Marianín y los bañistas

Cuando yo era periodista estaba prohibido hacer determinadas cosas. No se mezclaba la información con la opinión, ni la publicidad con las noticias, ni se podía usar el “podría” en los titulares cuando uno no tenía la certeza de algo: o era o no era, pero no valía el “podría ser”. Los suicidios no eran noticia, las anécdotas tampoco y, desde luego, la primera página era el sancta sanctorum del periódico, el lugar que determinaba las prioridades del diario, el rigor de su información y la contundencia informativa del material aportado por los redactores y redactoras.

Cuando yo era periodista, cosa que puede que ya no sea, la primera página de un periódico estaba reservada para las grandes noticias, las que se habían conseguido ganando la partida a la competencia, por llegar antes o tener mejores fuentes, o aquellas que realmente tenían un impacto sobre la mayoría de los lectores. Las mentes pensantes de la redacción, los jefes, los elegidos, dedicaban (y creo que aún lo hacen) varias reuniones cada día a planificar, decidir y pulir los contenidos de la primera página porque una mala primera página era como llegar a la primera cita con la cara llena de mocos.

Llegó luego la televisión basura, llena de chorradas, de chascarrillos, de pornografía moral y periodística, de noticias de garrafón, de calderilla informativa que se medía cada día en cifras de audiencia. El público se lanzó en masa sobre el colorín televisivo, llenó con sus gritos y berridos los platos y las audiencias originando una flojera en los editores de la prensa escrita que creyeron haber perdido para siempre la partida. La televisión no mató a la estrella de la radio pero sí se cargaría a los compradores de tinta por barriles, pensaron ellos. Así las cosas, los periódicos llevan años tratando de buscar su lugar en el mundo de las audiencias a base de convertir lo anecdótico en noticiable, de hacer cosas raras, de publicar historias insostenibles o morbosas, de expulsar de sus redacciones a los profesionales con experiencia y de dar por buenos comportamientos que hace unos veinte años habrían sido delito de lesa redacción. Los periódicos no pueden ser Tele5 por mucho que se empeñen, pero se siguen empeñando.

Mis temores se confirmaron cuando estos días vi una primera página clonada por dos veteranos periódicos en la que la “noticia” eran tres ilustres bañistas que “desafíaban” el temporal y el duro oleaje en el muy honorable Club de Regatas haciendo cosas propias de universitarios con resaca. Tres tíos en bañador por voluntad propia eran la noticia del día. Llamen a mi abogado. Para rematar, al día siguiente me mandaron copia de una entrevista a un señor cuyo mérito es ir en manga corta los 365 días del año. Por cierto, hago un inciso, mi padre siempre habló de un paisano de Gijón llamado Marianín que, en boca de mi progenitor, “iba en mangues de camisa de invierno y de verano”. Jamás vi a Marianín entrevistado en uno de los periódicos de la época a causa de semejante hazaña. Tal vez Marianín no nació en la época adecuada para que el público pudiera valorar su valiente y refrescante estilismo, o los periodistas de entonces no tenían sensibilidad alguna para captar dónde estaba la noticia.

La visión de la primera página acaparada por los bañistas aguerridos del Club de Regatas ocupando cuatro columnas dignas de mejor causa y el recuerdo de la historia de Marianín y sus camisas han reavivado mi preocupación por negro futuro que espera al oficio al que debo muchas cosas en esta vida. Una pena.

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