Groucho en la Generalitat

La certeza de que Groucho Marx está muerto -perdonen que no se levante- es la única razón que me permite descartale como el autor del discurso pronunciado ayer por el señor Puigdemont. Y lo digo porque en la surrealista intervención del molt honorable president flotaba esa frase atribuida al mejor de los marxistas: “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”. Porque el extraño Puigdemont salió al estrado del Parlamento el olor de santidad, rodeado de un halo de paladín de los derechos históricos catalanes, con el paso firme de quien va a ser la comadrona del parto de los siglos. Sin embargo, aquello no fue más que el parto de los montes al dar por suspendida la independencia antes de declararla, como divorciarte a los diez minutos de pasar por la vicaría. Un gatillazo en directo. Proclamo y suspendo, meto pero saco, doy pero quito, la parte contratante de la primera parte, etc. Groucho en la Generalitat.

Desde que Dolores de Cospedal explicó aquello de la indemnización diferida a Luis Bárcenas ante el estupor general de la opinión pública, uno no había presenciado un discurso político más extraño, tramposo y alambicado para cubrir lo que viene siendo una estafa. Estafa para la ley, malversación de la democracia y jarro de agua fría para los sentimientos de muchos catalanes que se habían llegado a creer el cuento del flautista de Hamelín que, acompañado del ogro bueno Oriol Srek, les conducía al país donde los matos dan leche y miel y atan los perros con longaniza. Se suspende lo que al parecer no se ha declarado, pero que se firma solemnemente en un documento que, sin embargo, carece de validez legal. Esto lo mismo que cuando Groucho Marx retiraba su proposición de matrimonio nunca realizada a la asustada Margaret Dumont, o su madre, la de Groucho, preparaba macarrones rellenos de bicarbonato con el fin de causar y curar las indigestiones a un tiempo. Todo muy divertido si no fuera por el caos que se ha montado y porque la imagen de España, la “marca España” de marras, vuelve a estar por los suelos gracias a los estafadores políticos y a los estafadores financieros.

A plazos se compran las neveras, las televisiones o los pisos, pero hacerse con una independencia a plazos es tan chusco como pedir un crédito para irse de putas o vender el coche para comprar gasolina. Suena todo a enorme farsa porque eso es lo que es: una broma enorme pagada con nuestro dinero, nuestra estabilidad y nuestra salud mental. Puigdemont amenazaba con ser el caballo de Pavía pero no ha pasado ser la carabina de Ambrosio; se imaginaba el honorable siendo él mismo la libertad descamisada guiando a su pueblo sobre las ruinas de la España que “ens roba”, pero su imagen ha estado más cerca de lo confuso y lo patético que de lo heroico. Tal vez quien menos derecho a decidir tenga en este momento sea el propio Puigdemont, que se ha metido en la cama con muy extraños compañeros, ha puesto todo del revés, ha espantado a empresas (alguien desde España le da las gracias por ello estos días en las redes sociales), y ha sacado de la lámpara muchos resentimientos que ahora andan sueltos por la calle. La señora del flequillo que siempre parece enfadada va a ser ahora imparable en su vómito antiespañol; Rivera desempeñará su papel de empollón de la clase reclamando escarmientos hasta la exasperación, y Pablo Iglesias seguirá jugando a su extraño juego de niño malcriado a quien cualquier situación y la contraria valen para medrar y no conoce más patria que sus propios intereses. Después de juegos florales y cargas policiales, ambas inútiles y desproporcionadas, Mariano, Soraya y compañía tendrán que decidir algo en serio sobre Cataluña para que los perplejos ciudadanos del común sepamos quién manda aquí, si es que manda alguien. El PSOE tendrá que limpiar un poco mejor su casa y aclarar el follón que se trae con el PSC. Todo es un poema, o una canción de Groucho Marx cantada por el capitán Spaulding.

“Desde la nada hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria”, dicen que dijo Groucho Marx. Gran resumen para el punto absurdo al que hemos llegado por ahora, aunque la altura de las cotas de la miseria no tiene techo. Ya veremos. Yo sigo con la duda de si Groucho Marx no estaría ayer sentado en la tribuna de invitados del Parlament fumando un puro y tomando notas para su próxima comedia.

Como dice Miguel Ángel Aguilar: atentos.

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