Actualización

Con los años he perdido dientes, pelos, ideas e ilusiones. La edad no me ha dado a cambio más cosas que una hipoteca interminable, hijos que se van, amigos que se mueren, coches que no pasan la ITV, relojes que no se detienen y una sensación creciente e imparable de fracaso, hastío e invisibilidad. La vida me sale a deber, no cuadran las cuentas por mucho que las haga del derecho y del revés. No he escrito la gran novela contemporánea, los árboles que planté se secaron todos y los hijos que tuve puede que hubiesen preferido otro padre. Pierdo voz, gano peso, no empato con nadie poderoso, se me escapan gotitas de pis si voy un poco justo de tiempo hacia el váter y las mujeres han decidido que no existo. Ya no tengo edad para dejarme unas rastas, ni para vestir como un trampero de Missouri o un traficante de opio de Afganistán, ni para dejarme una barba afilada de predicador y lucirla con gafas de pasta y una camisa de topos abrochada hasta arriba. He sido demasiado bueno o demasiado malo hasta la fecha y el resultado es este: uno del montón hecho a base de retales usados.

Esto es lo que hay a fecha de hoy, 9 de junio de 2017, y levanto acta para conste que vivir es sobrevivir salvo que te apellides Botín o Picasso. No tengo talento ni talante, no voy al gimnasio, apenas sé nadar, todo mal la guitarra y solo he debutado en los bares como cronista de mis propias arbitrariedades. Ya he de cuidar más mi próstata que ni prosa y el futuro es un arma cargada de pasado con la que el tiempo me apunta entre las cejas para dispararme en cualquier momento.

Y eso que hoy tengo el día optimista porque después de los 55 años la única forma de sobrevivir es decirse a uno mismo la verdad sin cataplasmas ni paliativos. A estas alturas actualizarse es constatar desgastes y hacer inventario de pérdidas. La alternativa es ponerse hasta arriba de botox y no es plan. Vale más parecerse a Manuela Carmena que a Carmen Lomana. El pesimismo bien informado es la mejor forma de optimismo que uno se puede permitir a estas alturas. Uno despierta por la mañana y mira al techo como los australopitecos miraban al cielo esperando una lluvia de agua o de meteoritos para decidir si ese día saldrían a cazar mamuts o se quedarían en la cueva pintando bisontes para la posteridad. Pues bien, uno despierta y va del lecho al techo esperando alguna señal que marque el camino a seguir en esa jornada en la que también habrá que pagar la ORA, los plazos de todo y en la que tampoco nos condonarán las deudas ni podremos adquirir un banco por un euro. Ni siquiera un banco del parque. Ya quisiera yo. Busca uno inspiración en el techo y, como dijo el poeta, no se le ocurre nada.

Y entonces es cuando pienso que la muerte es un gran remedio para sobrellevar la vida. Juan José Millás escribió una vez que hay ocasiones en las que la idea de la muerte es más relajante que tomarse toda una caja de Trankimazín. Tiene razón. Nunca lo había pensado pero ahora lo hago cuando me viene una punzada de angustia de esas que quitan la respiración. Morirse no es tan grave, como canta Sabina diciendo que lo decía el poeta Ángel González, si se tiene en cuenta que seguramente uno no se entera de nada llegado ese trance final y que, quiera o no, deja zanjadas todas sus dudas, deudas, problemas, incertidumbres, herencias, querencias y odios. Adiós a todos esos y a todo eso. Tus obras incompletas pasan a ser obras completas de una tacada y, de propina, todo el mundo hablará bien de ti durante unos días porque no se habla mal de los muertos, nene.

A veces entiendo la decisión de los suicidas aunque creo que por ahora no tengo su valor tajante para dar por terminada esta función. En todo caso siempre tranquiliza pensar que esa opción está disponible en el catálogo de finales que ofrece la naturaleza: cáncer, infarto, ictus, accidente de coche y todo lo demás. Hay gente más útil muerta que viva y puede que la verdadera sabiduría consista en saber cuando llega ese momento en la vida de cada uno en el que toca hacer la actualización definitiva.

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3 pensamientos en “Actualización

  1. La solución es gustarse, quererse y sonreir ante la cantidad de posibilidades de hay de tener momentos guapos de aquí p’lante.

  2. Lo suscribo al 99% que al cien es mucho. Si no fuera por los coach y el main-full-ness y la sicología positiva seríamos tristemente normales, vulgarmente mortales, pero así no hay quién pueda…

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