57

Pienso al alba que, ay dios, caen ya los 57 

abatido y sedente sobre Roca, el retrete;

Me veo ya un pollavieja, un pureta, un fascista

Yo que fui la promesa de aquel gran periodista.

 

Cuántos días perdidos tentando la cirrosis

En bares y tugurios, con ligues humillantes

Achicando botellas al pie de la psicosis

Queriendo, sin poder, parecerme al de antes.

 

Años perdidos, si señor, 

Ponga otra ronda, por favor.

 

He querido ser cura, cantante, aventurero 

Y al echar hoy las cuentas la suma sale cero

Con más fames que fanes espero alguna cosa

Que de esta torpe larva salga la mariposa. 

 

Pero solo es pura verdad, 

Lo que gritan hoy mis canas

Y mi rotunda obesidad

Que muta a los ex príncipes en ranas. 

 

Años perdidos, si señor, 

Ponga otra ronda, por favor

 

Van 57; golpes de suerte y de castigo.

Tacho el calendario, al tiempo maldigo

Menudo hijoputa, exprime mi vida y deja la monda

Menudo cabrón, a ver si este año pagas tú esta ronda.

 

Y solo he aprendido, la verdad,

Que todo es vanidad.

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Bulos feministas

Es conocida esta frase de Mark Twain: “La mentira puede dar media vuelta al mundo mientras la verdad aún se está poniendo los zapatos”. Esta es la razón que, básicamente, explica la facilidad con que las noticias falsas corren como la pólvora, alcanzan la divinizada “viralidad” en las redes sociales y se convierten en verdades reveladas solo comparables a las que Moisés bajó del monte, no sin esfuerzo, esculpidas en las pétreas tablas de la ley. Dicho de otra forma, el mundo está cada vez más lleno de pardillos, ociosos o cabreados que, ansiosos de emociones fuertes, dan por buena cualquier patraña a fuerza de ser repetida y certificada por la pantalla del ordenador. En una entrevista publicada este fin de semana, el sabio Noam Chomsky atribuía el triunfo de la mentira al hecho de que “la gente ya no cree en los hechos”. Sirva todo esto como preámbulo a la sorpresa (relativa) que me produjeron estos días las reacciones agresivas, virulentas y hasta insultantes  con que en ciertas redes sociales se recibió la seca e ilustrativa noticia de que la brecha salarial entre hombres y mujeres en el sector educativo es del 14% a favor del género masculino. Unas redes sociales que consumen sin tasa y sin criterio historias de gatitos con tres cabezas, golpes de estado inexistentes, mujeres barbudas, remedios caseros para el cáncer, o anuncios de fallecimientos que ocurrieron hace una década y a los que se se responde de inmediato con entrañables condolencias y emoticonos lacrimosos, vieron en esta denuncia sobre la brecha salarial femenina un tremendo bulo feminista contra el que arremetieron insultando sin piedad al medio que la publicó, a los periodistas que la escribieron, a las fuentes que la facilitaron y, por supuesto, a las mujeres que cobran menos, malditas mujeres desagradecidas, que se quejan por todo y quieren ganar con la política lo que se les negó, al parecer, con la genética. Qué olfato tan fino muestran ciertos lectores de las redes sociales, estos cazadores compulsivos de presuntos “fakes” feministas,  para denunciar el tufo a mentira de una verdad catedralicia (la desigualdad salarial) y negar la mayor sin aportar mas datos que su propia bilis. La gente ya no cree en los hechos, dice Chomsky, sobre todo si los hechos van contra sus ideas prehistóricas acerca de lo que cada género pinta en el mundo. Así, denuncian una verdad diciendo que todo es falso, manipulado y conspirativo, mientras se tragan las cadenas de mensajes para ser millonario o las recetas caseras para alargar el pene. El 8M tiene muchas razones para seguir siendo cada año una fecha de protesta y reivindicación, y una de ellas debe ser la de conseguir que la verdad de la situación de muchas mujeres pueda atarse las botas con rapidez para alcanzar a las mentiras que dan la vuelta al mundo pregonando una igualdad que no existe ante unos espectadores dispuestos a tragarse dulces mentiras y negar tremendas verdades. La historia no es como nos la están contando y recordar esto cada día es una obligación cívica hasta conseguir que los energúmenos del sexo que sean se callen o, simplemente, acepten los hechos, y se unan a la causa. Por cierto que Mark Twain también escribió que “el hombre es el único animal que se ruboriza. O que debería ruborizarse”.