Sucesiones

Los pobres siempre pagan el impuesto de sucesiones, aunque se crea que solo lo pagan los ricos. El impuesto de sucesiones que pagan los pobres es la pobreza heredada. Dice Cáritas que el 80% de los pobres heredan el negocio familiar, es decir, que siguen siendo pobres para los restos. Pese a tan evidencia, no he visto aún ninguna manifestación callejera, ni tampoco editoriales de los periódicos dando la voz de alarma ante este duro gravamen y pidiendo su eliminación inmediata en los próximos presupuestos del Estado o de la comunidad. Los ricos de toda la vida o los hechos a mano a base de lo que sea, hallan siempre múltiples formas de no pagar el impuesto de sucesiones. Los puentes que construye  la ingeniería financiera son más sólidos que los que edifica la ingeniería civil.

En el escalón inferior al de los muy forrados están los menos ricos pero que tienen un buen pasar y muchas pretensiones. Estos se desgañitan por la calle diciendo que el impuesto de sucesiones arruinará a sus hijos, y que es una tremenda injusticia a la que hay que poner fin. En algún periódico que se las da de serio he llegado a leer que es la clase media la más perjudicada por el impuesto de sucesiones (el de los ricos). Hablar de clase media después de la que ha caído parece una broma. Lo que antes era la clase media es hoy la clase mediocre, la clase demediada que ha tenido que vender hasta el anillo de boda para no irse al pozo. Y ni así.

Y mientras todo esto ocurre, los pobres de familia, los de la puerta de la iglesia y el ropero parroquial,  heredan la roña en silencio pagando por ella un altísimo impuesto de sucesiones y cargan con la purria hasta donde pueden, sin que nunca les salgan las cuentas, pagando su propio impuesto en incómodos plazos que, en general, llegan a durar toda la vida.

Dice la Biblia eso de que tan difícil es que un camello pase por el ojo de la aguja como que un rico vaya al cielo. No tengo tan claro que esto sea tan cierto, ya que llegan a diario muchas noticias de que es más fácil que un rico haga pasar sus capitales a un paraíso fiscal, que un pobre deje de serlo alguna vez. Los impuestos siempre los pagan los mismos, siendo la pobreza tan hereditaria como la monarquía y con el futuro más garantizado.

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Navidades

 

El problema de la Navidad no es que deba ser familiar, sino que la familia se empeñe en ponerse navideña. El problema de la Navidad, en general, es que debe ser navideña y ahí se joroba todo. Si usted se pone navideño en febrero o en setiembre es lo mismo que pedir una ración de mazapanes en agosto o comer polvorones en el desierto. El problema de la Navidad es que está fuera de lugar por empeñarse en que todos nos pongamos navideños por narices. Si usted es un borde con sus semejantes el 24 de julio, tendrá usted la disculpa de que ha tenido un mal día, de su mal carácter o de que ha pegado gatillazo. Sin embargo, si usted se comporta como un cafre el 24 de diciembre será tenido por un desalmado sin perdón y sin disculpa.

Y digo más. Si usted se emborracha un martes cualquiera porque le apetece, el mundo le señalará como a un pretendiente de la cirrosis, un inadaptado y un drogadicto; pero si a usted no le apetece beber el día de Nochevieja, sus iguales le tendrán por un raro, un aguafiestas y un capullo. Además, le echarán en cara lo mucho que le gusta soplar vidrio en martes perdidos por el resto del año cuando no es navideñamente correcto. El problema de la Navidad es que es obligatoria, invasora, predeterminada, abusiva, abrasiva,  contumaz, y tan previsible como una serie de Emilio Aragón. La Navidad no es pacífica, no respeta la intimidad, cada vez empieza primero y, encima, ni siquiera nieva como es debido. La Navidad no es la vida,  aunque a partir de 22 de diciembre  se empeñen en decirnos que toda la vida debería ser Navidad. Y una mierda. Y, además, no soporto a los niños de San Ildefonso. Que se sepa.