Aitana Castaño

Me iba a la cama porque ya son horas, pero he leído en las redes de dios que alguien se ha metido con Aitana Castaño poniendo en tela de juicio (no sé si el que lo hizo sabe lo que significa esto de la tela y del juicio) su profesionalidad y talante personal a cuenta de un sabroso comentario de Aitana (como todos) sobre la decisión de Podemos de largar a Errejón de las tertulias de la SER. A algún chiquilicuatro le molestó el aguijonazo y, como siempre, fue derecho a matar a la mansajera. Y miren: por ahí no paso.  Y ya sé que Aitana no necesita defensores porque dribla en corto mejor que Messi, centra con el verbo como dios y remata con el adjetivo como los ángeles, haciendo trajes a medida a quien se tercie y ganando partidos sin bajarse del autobús. No necesita que nadie le haga de escudero porque Aitana Castaño es una de las mejores periodistas asturianas de la nueva generación (para uno ya son nuevas casi todas) que ha tenido la gentileza o el patriotismo, si se me permite ya que tanto se lleva el palabro, de seguir trabajando en su tierra, en sus caleyes, con la tenacidad, el humor, la picardía y la profesionalidad del mejor de los juntaletras del gremio que ustedes me quieran citar. Me da igual que el babayu de turno remedador del conde duque de Olivares haya sido un podemilla enfadado con ínfulas de censor grasiento, un pepero con pantalón de pretina alta o un socialista del Corte Inglés.

Me da igual quién le haya dicho a Aitana que es una “soberbia” y que se haya burlado de lo que ella misma llama “periodismo de caleya” por no ser capaz de digerir un comentario con filo. La procedencia del mensaje que se le dirige me es indiferente porque hace tiempo que no creo en casi nada ni en casi nadie, pero me indigna que se juegue gratis con la profesionalidad de una señora que, como otros del gremio, se juegan el tipo y la salud en jornadas laborales interminables para llegar a fin de mes de mala manera, acudiendo a ruedas de prensa que parecen un vertedero de neuronas, o a manifestaciones en las que siempre hay algún energúmeno que te dice como hacer tu trabajo. Aitana hace estas cosas cuando le tocan, como todos, pero es que, además, sabe hacer buenas entrevistas, transmite crónicas habladas o escritas de lo que le pasa a la gente de verdad y en los pueblos de esta tierra, y hace que todo ello sea creíble, ameno y profesional, periodístico en el más noble sentido de esta manoseada palabra.

Aitana Castaño, con quien no creo haber hablado más de media docena de veces en mi vida y a quien envidio sincera e insanamente por su brillantez, tiene una legión de admiradores de ambos sexos y todas las ideologías porque resulta imposible no rendirse a su talento, honradez profesional, rapidez mental, sentido común y buen humor. Los periodistas con este perfil y poder de convocatoria son los que dignifican esta profesión, aunque también suelen ser los más molestos para cierta caterva de personajes salidos de alguna sombra que cuando se suben a un escaño creen estar montando el caballo de Atila y tener bula para arremeter contra casi todo, especialmente contra los periodistas que no escriben lo que ellos tienen previsto, los periodistas que, como Aitana Castaño, tienen opinión propia en horas libres y en horas de oficina, escriben lo que otros callamos por miedo o pereza y no escurren el bulto nunca.

Nunca he sido corporativista. Hay periodistas que estarían mejor en sus casas, pensionados por el Estado con tal de evitar que escriban una línea, pero me subleva y me jode que quienes tanto ladran en favor de la libertad de expresión y se hartan de mandar notas de prensa a las redacciones para que se hable de lo suyo, se atrevan luego a soltar mierdecillas contra los profesionales brillantes de un oficio que, se quiera o no, es imprescindible para convivir. Aitana Castaño que, insisto, no precisa en absoluto de mi apoyo, es una joya de una generación de periodistas que no se conforman con ser gacetilleros bien mandados y que, además, deberán pilotar los cambios de una profesión que se enfrenta ya a tiempos nuevos y difíciles y en los que hará falta gente con todo el talento, el criterio, la sagacidad y el humor inteligente de mi compañera Aitana Castaño.

Creo que ahora dormiré mejor.

Esperanza vana (gracias Machado)

Las recientes lágrimas de Esperanza Aguirre tras conocer las fechorías de su socio Gonzñalez, me han inspirado esta mala adaptación del poema de Machado “Del pasado efímero”. A saber por qué me da a mí por hacer esta asociación de ideas. En fin.

Esta dama del partido provinciano

que a Mariano quiso suplantar un día,

sabe quién en la caja le metió la mano,

y ante la prensa llora su melancolía.

