La Colmena de Gijón tiene un trienio

revoltosa

La Revoltosa limita al norte con la sonrisa de Noelia, al sur con la pachorra bondadosa de Oriol, mientras que Verónica transita de este a oeste y viceversa, de barra a librería y viceversa, del coro al caño, del vaso al beso, de verso al vaso y del vino al vano propósito de poner en orden el revoltoso e insolente caos de los clientes de la denominada “zona noble” que hacen trasiego constante de copas y palabras desconcentrando a la librera/camarera/estricta gobernanta que pasea dejando que aspiremos la lisura de su Chanel y haciéndolo con la  misma soltura flexible y decidida que el difunto Ángel Cristo lo hacía entre los leones del circo.

La Revoltosa tiene su propio campo magnético que se ha ido haciendo más potente en los tres años de vida que tiene este planeta de las palabras y los gestos que flota con seguridad en el universo de la cultura gijonesa, este páramo de tantos años que, pese a que el mundo está lleno de gañanes y analfabetos, ha conseguido reproducir por esporas o por letras una generación de libreros y libreras que para los de mi generación empiezan en el patriarcado de Paradiso y Cornión y siguen por esta recia raza de expendedores de palabras entre quienes ya están por propios méritos, y con un trienio, los de la Revol.

Porque La Revoltosa es un mundo. Un mundo pequeño y variopinto, a veces sobrecargado de humanidad como un mercado persa, y otras veces silencioso y recoleto como el scriptorium de un monasterio laico. Es un mundo poblado en sus puntos cardinales esenciales por los seres ya mencionados, pero que se llena cada día de constantes caravanas de migrantes que van allí en busca de abrevaderos de poesía, de alguna sombra en la que guarecerse de la que está cayendo ahí fuera, o del tronco de un árbol sobre el rascar sus heridas o dejar que se las rasquen. Hay en la Revoltosa selvas y desiertos, rebaños y cazadores solitarios, inventores de palabras, obras y omisiones, políglotas, artistas de mérito y charlatanes como el que suscribe. Lo mejor es que hay buena gente. Y punto.

Yo voy a la Revoltosa porque me quieren siempre y, para remate, me permiten ejercer allí toda mi ponceleidad (Faixat senior, dixit) sin hacer preguntas. Voy a que me llamen al orden cuando me paso de listo, a que me canten las cuarenta si es menester, a tocar la guitarra si Vero no tuerce el morro y a que hagan con mi hígado experimentos vinícolas cuyos resultados se conocerán el día en que me hagan la autopsia.

Salvo porque en el baño de los tíos nunca hay toallitas para secarse las manos y uno de los meaderos está “out” desde los tiempos de Mambrú, yo me siento en este sitio como en mi casa, ya sea solo o en compañía de otros y otras, jugando al escondite con ese mañana tan negro que nos persigue, dejando que me rodee la vida de puños y letras, con olor a papel y a Chanel, a sudor y a esplendor, a espuma de cerveza y espuma de los días.

La Revoltosa es La Colmena de Gijón, el Café Gijón de Gijón, que para sí quieran los Cela, los Vicent y los Azcona. Por eso este trienio les sienta tan bien a estos jóvenes pastores de amistades y lecturas, a estos honrados artesanos de la cultura que dignifican esta ciudad que, por suerte, empieza a entender que no se puede permitir el lujo de vivir sin La Revoltosa y su hermandad plebeya y ambulante de gentes que brindan al sol sus mejores faenas de salón.

Que sea por muchos años. Y yo que lo vea.

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