¿Irse para volver?

Saber irse es complicado, requiere tacto, ritmo adecuado y un discurso cristalino que no deje lugar a duda ninguna. Dejar un cargo público es tan excepcional en este país que cuando alguien toma esa decisión, Francisco Blanco en este caso, miramos para él con cierta incredulidad, tal vez sospechando si detrás de esa decisión no habrá algo oscuro o inconfesable que recomienda coger la puerta antes de que lo pillen a uno con las manos en la masa. Saber irse y dejar limpio y recogido el despacho, sin hacer dramas, por propio pie, sin hipidos ni pucheros, portazos o medias palabras, es todo un arte que solo manejan los políticos para quienes la política es solo una etapa en su vida, no la meta final.

Y este es el caso de Pachi Blanco, a quien traté de concejal y conocí relativamente cuando yo mismo formé parte del equipo de asesores de esa Coporación. Siempre me dio la sensación de que este joven economista, de hablar pausado y capacidad para discutir con un periodista o un opositor político sin levantar la voz, era un tipo al que la política le gustaba como una herramienta más de desarrollar su trabajo, no cómo rocódromo en el que escalar puestos o una mesa camilla en la que refugiarse de las inclemencias del mercado laboral. Otros de su generación no se manejan igual que Francisco Blanco y a estas alturas ya es difícil que esos contemporáneos del consejero cesante puedan ser otra cosa en la vida aparte de políticos. Ellos y ellas sabrán.

Blanco se va porque quiere y, sobre todo, porque puede. Tiene trabajo, le gusta y retorna a él. Ello le ha permitido gobernar disintiendo y militar con ideas propias, sin cerrar filas por sistema o por miedo a irse al paro.

Otra cosa será que Pachi Blanco se haya ido para poder volver y llegue a liderar la FSA más pronto que tarde representando a la generación “sanchista” que el domingo trituró por lo civil a la vieja guardia de Suresnes y a sus aprendices de brujos. Que se vaya para volver es otra forma de ver la salida del ya ex concsejero y, desde luego, una estrategia perfectamente legítima frente a otras carreras políticas que parecen las de Tarzán: cogiendo la siguiente liana sin soltar la anterior.

Salida elegante, pausada y sin bronca. Pachi ha sabido irse. Veremos si quiere y, en su caso, sabe volver. Por ahora todo queda zanjado en este caldo espeso del PSOE en el que resulta difícil dar un paso. Estaremos atentos.

Anuncios

Editorial y otras bazofias

Hay editores de periódicos, editorialistas y periodistas en general que piensan que los lectores son idiotas y que la ciudadanía en general está compuesta por cretinos sin opinión que ven solo a través de los ojos del titular del día. Lo que ha pasado en los últimos tiempos es que, además de pensar estas cosas sobre los lectores para sus adentros y para hablarlo en las reuniones de redacción, algunos medios ya no se cortan un pelo en decirlo y escribirlo con la misma soltura que se lanza un salivazo sobre la cara del tonto del pueblo. No hay más que leer hoy lunes 22 de mayo el editorial de El País en el que, lejos de aceptar la aplastante realidad de un 50% de votos de la militancia socialista que apoyan a Pedro Sánchez y sin capacidad para ver que la protegida del sistema se ha caído con todo el equipo menos en la tierra de María Santísima y olé, en este periódico se dedican a señalar los graves problemas que supondrá Sánchez para España como si de un nuevo Maduro se tratase.

En un editorial que parece escrito en la fundación FAES y que podría ir firmado por Rafael Hernando, Aznar y Mayor Oreja en pleno delirio, se compara a Pedro Sánchez con Podemos y Trump, amén de otras lindezas deslizadas entre líneas en la que, no más, se da entender que todos los militantes que apoyaron a Sánchez Castejón son una pandilla de populistas alucinados que, acto seguido de perpetrar tan revolucionaria votación, se abalanzarán con teas, hachas, hoces y martillos contra el Congreso, el Senado, la Moncloa y la Zarzuela. Para El País y sus pares en el mundo periodístico la democracia está muy bien cuando salen las cartas previstas y la partida termina como estaba mafiado. El problema es que, como dijo aquel, los periodistas deben ser “gente que cuenta a la gente lo que le pasa a la gente”, y no seres superiores que se creen en la obligación de decirle a la gente lo que tiene que hacer, so pena de ser llamados ignorantes o cosas peores al día siguiente.

En el periodismo se puede ser de izquierdas, de derechas, de gin toninc, de güisqui y de agua sin gas; los hay puteros y meapilas, intrépidos y cobardes, currantes y apalancados; los hay leídos y zopencos, los hay avispados y de los que no ven una noticia aunque la tengan debajo. En periodismo se puede ser de todo menos manipulador, mentiroso, torticero y despectivo con el público que te da de comer. El día en que el Madrid gana la liga y Susana pierde hasta las bragas se puede tener la tentación de escribir muchas barbaridades si se es barcelonista o susanista y el domingo te ha salido más mierda de lo habitual. Se tiene esa tentación cuando se compra tinta por barriles pero debe superarse porque hay que escribir para que te entienda el panadero, pero no como si tú fueras un panadero en vez de un periodista. Escribir con las tripas y mojando la pluma en bilis o en caca directamente nunca fue buena solución. Así van el periodismo y la política, cada vez con menos seguidores. El editorial de El País es un insulto a mucha gente y, cuidado, porque los periódicos se someten a primarias todos los días y ayer ha quedado claro de nuevo que el noble pueblo soberano hace mucho tiempo que ha dejado de ser idiota y ya no vota a quien le dicen, ni lee lo que le mandan. Últimamente se dedica más bien a degollar a fantasmones en las urnas y a envolver sus tripas con papel de periódico para echárselas a los perros.

