Te quiero, Revoltosa y te quiero Revoltosa.

Siempre quise tener una novia revoltosa, una novia de esas inquietas e imaginativas en todos los momentos, lugares y posiciones, suposiciones y tal. Siempre quise una novia revoltosa pero nunca la tuve de la misma forma que jamás conseguí un Ibertrén. Algunas novias mías decían que había sido revoltosas en los años anteriores a conocerme a mi, vaya por Dios, siempre llega uno tarde a donde nunca pasa nada. Otras me confesaron que el picor de camiseta les entró después de dejarme. La mayoría me espetaron que a mi lado les entraba mucha revoltura, razón por la que apenas me trataron. Así que me conformé con beber litros de gaseosa Revoltosa y de escuchar la zarzuela del mismo título en compañía de mi difunto padre (entonces aún estaba vivo), muy aficionado al género chico.

Tuve que dejar atrás la edad pueril y juvenil para llegar al periodo maduril (Rabinovich dixit) y conocer a una revoltosa que me tocaría mucho. Me apresuro a aclarar que lo que más me ha tocado esta revoltosa de la que hablaré es el alma, la conciencia, me remueve mi oxidada sensibilidad heteropatriarcal-veteroscaucásica-caústicomachista; me toca algo el bolsillo y mucho el cariño. Nunca es tarde si la chica es buena y si sabe revolver con arte y precisión como esta saber hacer. A esta Revoltosa me la presentó Juaco Amado una tarde y supe yo allí mismo que ella sería la Revoltosa de mi vida por años. Y no es que la rapaza mostrara por mí un interés desmesurado. A ella le gustan los tipos jóvenes, los intelectuales curtidos o en periodo de maduración, los sindicalistas cuarteados, las feministas, la veganidad en general, los perros en particular, y los seres heridos en guerras diversas que precisan reposo, escondite y algunos cómplices para escapar del grotesco paisaje cotidiano.

Yo quiero mucho a la Revoltosa a pesar de que ella me sea infiel a diario con su corte de docenas de admiradores y admiradoras que, sin duda, reúnen muchas más condiciones que yo para ser dignos y dignas de su pasión. Aun así, como dijo un cubano, “no es perfecta, más se acerca a lo que yo simplemente soñé”. Fíjense las cosas que me hace escribir esta cabrona.

El caso es que ahora que nuestra Revoltosa anda un poco pachucha, reumática, con más arrugas y desconchones de lo habitual, y humedades en el cuerpo y en el alma, le escribo yo esta carta de amor para calentarle un poco el corazón, como dijo el poeta, y para decirle que somos muchos sus enamorados, y los capaces de bebernos todo su vino o sus hierbajos hervidos, de comernos todos sus pasteles veganos y sus aceitunas de garrafón (lo digo por el frasco que las contiene, no por su acrisolada calidad) y de dejarnos la vista y el sueldo en todos sus libros (menos los de Vargas Llosa), para que salga pronto de la crisis y vuelva a ser la más maciza del barrio, la más guapa del maremoto, la más revoltosa de este mundo tan revuelto que ella hace más reposado, solidario y excitante.

Vuelve a guiñarnos el ojo, Revoltosa. Te queremos, Revoltosa y te queremos revoltosa.

Tuyo afectísimo. Uno de tantos.

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