Hace pucheros tristes, mohín de hastío,

y una triste expresión, que no es tristeza,

sino el temor a perder su Montepío,

que madrugar al curro da pereza.

Aún luce de marquesa emancipada

buscando los talentos deslumbrantes,

rellenado el PP, despreocupada,

de un grupo de mangantes.

Tres veces fue a ganar, tres ha perdido

Cobijando a chorizos y tunantes.

Sólo se anima ante el azar prohibido,

de dejar el coche mal estacionado,

para salir corriendo cual motero,

de la pareja de guardias de Carmena

y disculparse, como un mal torero,

de que los rojos le aguaron la faena.

Lanzaba de política banales

dicterios al gobierno socialista,

jurando que vendrían los liberales,

si la dejan a ella, la más lista.

De sus apandadores nada espera

A la UCO teme; alguna vez suspira,

y pensando en su Ignacio al cielo mira

con ojo inquieto por si la UCO llega.

Esta Espe no es de ayer ni es de mañana,

sino de nunca; de la cepa hispana

no es el fruto maduro ni podrido,

es la Esperanza vana

de aquella España que pasó y no ha sido,

donde los príncipes salieron ranas.

 

Letanías letradas del 23 de abril.

De la estupidez y la hipocresía humanas. Líbranos, Molière.

Del rencor y la ira. Líbranos, Antonio Machado.

De las ausencias breves y las definitivas. Líbranos, Benedetti.

De la desmemoria de los tiempos negros. Líbranos, Buero Vallejo.

De los corruptos y sus mentiras. Líbranos, Rafael Chirbes.

De amargura y la pedantería. Líbranos, Eduardo Mendoza.

De la cordura cobarde y sin esperanza. Líbranos, Cervantes.

De la mediocridad. Líbranos Vázquez Montalbán.

De la oscuridad. Líbranos, Manolo Vicent.

Del machismo de los cabestros. Libradnos, Maruja Torres y Rosa Montero.

Del olvido de los pobres y los débiles. Líbranos, Eduardo Galeano.

De renegar del castellano. Líbranos, Miguel Delibes.

De la ceguera voluntaria ante el mundo terrible. Líbranos José Luis Sampedro.

De la falta de amor y fantasía. Líbranos, Gloria Fuertes.

De la escritura fácil y vacía. Líbranos, Francisco Umbral.

De la España atocinada y espesa. Líbranos, Javier Marías.

De la poesía concebida como un lujo. Líbranos Miguel Hernández.

De tener que pensar lo que se dice y no decir lo que se piensa. Líbranos, Francisco de Quevedo.

Del miedo a navegar. Líbranos, Álvaro Mutis.

De destrozar nuestro idioma. Líbranos, María Moliner.

De los malos humores. Líbranos, Fernando Poblet.

De tener que ir a un estreno de Arturo Fernández. Libradnos, Maxi Rodríguez y Eladio de Pablo.

De tener miedo a llamar a las cosas por su nombre. Líbranos, Javi Guerrero.

A los aquí invocados y los que no lo están por error, ignorancia u omisión, os pido vuestra letrada mediación hoy, 23 de abril, y cada día del resto de nuestra vida lectora. Y por la mediación de vuestros generosos editores y de nuestros sufridores libreros, os ruego para nosotros vuestros fieles una larga vida de lecturas nuevas y enriquecedoras, y de escrituras que, para quien sean leídas, jamás hayan sido una pérdida de tiempo.

Y en el nombre de los libros y las rosas, de los letraheridos y los letramuertos, de los anaqueles, del papel con olor a viejo o sin estrenar, de los lomos nuevos y cuarteados, y de la curiosidad por la letra escrita, solicito vuestra protección hoy y para siempre, por libros de los libros. Amén.

 

Mendoza

Igual que me pasa con el vino, el cine y los seres humanos, en cuestión de literatura me parecen buenos los libros que me gustan, mayormente porque no tengo ni idea de literatura, de vinos, de cine ni de nada, y, además, soy compulsivo en casi todo. (Últimamente lo soy en casi nada porque los años no perdonan). No suelo coincidir en mis gustos con las opiniones de los expertos en libros, cine, vinos y seres humanos, pero me importa poco. Por eso me alegra mucho que Eduardo Mendoza se haya llevado el Premio Cervantes. Recuerdo haber llorado de risa leyendo “El laberinto de las aceitunas” mientras iba y venía de clase con las piernas plegadas y casi gangrenadas disfrutando de las comodidades de un lujoso Alsa. Luego llegaron a mis manos monumentos literarios como “La verdad sobre el caso Savolta”, “Una comedia ligera”, “La ciudad de los prodigios”, “Riña de gatos”, “Tres vidas de santos”, “El misterio de la cripta embrujada”…

