Llorar

 

A veces tengo ganas de ponerme a llorar en cualquier parte, pero al final no consigo que salga ni una lágrima. Contengo el llanto como quien contiene un estornudo y es fatal. El llanto es el estornudo del alma, aligera tensiones. Un estornudo despeja la nariz y un rato llorando despeja las ideas. Se respira mejor y se piensa mejor, por eso uno no debería quedarse nunca con ganas de llorar ni de estornudar, y si es capaz de hacer las dos cosas a la vez, mucho mejor. Los médicos deberían recomendar a sus pacientes llorar varias veces al año. Por su bien. No llorar por desgracias, que para eso siempre hay tiempo, sino por placer o por terapia. Se puede llorar viendo ‘Qué bello es vivir’, contemplando cómo los hijos duermen plácidamente o mueven las manos al hablar, admirando a alguien que, para variar, es decente, leyendo la carta sentida de un amigo o de un amor, o escuchando cierta música en cierto momento. Uno siempre ha sido más partidario de la gente que llora cuando debe que de la que se ríe a destiempo. Y como la risa y el llanto son las dos piezas de la bisagra con la que tratamos de sostenernos a la vida sin caernos antes de tiempo, me parece que quien sabe llorar también sabe reír. O, por lo menos, sabe de qué se ríe o por qué llora. El problema es que llorar está mal visto, y uno lo entiende. No vamos a andar todo el día con los mocos colgando y haciendo pucheros, aunque tampoco sé por qué hay que reírse siempre. A uno le parece que lo más digno en algunos casos es llorar. Llorar a moco tendido.

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