se conoce en ciertos bares, arquitecto que no ejerce de ello para poder llevar a cabo la construcción de mundos que tiene la gentileza de compartir con los demás, ciegos nosotros para ver tanta magia como la que Héctor descubre en una tapa de alcantarilla nevada, en la barbilla de una mujer, en una huella suelta, en un paredón salido del derribo, en la mirada lánguida de un simio.

El día que Héctor me vendió un libro y me lo devolvió mil kilómetros después de perdérmelo adornado con un penacho de pelos de chimpancé como marcapáginas, me quedó claro que había tenido la suerte de topar con un ser irrepetible y sabio, feliz en sus melancolías, triste con los tristes, alegre con reparos, como hay que estar si se es sabio como él, amable siempre, dispuesto a abrir esos enormes brazos y a no dejar de amenazarte con más besos y abrazos por mucho que tú seas un poco sieso y huyas de los cariños de Héctor Jácome.

Lamenta y disfruta a la vez de la vida que tiene. Lamenta a un tiempo que se hayan ido otros tiempos que fueron mejores o simplemente anteriores, pero disfruta de estos tiempos de ahora y va creando los tiempos futuros a base de fotografías espléndidas, mágicas, fotos que están en libros como “Pequeñas notas para una canción de invierno” donde el paisaje invernal de una ciudad cualquiera parece un pastel de azúcar glas, y la nieve revela que no somos nadie si no la pisamos, que ella es la que testifica que aún seguimos. Esto lo ha conseguido ese tipo excesivo y despeinado que se llama Héctor Jácome.

Héctor Jácome pudo haber sido un magnífico pirata, un vociferante sheriff del condado, un afgano con harenes y camellos, un monstruo amable de Disney, un poeta romántico con unas envidiables caídas de ojos, un fugado de Alcatraz, un vizconde arruinado, el mismísimo Greystoke, el juez de la horca, la sota de bastos con barba, un misionero renegado de los que busca la fe por su cuenta, un tratante de caballos, un profeta o un chamán. Puede que Héctor sea todos esos tipos a la vez y por eso es Héctor. Puede, incluso, que por ser toda esa mezcla de seres que viven en él sea el artista que es y sea, además, un ser humano y hasta sobrehumano al que es imposible no querer y no añorar cuando nos faltan sus abrazos de sabio y sus besos de niño.

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Canallas tóxicos

Parece ser que las descargas de la canción “Despacito” producen una emisión de gases a la atmósfera equivalente a la que realizan 100.000 taxis durante un año. Siempre me maravillará la cantidad de tiempo libre que tiene alguna gente para dedicarse a realizar estudios y cálculos tan exactos como prescindibles. Lo que no entiendo es por qué las emisiones de gases las tienen que hacer los pobres taxistas y no los coches cualesquiera o las siderurgias. En fin. Al margen de estas dudas de menor cuantía científica y demoscópica, me gustaría proponer desde esta tribuna de proyección mundial (calla, ho) que alguien haga un informe sobre la equivalencia en gases tóxicos que provienen de las canalladas que vierten a diario en las redes sociales cierta camada de hijos de cien mil soldados para quienes la verdad, la decencia, el decoro, el respeto por la honra ajena o el simple concepto del buen gusto son elementos que desconocen profundamente porque desprecian cuanto ignoran y sentencian acerca todo con un palillo en la boca.

Hay emboscado tras el matu de las redes sociales un mugriento y tóxico hijoputismo tabernario que insulta a migrantes, homosexuales, mujeres, cicloturistas, funcionarios… y que se expresa mediante presuntas muestras ‘artísticas’ (memes, cartelitos, gifs animados, etc) cuya única finalidad es dar soporte al insulto impune y anónimo, basado en afirmaciones falsas e insostenibles, que si se enfrentan a la prueba del algodón de la realidad no tienen un pase; si se caen de su papelín grasiento se matan.

Calumnias, amenazas veladas o directamente abiertas, burlas de la peor especie hacia personas de trayectoria personal y profesional intachable, colectivos indefensos, o personas que son diferentes, se hacen pasar por sesudos manifiestos contra ciertos maléficos ‘poderes’ con la justificación intelectual y aún justiciera de que cualquiera que ostente un puesto de responsabilidad en cualquier institución, empresa, club de fútbol, asociación de vecinos o lo que sea, tiene que aguantar en silencio (como las almorranas) ser insultado en sede pública y callejera por una morralla de zánganos, resentidos, manipuladores, acomplejados y mentirosos profesionales.

Tratar de defenderse de forma directa de tales lindezas será celebrado como una nueva victoria del batallón de cucarachas que, atechadas bajo este nuevo fuenteovejunismo de la peor calaña, promueven el ‘montonín’ de patio de colegio donde a mayor confusión, mayor diversión para quienes estimulan estas algaradas virtuales con escupitajos en tecnicolor. Si alguien protesta tratando de desmentir las calumnias que se le atribuyen como un sambenito inquisitorial, la tropa ratonil que ejecuta el libelo de turno verá, por un lado, refrendado su encomiable intento de poner “en su sitio” a cualquiera que no piense como ellos y, por otro, estos seres de piel sensible apelarán de inmediato a la manida libertad de expresión como amparo de cualquier canallada, una libertad que solo circula en una dirección, que solo es para estos adolescentes tardíos, inquisidores de medio pelo que, para colmo, emiten juicios desde una dudosa autoridad moral que huele a meados de gato.

Tal vez todos seamos culpables de este encanallamiento generalizado por comisión, omisión o ignorancia, por formar parte activa de una sociedad en la que una cabeza piensa y veinte embisten y donde todo es un espectáculo, todo vale, todos mienten y las voces de la serenidad, el diálogo y la negociación son despreciadas porque no contribuyen a la charada general en la que los reptiles salen ganando y emitiendo gases tóxicos en nuestra precaria convivencia.