Te quiero, Revoltosa y te quiero Revoltosa.

Siempre quise tener una novia revoltosa, una novia de esas inquietas e imaginativas en todos los momentos, lugares y posiciones, suposiciones y tal. Siempre quise una novia revoltosa pero nunca la tuve de la misma forma que jamás conseguí un Ibertrén. Algunas novias mías decían que había sido revoltosas en los años anteriores a conocerme a mi, vaya por Dios, siempre llega uno tarde a donde nunca pasa nada. Otras me confesaron que el picor de camiseta les entró después de dejarme. La mayoría me espetaron que a mi lado les entraba mucha revoltura, razón por la que apenas me trataron. Así que me conformé con beber litros de gaseosa Revoltosa y de escuchar la zarzuela del mismo título en compañía de mi difunto padre (entonces aún estaba vivo), muy aficionado al género chico.

Tuve que dejar atrás la edad pueril y juvenil para llegar al periodo maduril (Rabinovich dixit) y conocer a una revoltosa que me tocaría mucho. Me apresuro a aclarar que lo que más me ha tocado esta revoltosa de la que hablaré es el alma, la conciencia, me remueve mi oxidada sensibilidad heteropatriarcal-veteroscaucásica-caústicomachista; me toca algo el bolsillo y mucho el cariño. Nunca es tarde si la chica es buena y si sabe revolver con arte y precisión como esta saber hacer. A esta Revoltosa me la presentó Juaco Amado una tarde y supe yo allí mismo que ella sería la Revoltosa de mi vida por años. Y no es que la rapaza mostrara por mí un interés desmesurado. A ella le gustan los tipos jóvenes, los intelectuales curtidos o en periodo de maduración, los sindicalistas cuarteados, las feministas, la veganidad en general, los perros en particular, y los seres heridos en guerras diversas que precisan reposo, escondite y algunos cómplices para escapar del grotesco paisaje cotidiano.

Yo quiero mucho a la Revoltosa a pesar de que ella me sea infiel a diario con su corte de docenas de admiradores y admiradoras que, sin duda, reúnen muchas más condiciones que yo para ser dignos y dignas de su pasión. Aun así, como dijo un cubano, “no es perfecta, más se acerca a lo que yo simplemente soñé”. Fíjense las cosas que me hace escribir esta cabrona.

El caso es que ahora que nuestra Revoltosa anda un poco pachucha, reumática, con más arrugas y desconchones de lo habitual, y humedades en el cuerpo y en el alma, le escribo yo esta carta de amor para calentarle un poco el corazón, como dijo el poeta, y para decirle que somos muchos sus enamorados, y los capaces de bebernos todo su vino o sus hierbajos hervidos, de comernos todos sus pasteles veganos y sus aceitunas de garrafón (lo digo por el frasco que las contiene, no por su acrisolada calidad) y de dejarnos la vista y el sueldo en todos sus libros (menos los de Vargas Llosa), para que salga pronto de la crisis y vuelva a ser la más maciza del barrio, la más guapa del maremoto, la más revoltosa de este mundo tan revuelto que ella hace más reposado, solidario y excitante.

Vuelve a guiñarnos el ojo, Revoltosa. Te queremos, Revoltosa y te queremos revoltosa.

Tuyo afectísimo. Uno de tantos.

Mastropiero y la princesa

Con el premio Princesa de Asturias 2017, Johann Sebastian Mastropiero está ya y para siempre a la altura de Johann Sebastian Bach, un merecimiento tan justificado como sorprendente para un compositor que, pese a no haber existido nunca que se sepa, es autor de algunas de las obras más conocidas, tarareadas y aplaudidas de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. Mastropiero, ya inmortal en la memoria musical y humorística de generaciones, le debe todo a Les Luthiers, unos señores argentinos vestidos de smoking que le imaginaron, le dieron vida y le atribuyen todo tipo de obras, más de 200 interpretadas con unos 30 instrumentos informales e impecables. El repertorio llega desde la cantata barroca basada en un prospecto farmacéutico de un  laxante, los consejos místicos de Warren Sánchez, la sintonía para Fly Airwais, compañía aérea con un solo avión,  hasta el bolero “Perdónala”, plagiado de un tal Günter Fragher que, seguramente, sería compañero de farra de Johann en ese periodo de su vida oscurecido por el alcohol y que, según sus biógrafos, abarcaba desde las 7 de la mañana hasta la hora de acostarse. En ese aspecto tenemos algo en común.

