Lotería

Ayer me tocó un décimo de lotería que había comprado en un tanatorio en que estaba instalada la capilla ardiente de mi padre. El mismo día que enterré a mi padre, la suerte decidió que fuese millonario. No hay mal que por bien no venga, se podría decir en este funesto caso sin temor a equivocarse. Tengo un amigo que compró lotería el día de su boda. Le tocaron cien millones de euros, pero su mujer le puso los cuernos con media humanidad durante el tiempo que él era rico. Me contaron de otro al que le diagnosticaron un cáncer el mismo día que compró a la puerta del hospital un cuponazo premiado con un sueldo vitalicio de tres mil pavos al mes. El día que le extirparon el tumor le robaron la cartera. Así es la vida.

La distancia más corta entre los dos puntos que marcan la suerte y la desgracia, el melodrama y la tragedia, es un ciego de la ONCE o un niño de San Ildefonso pregonando miles de euros. No se sabe nunca si uno acabará el año, el dia, o la semana sobre el podio de la suerte o excarcelado por los bomberos de un coche convertido en una lata de sardinas. No es posible saber si mañana mismo se habrá dado uno de baja de la nómina de su empresa para veranear en Bali, o abandonará por la fuerza el padrón de habitantes para visitar las grandes praderas de Manitú con un forense como médico de cabecera. Al fin y al cabo, la vida es como la lotería: todo el mundo espera algo de ella, pero casi nadie lo consigue. Se reciben más pedradas que pedreas, y tenga usted por seguro que al final no se llevará ni lo puesto.

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Poco leído

Confieso no haber terminado nunca de leer ‘El Quijote’ y creo que mi cultura general no es mala. Podría ser mejor gracias a una completa ingestión y digestión de Miguel de Cervantes, ya lo sé, pero no es mala del todo pese a esta carencia. No digo nada del ‘Ulises’ de Joyce, porque creo no haber pasado del primer capítulo antes de caer en trance y dormir soñando con las calles de Dublín.

Confieso igualmente que el fondo de escritorio de mi ordenador está decorado con una foto de Groucho Marx en vez de lucir una de mis hijos con la leyenda «papá vuelve pronto”, o cosas por el estilo (Tal vez ellos pondrían “papá, piérdete” en correspondencia a mis merecimientos). No soy peor ni mejor padre por no tener la foto de las criaturas presidiendo mi escritorio virtual, aclaro, aunque admito que podría serlo incluso sin foto. No nací para ser un buen padre. No paso de regular. La paternidad me sale siempre a deber, así que foto más o menos no hay remedio.

Otrosí. Reconozco que no he leído la Biblia entera. Me pone muy nervioso el pasaje de la tortura de los siete hermanos Macabeos, me da un poco de miedo el profeta Jeremías y eso me hace cerrar el libro con la frente perlada en sudor. Y no digamos nada del Apocalipsis con tanta predicción de temporales teológicos. ¿Soy ateo por ello? No, padre, no lo soy, aunque ya sé que si frecuentara más las Sagradas Escrituras me haría, tal vez, mejor persona. Amén.

Ítem más. No he leído nunca la Constitución completa y miren que he tenido años para hacerlo. Pese a ello, no me considero menos patriota, ni menos ciudadano, ni menos decente, ni menos nada que Mariano Rajoy y compañía. Ellos citan artículos de la Constitución de memoria, como algunos obispos citan versículos de memoria y ciertos chiflados se saben guías telefónicas de memoria. Puede que ellos sean mejores ciudadanos de España que yo, mejores cristianos que yo y hasta se sepan más números de teléfono que yo. Es que uno está poco leído. En fin, que uno es un mediocre ciudadano, un padre ausente, un tibio cristiano y un inculto con pretensiones y ni siquiera se molesta en aparentar lo contrario. Es lo que hay.

Hasta siempre, amigo Frules.

Mi hijo siempre te llamó “Frules” porque para él es difícil decir “Pruden”. Así que a tus 50 tacos pasados, mi hijo te volvió a bautizar como “Frules” porque eras su pizzero favorito; eras “Frules”, el tipo que durante años le puso en la mesa los plazos de espagueti boloñesa más descomunales que he visto y los helados de fresa mejor decorados y los cafés preparados con más cariño, y le dio los abrazos más sentidos que he visto entre hostelero y cliente. Todos terminamos por llamarte Frules. ¿Donde comemos? ¿Vamos a Frules? Y tú siempre nos reñías por llegar al Bocallino casi a las 4, pero luego siempre tenías para nosotros alguna sorpresa fuera del menú, unos mejillones a la belga o unas lentejas, o una bola de helado de mandarina aderezada con Aperol, y unos chupitos de Grappa por cuenta de la casa con los que salíamos alegres de ánimo y repuestas las fuerzas camino de la oficina después de una comida más en tu casa. Hasta la próxima que esta vez no llegará.

