Escarabajos

El mismo día que nos enteramos de cómo una banda de sinvergüenzas se pulía tarjetas de crédito en Bankia (o cuando ayer mismo escuchamos a la fiscal Sabadell relatar como se montaba la “caja B” del PP) , van unos paleontólogos o como se llamen y dicen haber descubierto en la India el parásito social más antiguo de la Humanidad. Tiene 52 millones de años de edad y no es un banquero ni un político, ni un constructor aventajado, es un escarabajo. Su estrategia depredadora consistía ya entonces en colarse en el nido de otros bichos. Se colocaba allí poniendo cara de buena persona, se arrellanaba en el salón haciéndose pasar por uno de ellos y cuando ya nadie reparaba en su presencia se zampaba todo lo que había en la casa, incluyendo a los hijos de sus inadvertidos anfitriones. Si a este escarabajo conservado en ámbar se le hubiera dado una tarjeta de crédito de Caja Madrid, nombrado tesorero del PP, ministro de algo o se le hubiera hecho miembro del consejo de administración de Aquagest, su comportamiento no habría diferido en nada con el de toda esta banda de políticos, reyes del hormigón y sindicalistas de alto standing que ponían barra libre en los puticlubes y mariscadas en los últimos restaurantes de moda a base de saquear los ahorros de todos los pensionistas, de no pagar impuestos y llevar en la faltriquera fajos de billetes de 500 euros.

Llegados a cierto punto, la diferencia entre un escarabajo y Ana Mato o Luis Bárcenas, el 3% trasegado hacia Andorra por los Pujol y compañía o etc,  es solo una tarjeta de crédito o unas comisiones de nada repartidas por aquí y por allá. Estas coincidencias biológicas vienen a demostrar que los ladrones y los parásitos sociales han existido siempre y que la tarjeta de crédito y el soborno, el cohecho y la prevaricación pueden ser considerados tanto un avance del capitalismo como una regresión al parasitismo básico de hace 52 siglos, todo depende de si le echamos imaginación y vemos que la bola que arrastra el escarabajo pelotero está compuesta por confetti de cumpleaños, comuniones y viajes pagados a la señora Mato, o textuales pelotazos urbanísticos con sus porcentajes puestos al día.

La función crea el órgano, aunque a veces el órgano (la tarjeta, el cargo público, la proximidad del cajón) invita a ejercer la función (robar). De hecho, la historia reciente del PP, CiU (ahora PDCat), Caja Madrid y Bankia ya no va a ser estudiada por economistas sino por especialistas en escarabajos y parásitos sociales del Jurásico, ya que hay realidades sociales que solo se pueden entender si se analizan desde el punto de vista de un insecto que se ha especializado en ser depredador de lo ajeno. Hay que bajar a ras del cucho para hacerse cargo de las claves del saqueo.

Una vez más nada es lo que parece. Hay ejecutivos trajeados que viajan en Audi o sindicalistas con aspecto responsable y camisa de cuadros a quienes nadie confundirá a simple vista con un escarabajo. Ahora bien, póngales usted en la mano una tarjeta de crédito “negra” con cargo a lo ajeno, o unas vacaciones pagadas en Disneylandia, unas putas de alto standing o unas mariscadas a tiempo y verán cómo se convierten en coleópteros dispuestos al saqueo feroz y sistemático con la misma saña que unos bichos de hace 52 siglos. Franz Kafka pasó a la historia como un tipo raro por escribir un libro contando la metamorfosis de Gregor Samsa, el señor aquel que despertó una mañana convertido en escarabajo. Lo que escribió Kafka es una broma comparado con lo de España, un sitio que parecía un país pero que estaba administrado por escarabajos saqueadores. Algunos de ellos, no contentos con llevarse el 3% en metálico se dedican ahora a saquear el patriotismo para ver qué pueden sacar de esa golosa materia prima que tanto gusta a los canallas con aspecto de escarabajos vestidos de Armani o disfrazados de batasunos de hace 30 años.   

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Groucho en la Generalitat

La certeza de que Groucho Marx está muerto -perdonen que no se levante- es la única razón que me permite descartale como el autor del discurso pronunciado ayer por el señor Puigdemont. Y lo digo porque en la surrealista intervención del molt honorable president flotaba esa frase atribuida al mejor de los marxistas: “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”. Porque el extraño Puigdemont salió al estrado del Parlamento el olor de santidad, rodeado de un halo de paladín de los derechos históricos catalanes, con el paso firme de quien va a ser la comadrona del parto de los siglos. Sin embargo, aquello no fue más que el parto de los montes al dar por suspendida la independencia antes de declararla, como divorciarte a los diez minutos de pasar por la vicaría. Un gatillazo en directo. Proclamo y suspendo, meto pero saco, doy pero quito, la parte contratante de la primera parte, etc. Groucho en la Generalitat.