Mendoza es seguramente una de las lecturas que más me ha influido a la hora de escribir mis billetitos de cuarta. Decir esto es una pedantería y una sobrada (como se dice ahora), ya lo sé, pero los seres menores tenemos que buscar grandes referentes en la vida si pretendemos mejorar un poco. No voy a decir que estoy muy influido por la literatura de Belén Esteban ¿no? Así que Mendoza, con quien no he tenido el gusto de hablar en mi vida, es como si fuera un conocido de envidiable cabeza y prestancia personal; un tipo circunspecto capaz de hacerte llorar de risa; un personaje culto y ponderado que ha hecho del humor la mejor defensa de la literatura y de la vida en general. Porque alguien que ha diseñado personajes como el siniestro y fascistoide doctor Sugrañes, Isabelita Peraplana, el obispo Cachimba, el cardenal Vida, el historiador Pajarito de Soto, o un detective sin nombre que sale de un frenopático a resolver crímenes y que recurre a la ayuda de una hermana lerda y prostituta, alguien que puede hacer que la salida de uno de sus libros te ponga nervioso de impaciencia es un señor al que hay que admirar, imitar y premiar todos los días, máxime cuando el nivel de la ralea de famoseo que ocupa a diario la actualidad española es de una calidad despreciable.

Mendoza es aire fresco, humor, talento y el mejor ejemplo de que la literatura es lo que tan magníficamente describió Miguel de Cervantes: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Que sea por muchos años, don Eduardo.

Bittia, cumpleaños feliz

bittia 30

No sé a qué edad debe uno empezar a escribir sus memorias. Puede que lo mejor sea seguir el consejo de quienes consideran que lo mejor es no hacerlo nunca ya que, como dijo algún sabio, “el secreto de una larga vida es tener buena salud y mala memoria”. Uno dispone de ambas cosas en un pasable estado de revista y siempre ha tenido mucho miedo a perder la memoria, ya que es el refugio feliz en los malos momentos y un arma defensiva de gran valor para tratar de no tropezar mil veces en la misma piedra. Así que cuando leo que “mi” Bittia, la agencia de publicidad gijonesa Bittia cumple 30 años, me reafirmo en que hay momentos de la vida de uno que deben ser recordados sin paliativos, con sus punzadas agridulces, sus triunfos y barrigazos contra el fondo de la piscina, con el catálogo de seres inteligentes o taimados, creativos o lerdos que ha conocido en su paso por cada estación de este vía crucis inevitable que se llama vida laboral y que en mi caso  compartió camino durante un tiempo con el de Bittia.

Trabajé en Bittia durante casi 8 años de esos 30, desde primeros de 2009 hasta el 14 de diciembre pasado. Una parte de mis querencias y dolores están aún en esa escondida oficina de Viesques en la que trasiegan cafés, ideas, bromas y cabreos, ocurrencias y genialidades, odios sarracenos y amores incondicionales un grupo de profesionales de alta gama de quienes aprendí que la publicidad no es mera propaganda, que el buen gusto es producto del trabajo, que las ideas geniales tardan en llegar pero te hacen muy feliz cuando se presentan en tu neurona. Aprendí en Bittia otras formas de escribir, a conocer el valor de las redes sociales. Aprendí que carajo es un Pantone (aunque siga pensando que es un trasto inútil), escuché absorto y maravillado conversaciones entre informáticos cuyo encanto (el de la conversación, no el de ellos) era no entender una sola palabra de lo que decían. Aprendí en directo lo jodida e injusta que es una crisis y a sentir culpa por haber sobrevivido a ella conservando mi empleo, aunque mermado, cuando tanta gente joven y con mucho más talento que yo se había ido a la calle. También vi de cerca que hay empresarios capaces de no tirar la toalla, aunque hay momentos en que eso sería lo más sensato. Participé de grandes éxitos y grandes fiascos colectivos, me agarré a las tablas de naufragio, recibí las bofetadas en mi orgullo de clientes sabelotodo y aprendí a morderme la lengua alguna vez más de lo habitual por el bien de la causa.

He conocido en Bittia a personas de mucho valor por valiosas y valerosas, a mujeres y hombres verdaderamente dedicados a su trabajo y a que sea perfecto. Me he reído más de lo que he llorado (que también) y tengo ahora el orgullo de abuelo Cebolleta de entrar en la web de Bittia y ver los trabajos publicados pensando cuál fue mi aportación a cada una de ellos con el orgullo, la nostalgia y ese pelín de congoja que produce asomarse a los álbumes de fotos de la familia.