Desde hacía más de 15 años eras como de nuestra familia. La de las docenas de periodistas que, primero con Arturo Jardón en el Pomodoro y luego en Al Bocallino, fuimos buscando tu saber hacer, tu buen humor, tus broncas que terminaban en carcajadas y tus apretones de manos de paisano noble y currante, de obrero que se había buscado siempre la vida desde que dejó atrás el pueblín entre los montes de Ponga y Amieva en el que naciste. Bregaste primero en media Europa aprendiendo el oficio hasta recalar en Gijón donde después de mucho trabajo llegaste a consolidar tu propio negocio siempre lleno de clientes satisfechos que volvíamos una y otra vez. Te echaremos de menos, Frules. Te echaremos de menos los periodistas de la mesa redonda del fondo oscuro del local en la que estas últimas veces te sentabas con nosotros a descansar un poco y hacer unas bromas. Te echará de menos mi hijo, mi sobrino Álvaro, Carlota y todos los niños que se acercaban a ti en busca e una piruleta y te dejaban sus dibujos en aquella colección que colgabas con orgullo en la pared y que era cada vez más grande.

Te echaré de menos, Pruden. Tu muerte me ha dolido, nos ha dolido a todos por inesperada y brutal, porque nos ha llevado por delante a un amigo acogedor, a un profesional dedicado y, sobre todo a un buen paisano que, en realidad siempre quiso llamarse “Frules”.

Hasta siempre, hermano. Descansa después de tanto trabajo que hizo feliz a mucha gente que nunca te olvidará.

Actualización

Con los años he perdido dientes, pelos, ideas e ilusiones. La edad no me ha dado a cambio más cosas que una hipoteca interminable, hijos que se van, amigos que se mueren, coches que no pasan la ITV, relojes que no se detienen y una sensación creciente e imparable de fracaso, hastío e invisibilidad. La vida me sale a deber, no cuadran las cuentas por mucho que las haga del derecho y del revés. No he escrito la gran novela contemporánea, los árboles que planté se secaron todos y los hijos que tuve puede que hubiesen preferido otro padre. Pierdo voz, gano peso, no empato con nadie poderoso, se me escapan gotitas de pis si voy un poco justo de tiempo hacia el váter y las mujeres han decidido que no existo. Ya no tengo edad para dejarme unas rastas, ni para vestir como un trampero de Missouri o un traficante de opio de Afganistán, ni para dejarme una barba afilada de predicador y lucirla con gafas de pasta y una camisa de topos abrochada hasta arriba. He sido demasiado bueno o demasiado malo hasta la fecha y el resultado es este: uno del montón hecho a base de retales usados.

Esto es lo que hay a fecha de hoy, 9 de junio de 2017, y levanto acta para conste que vivir es sobrevivir salvo que te apellides Botín o Picasso. No tengo talento ni talante, no voy al gimnasio, apenas sé nadar, todo mal la guitarra y solo he debutado en los bares como cronista de mis propias arbitrariedades. Ya he de cuidar más mi próstata que ni prosa y el futuro es un arma cargada de pasado con la que el tiempo me apunta entre las cejas para dispararme en cualquier momento.

Y eso que hoy tengo el día optimista porque después de los 55 años la única forma de sobrevivir es decirse a uno mismo la verdad sin cataplasmas ni paliativos. A estas alturas actualizarse es constatar desgastes y hacer inventario de pérdidas. La alternativa es ponerse hasta arriba de botox y no es plan. Vale más parecerse a Manuela Carmena que a Carmen Lomana. El pesimismo bien informado es la mejor forma de optimismo que uno se puede permitir a estas alturas. Uno despierta por la mañana y mira al techo como los australopitecos miraban al cielo esperando una lluvia de agua o de meteoritos para decidir si ese día saldrían a cazar mamuts o se quedarían en la cueva pintando bisontes para la posteridad. Pues bien, uno despierta y va del lecho al techo esperando alguna señal que marque el camino a seguir en esa jornada en la que también habrá que pagar la ORA, los plazos de todo y en la que tampoco nos condonarán las deudas ni podremos adquirir un banco por un euro. Ni siquiera un banco del parque. Ya quisiera yo. Busca uno inspiración en el techo y, como dijo el poeta, no se le ocurre nada.

Y entonces es cuando pienso que la muerte es un gran remedio para sobrellevar la vida. Juan José Millás escribió una vez que hay ocasiones en las que la idea de la muerte es más relajante que tomarse toda una caja de Trankimazín. Tiene razón. Nunca lo había pensado pero ahora lo hago cuando me viene una punzada de angustia de esas que quitan la respiración. Morirse no es tan grave, como canta Sabina diciendo que lo decía el poeta Ángel González, si se tiene en cuenta que seguramente uno no se entera de nada llegado ese trance final y que, quiera o no, deja zanjadas todas sus dudas, deudas, problemas, incertidumbres, herencias, querencias y odios. Adiós a todos esos y a todo eso. Tus obras incompletas pasan a ser obras completas de una tacada y, de propina, todo el mundo hablará bien de ti durante unos días porque no se habla mal de los muertos, nene.

A veces entiendo la decisión de los suicidas aunque creo que por ahora no tengo su valor tajante para dar por terminada esta función. En todo caso siempre tranquiliza pensar que esa opción está disponible en el catálogo de finales que ofrece la naturaleza: cáncer, infarto, ictus, accidente de coche y todo lo demás. Hay gente más útil muerta que viva y puede que la verdadera sabiduría consista en saber cuando llega ese momento en la vida de cada uno en el que toca hacer la actualización definitiva.