Joahnn Sebastian Mastropiero ha sido en su vida el ardiente enamorado de la opulenta marquesa de Quintanillas, el autor de la oda al odontólogo Miles Flanagan o de la música para el homenaje al rijoso ginecólogo Von Uter; el mentor de Mario Abraham Korsklap o Johnny Little Bang, el alter ego de Carolino Fuentes, diestro con la lanza y siniestro con la guitarra, el creador de un ballet que une al repulsivo Roboflecto y el siempre dubitativo príncipe Basili (¿o era Vasili?), el inspirado de autor de la zarzuela “Las majas del bergantín”, una versión musical del teorema de Tales, plegarias a San Ictícola…. Johann Sebastian Mastropiero ha trabajado como un músico de color (negro) toda su vida y todas las vidas de los integrantes de Les Luthiers, consumiendo algunas por completo como las de Gerardo Masana, fundador del grupo y nieto de catalanes, o la de Daniel Rabinovich, insustiible para siempre y a quien hoy se añora de manera especial. Neneco estará en alguna parte del universo preparando una carta mal puntuada para agradecer el premio

Las princesas pueden ser caprichosas, como bien reza una composición de Mastropiero, pero a veces tienen su momento de esplendor y honran al bufón por los servicios prestados. Hoy ha sido uno de esos días regios en los que se ha premiado el humor intemporal, la genialidad, la ironía, el talento musical, la ironía sutil  y la refrescante sensación de que en el mundo hay aún rincones sin mezquindad en los que el cerebro funciona con absoluta libertad.

Johann queda ahora obligado a componer un himno conmemorativo que todos sus fans y cholulos en general cantaremos a pleno pulmón. Deberá titularse “Mastropiero y la princesa”. Enhorabuena, maestros.

Gilipollas por puntos

Al que conduzca borracho se le puede caer el pelo y los puntos del carné. No es mala idea que así le legisle y así se cumpla. Las carreteras son unas arterias muy delicadas y admiten mal los trombos que les producen los conductores de garrafón. Un ictus de una autopista causado por un energúmeno son 12 muertos de una tacada. Así que a quienes gusten de soplar deberán hacerlo lejos de un volante para evitar tener que hacerlo cuando se pongan detrás de él. (Nunca supe a ciencia cierta si uno se pone delante o detrás del volante, pero esa es otra historia). El caso es que el alcohol es un estado mental y sanguíneo que se puede medir con un aparato. Se sopla y punto.

Lo que no es posible de dimensionar (esta palabra queda muy bien porque se la oí a un concejal) es la gilipollez al volante. No me negarán que cada vez hay menos borrachos y más gilipollas que llevan un coche entre las manos. Hay tipos que se saltan un semáforo o dos a las ocho y media de la mañana sin haberse bebido nada más que un cola-cao con magdalenas. A estos beodos de su propia memez que por tener un coche grande se creen liberados de cualquier disciplina, no les pilla nunca ningún guardia y en caso de que se les hiciera soplar un par de curvas más allá, jamás serían multados porque van sobrios como monjas (la mayoría de ellas, al menos) aunque su estupidez sea un alcoholismo incurable.

La gilipollez de dieciséis válvulas es una droga que no forma parte de las conductas a perseguir por la nueva normativa de tráfico. Primero cae un mentiroso que un cojo y un borracho es pillado antes que un idiota. La sociedad cada vez tolera menos al que se taja con pisar un corcho, pero tiende a admirar al que se emborracha de sí mismo cada vez que pisa un acelerador. Los borrachos pierden puntos, los gilipollas no.

Llorar

 

A veces tengo ganas de ponerme a llorar en cualquier parte, pero al final no consigo que salga ni una lágrima. Contengo el llanto como quien contiene un estornudo y es fatal. El llanto es el estornudo del alma, aligera tensiones. Un estornudo despeja la nariz y un rato llorando despeja las ideas. Se respira mejor y se piensa mejor, por eso uno no debería quedarse nunca con ganas de llorar ni de estornudar, y si es capaz de hacer las dos cosas a la vez, mucho mejor. Los médicos deberían recomendar a sus pacientes llorar varias veces al año. Por su bien. No llorar por desgracias, que para eso siempre hay tiempo, sino por placer o por terapia. Se puede llorar viendo ‘Qué bello es vivir’, contemplando cómo los hijos duermen plácidamente o mueven las manos al hablar, admirando a alguien que, para variar, es decente, leyendo la carta sentida de un amigo o de un amor, o escuchando cierta música en cierto momento. Uno siempre ha sido más partidario de la gente que llora cuando debe que de la que se ríe a destiempo. Y como la risa y el llanto son las dos piezas de la bisagra con la que tratamos de sostenernos a la vida sin caernos antes de tiempo, me parece que quien sabe llorar también sabe reír. O, por lo menos, sabe de qué se ríe o por qué llora. El problema es que llorar está mal visto, y uno lo entiende. No vamos a andar todo el día con los mocos colgando y haciendo pucheros, aunque tampoco sé por qué hay que reírse siempre. A uno le parece que lo más digno en algunos casos es llorar. Llorar a moco tendido.