En Bittia me han querido (más que yo a ellos, seguro) y me han acompañado y ayudado en momentos muy duros de mi vida personal. Han estado ahí y han comprendido mis debilidades con enorme tolerancia y paciencia. Por todas estas cosas no quiero que mi memoria olvide nunca los años de Bittia, una parte de esas 3 décadas que ahora cumple la agencia que sigue reinventándose, buscando camino y ofreciendo para ello profesionalidad y calidad.

Aunque Ángel Heredia y Javi Sáez discuten cada vez que se dice que “donde no hay publicidad resplandece la verdad”, yo doy fe de haber visto hacer publicidad de verdad, honesta y trabajada, y aseguro que este breve texto dice las verdades que yo viví trabajando en publicidad.

Queridos y queridas, un enorme abrazo. Las mujeres empiezan a ser interesantes a partir de los 30 años, lo mismo que las agencias de publicidad, así que os queda mucho por delante. Y yo que lo vea. Un beso.

Armiños y capuchones

Los Reyes Magos son unos señores disfrazados de sota de bastos que, a pesar de tener todos ellos unas edades avanzadas, disfrutan paseando en camello, en carroza o sobre rucios piojosos con la intención engañar bondadosamente a los niños y hacerles creer a pie juntillas la trola de un cuento milenario que con el paso de los siglos se ha convertido en un negocio de bigotes. El ritual consiste en coger unos cortinones, turbantes, joyas de plástico y trapos con olor a mugor hasta convertir a tres respetables señores en fantoches ilusionados. A ellos y sus jamelgos, carrozas, dromedarios o tanquetas de la milicia, se une toda su carnavalada y se compone un remedo de regia comitiva que, si se mira bien, es un espectáculo que suena a una mezcla entre el día de las fuerzas armadas, simulacro de emergencia aérea, la llegada de una estrella de rock o la coronación de un emperador caníbal en algún país centroafricano. Todo ello se adereza con un chorro de carnaval belenista, y mucho derrame de papel triturado, caramelos de Alsa, Banco Herrero  y otros amables patrocinadores que entran por los ojos (textualmente), unas antorchas, cientos de espráis y otras sustancias pringosas de probada toxicidad que van creando un caldo humano en movimiento hasta conseguir llenar las calles de una comitiva variopinta en la que no faltan gallinas, ovejas, tipos vestidos de romanos, beduinos de garrafón y vendedores manteros de cedés y relojes chinos reconvertidos en pastorcillos o guardias petrorianos. La denominada “cabalgata de la ilusión”, “el preludio de la noche más hermosa” y todas esas cosas caramelizadas en el ámbar de la historia como un mosquito de hace 20 siglos, falsas y sigue en nuestra iconografía anual porque hay cosas que se pegan a la historia como los chicles a un zapato o los mocos a la ventanilla del coche cuando se niegan a ser aventados al exterior con la catapulta de los dedos índice y pulgar.

Si se cambian cuatro o cinco cosas de este retrato navideño de brocha gorda recién pintado aquí, y se salta el calendario de enero a abril, de las castañeras a los heladeros y del armiño de pega a la capucha kuluxklanera, de los centuriones a los legionarios y del príncipe Aliatar al capellán castrense con gemelos de oro, en vez de cabalgata de Reyes nos sale clavada la Semana Santa, otro chicle histórico que jamás nos despegaremos del zapato por mucho laicismo que se abra camino en esta España en la que la palabra de Dios no la reconoce ni Dios mismo. Todo son cabalgatas en este país, unas de invierno y otras de primavera. En unas se prometen juguetes y en otras indulgencias plenarias; en unas se exalta la alegría de la Play Station y en otras se mete miedo y congoja, porque no hay religión sin canguelo de por medio, sin aviso de infierno, sin paso de capuchones, sin velones ni velatorios. Meten miedo las imágenes despeluchadas, los legionarios que levantan cruces a pulso, las ministras de mantilla española, las banderas a media asta, los guardias civiles con el fusil a la funerala, el santo y sudado sudario, y tanto gori-gori y tanto atasco de tráfico ya de paso.

Con todo respeto por quien aprecia estas cosas, uno lleva medio siglo huyendo de todas las procesiones, caminando en sentido contrario por si acaso, para escuchar un poco mejor lo poco que pienso cuando deja de haber ruido y para ver si Dios se ha perdido en algún bar esperando que pase el barullo.