Desde que Dolores de Cospedal explicó aquello de la indemnización diferida a Luis Bárcenas ante el estupor general de la opinión pública, uno no había presenciado un discurso político más extraño, tramposo y alambicado para cubrir lo que viene siendo una estafa. Estafa para la ley, malversación de la democracia y jarro de agua fría para los sentimientos de muchos catalanes que se habían llegado a creer el cuento del flautista de Hamelín que, acompañado del ogro bueno Oriol Srek, les conducía al país donde los matos dan leche y miel y atan los perros con longaniza. Se suspende lo que al parecer no se ha declarado, pero que se firma solemnemente en un documento que, sin embargo, carece de validez legal. Esto lo mismo que cuando Groucho Marx retiraba su proposición de matrimonio nunca realizada a la asustada Margaret Dumont, o su madre, la de Groucho, preparaba macarrones rellenos de bicarbonato con el fin de causar y curar las indigestiones a un tiempo. Todo muy divertido si no fuera por el caos que se ha montado y porque la imagen de España, la “marca España” de marras, vuelve a estar por los suelos gracias a los estafadores políticos y a los estafadores financieros.

A plazos se compran las neveras, las televisiones o los pisos, pero hacerse con una independencia a plazos es tan chusco como pedir un crédito para irse de putas o vender el coche para comprar gasolina. Suena todo a enorme farsa porque eso es lo que es: una broma enorme pagada con nuestro dinero, nuestra estabilidad y nuestra salud mental. Puigdemont amenazaba con ser el caballo de Pavía pero no ha pasado ser la carabina de Ambrosio; se imaginaba el honorable siendo él mismo la libertad descamisada guiando a su pueblo sobre las ruinas de la España que “ens roba”, pero su imagen ha estado más cerca de lo confuso y lo patético que de lo heroico. Tal vez quien menos derecho a decidir tenga en este momento sea el propio Puigdemont, que se ha metido en la cama con muy extraños compañeros, ha puesto todo del revés, ha espantado a empresas (alguien desde España le da las gracias por ello estos días en las redes sociales), y ha sacado de la lámpara muchos resentimientos que ahora andan sueltos por la calle. La señora del flequillo que siempre parece enfadada va a ser ahora imparable en su vómito antiespañol; Rivera desempeñará su papel de empollón de la clase reclamando escarmientos hasta la exasperación, y Pablo Iglesias seguirá jugando a su extraño juego de niño malcriado a quien cualquier situación y la contraria valen para medrar y no conoce más patria que sus propios intereses. Después de juegos florales y cargas policiales, ambas inútiles y desproporcionadas, Mariano, Soraya y compañía tendrán que decidir algo en serio sobre Cataluña para que los perplejos ciudadanos del común sepamos quién manda aquí, si es que manda alguien. El PSOE tendrá que limpiar un poco mejor su casa y aclarar el follón que se trae con el PSC. Todo es un poema, o una canción de Groucho Marx cantada por el capitán Spaulding.

“Desde la nada hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria”, dicen que dijo Groucho Marx. Gran resumen para el punto absurdo al que hemos llegado por ahora, aunque la altura de las cotas de la miseria no tiene techo. Ya veremos. Yo sigo con la duda de si Groucho Marx no estaría ayer sentado en la tribuna de invitados del Parlament fumando un puro y tomando notas para su próxima comedia.

Como dice Miguel Ángel Aguilar: atentos.

Ventajas del patriotismo

Ser patriota sirve, por ejemplo, para distinguir sin dudar a policías buenos de policías malos y perversos. En este sentido, nadie parece recordar ya las 100 bombonas de butano que aparecieron en el chalé de Tarragona en el que vivían unos amables terroristas. Los policías buenos, los de casa, no repararon en que aquellos no eran coleccionistas compulsivos de envases de butano, sino fabricantes de bombas para colocar en la Rambla. Siendo patriotas se perdonan los errores, eres más comprensivo con tus policías.

Ser patriota es muy útil también para reclamar a la UE y la ONU que sean mediadores en el conflicto catalán, como si España fuera una república subsahariana o el Ulster en los tiempos de plomo. El patriotismo inflamado pasa por alto que la UE y la ONU son dos de las principales responsables de la muerte de miles de inmigrantes en el Mediterráneo y en otros sitios. Sin ir más lejos, la UE ha nombrado administrador único de la letrina migratoria al señor Erdogán, un demócrata de toda la vida que permite la libertad de expresión sin cortapisas y sabe organizar unos golpes de estado de muchos quilates.

En el terreno deportivo ser patriota permite insultar a Gerard Piqué por sus opiniones algo chulescas e inoportunas, pero no crea conflicto alguno cuando en tu equipazo juegan más extranjeros que españoles o cuando la alineación está trufada de defraudadores fiscales, aprendices de gangster, maltratadores, conductores suicidas y otras perlas sociales.

Lo bueno de ser patriota es que te permite seguir considerándote de izquierdas pero sin necesidad de sentirte internacionalista, y apoyar sin empacho las causas de la más rancia burguesía que tomó sus primeras lecciones con la familia Pujol si esta no andaba trasegando euros por Andorra. En manifestaciones a favor del patriotismo catalán hay gente que considera fascista el muro mexicano de Trump, insulta a los israelitas por su paredón anti palestino, propugna en la barra del bar el final de las fronteras y el libre tránsito de todas las personas, pero se desgañita en favor de la creación de un nuevo coto de caza privado en Cataluña.

