Armiños y capuchones

Los Reyes Magos son unos señores disfrazados de sota de bastos que, a pesar de tener todos ellos unas edades avanzadas, disfrutan paseando en camello, en carroza o sobre rucios piojosos con la intención engañar bondadosamente a los niños y hacerles creer a pie juntillas la trola de un cuento milenario que con el paso de los siglos se ha convertido en un negocio de bigotes. El ritual consiste en coger unos cortinones, turbantes, joyas de plástico y trapos con olor a mugor hasta convertir a tres respetables señores en fantoches ilusionados. A ellos y sus jamelgos, carrozas, dromedarios o tanquetas de la milicia, se une toda su carnavalada y se compone un remedo de regia comitiva que, si se mira bien, es un espectáculo que suena a una mezcla entre el día de las fuerzas armadas, simulacro de emergencia aérea, la llegada de una estrella de rock o la coronación de un emperador caníbal en algún país centroafricano. Todo ello se adereza con un chorro de carnaval belenista, y mucho derrame de papel triturado, caramelos de Alsa, Banco Herrero  y otros amables patrocinadores que entran por los ojos (textualmente), unas antorchas, cientos de espráis y otras sustancias pringosas de probada toxicidad que van creando un caldo humano en movimiento hasta conseguir llenar las calles de una comitiva variopinta en la que no faltan gallinas, ovejas, tipos vestidos de romanos, beduinos de garrafón y vendedores manteros de cedés y relojes chinos reconvertidos en pastorcillos o guardias petrorianos. La denominada “cabalgata de la ilusión”, “el preludio de la noche más hermosa” y todas esas cosas caramelizadas en el ámbar de la historia como un mosquito de hace 20 siglos, falsas y sigue en nuestra iconografía anual porque hay cosas que se pegan a la historia como los chicles a un zapato o los mocos a la ventanilla del coche cuando se niegan a ser aventados al exterior con la catapulta de los dedos índice y pulgar.

Si se cambian cuatro o cinco cosas de este retrato navideño de brocha gorda recién pintado aquí, y se salta el calendario de enero a abril, de las castañeras a los heladeros y del armiño de pega a la capucha kuluxklanera, de los centuriones a los legionarios y del príncipe Aliatar al capellán castrense con gemelos de oro, en vez de cabalgata de Reyes nos sale clavada la Semana Santa, otro chicle histórico que jamás nos despegaremos del zapato por mucho laicismo que se abra camino en esta España en la que la palabra de Dios no la reconoce ni Dios mismo. Todo son cabalgatas en este país, unas de invierno y otras de primavera. En unas se prometen juguetes y en otras indulgencias plenarias; en unas se exalta la alegría de la Play Station y en otras se mete miedo y congoja, porque no hay religión sin canguelo de por medio, sin aviso de infierno, sin paso de capuchones, sin velones ni velatorios. Meten miedo las imágenes despeluchadas, los legionarios que levantan cruces a pulso, las ministras de mantilla española, las banderas a media asta, los guardias civiles con el fusil a la funerala, el santo y sudado sudario, y tanto gori-gori y tanto atasco de tráfico ya de paso.

Con todo respeto por quien aprecia estas cosas, uno lleva medio siglo huyendo de todas las procesiones, caminando en sentido contrario por si acaso, para escuchar un poco mejor lo poco que pienso cuando deja de haber ruido y para ver si Dios se ha perdido en algún bar esperando que pase el barullo.

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