Ser patriota es estupendo porque te permite preocuparte estéticamente por las ballenas blancas, los perros abandonados y las focas monje, pero te exime de eso que se llama solidaridad interterritorial que sirve para pagar la Variante de Pajares (si la hubiera) en Asturias, las carreteras en Extremadura, y el AVE o los pufos farmacéuticos en Cataluña por poner algunos ejemplos. El patriotismo de estos días se resume en “bien me quieres, bien te quiero: no me toques mi dinero”.

Y como bien dice un sabio llamado Álvaro Noguera, si la bandera oficial de España es la del escudo y las columnas y la del aguilucho o “pita” es ilegal, ¿por qué no es ilegal la estelada si la bandera oficial de Cataluña es la senyera? Gracias por la indicación, señor Noguera.

Gracias a ustedes también por llegar hasta esta línea. Me voy a la cama que es mi patria más querida.

La berrea

Los nacionalistas son esos niños caprichosos que siempre desean (y consiguen) los juguetes ajenos pero nunca admiten que se pueda jugar con los suyos. Viven bien a costa del común, de las meriendas que comparten sus amigos más generosos, de llenar su bolsa de canicas a costa del saquear a su corte admiradores papanatas o consentidores, y de crearse a su alrededor un halo de seres especiales y perseguidos, débiles e incomprendidos pese a ser la flor y nata por haber nacido allí y no aquí, mientras medran a costa de la permisividad ajena hasta convertirse en pequeños tiranos quejicas y llorones. No conocen más lealtad que la que tienen para sí y sus caprichos y no tardan ni un minuto en alzar la voz doliente y ofendida si dejan de ser el centro de la fiesta o si pierden un ápice de sus chollos y canonjías. Y si el padre de las criaturas o el director del colegio abdican de ejercer su autoridad, consienten y transigen por miedo, dejadez, pereza o ignorancia (o todo ello a la vez), el  nacionalista emperrado se convertirá en un monstruo imparable y abusón que se sentirá siempre agraviado, coartado y censurado por una sociedad que siempre le alimentó, vistió y benefició por encima de a los demás, pero que ahora ya le sobra. Tantos años llevan viviendo en un universo propio, fantástico y privilegiado, abusando o robando directamente, haciendo de la necesidad virtud  y de la vulgaridad exclusividad diferencial, que se creen que siempre será así porque ellos lo valen.

Los mimados nacionalistas llaman fascistas a todos aquellos que no están con ellos, ya que los niños malcriados no toleran matices: o estás conmigo o estás contra mi. En este punto organizan un referéndum que tiene el mismo espíritu sectario y excluyente que aquellas terribles peleas infantiles en las que el niñato mimado, el envidiado dueño del balón de reglamento, decía en la calle quienes eran sus amigos y quienes ya no lo eran. Porque en un referéndum no hay matices, se convocan para sentirse respaldado no para debatir nada y, de paso, para poner al día la lista de quienes son de los suyos y quienes no. Por eso a los dictadores les gustan tanto los plebiscitos, las elecciones por aclamación, los pucherazos parlamentarios y salir luego al balcón del palacio presidencial a echar la culpa de todo a fuerzas oscuras, al periodismo, a las potencias externas a las que han querido convencer sin suerte de la pureza de sus intenciones. La pamema del “derecho a decidir” en la que algunos se han refugiado para ir de guais y demócratas, es una falacia que usan para justificar sus asambleas de facultad y pataletas los presuntos estandartes de la izquierda que, dicho sea de paso, organizaron hace dos años en Gijón un referéndum que fue el hazmerreir de cualquier democracia. Como en el de Cataluña, todo estaba decidido de antemano.

Y para rematar la jornada estuvo el numerito frívolo del  F. C. Barcelona que, como siempre, quiso hacer el guiño nacionalista pero sin perder un solo punto en la Liga, no jodas, nen. Al final, partido a puerta cerrada y los que vinieron desde Canarias a ver a su equipo, que les den. ¿Por españoles? ¿Por canarios?

Desde la tarde aciaga del 23-F no sentía uno tanto estupor y vergüenza ante las imágenes vistas y las palabras oídas el 1-O. El marianismo inoperante y timorato convirtiendo esto en un juego de policías y ladrones, y los herederos del pujolismo depredador organizando su victimario consabido, han protagonizado un lamentable espectáculo poniendo a la gente normal como parapeto de su incapacidad para hacer política en serio y hacerla sin incumplir la ley de manera tan escandalosa. Y salvo excepciones, toda la clase política querrá ahora sacar partido de este desastre anunciado y vergonzoso en el que España ha vuelto a quedar a la altura del betún, como esas familias que arman un escándalo de llantos, golpes y voces  en medio de un restaurante lleno de gente que les mira estupefacta; el escándalo es porque el niño se ha empeñado en no comer la sopa y el padre no sabe negociar ni eso.

La berrea otoñal no ha hecho más que empezar. Los tiempos que vienen serán ensordecedores.