Líbrenos 2017

Medimos las horas del año con cuentahílos. Son horas finas, como pelos de viejo, los restos de 366 días enteros que nos han vivido, que nos han matado, que nos han marcado en la piel un minuto cada sesenta segundos, una arruga de reloj, un tiempo que no hemos pedido pero que no queremos que nos quiten. Ya hablamos de hoy en pasado sin saber qué futuro nos espera, si es que nos espera alguno. Hoy ya es mañana y mañana será un poco de hoy, porque hoy es un día sin puertas, está abierto de amanecer a amanecer y el año que nace tomará su primer biberón con las sobras del 2016.

Lo que queda del día, lo que queda del año es un suspiro que recuerda a los que perdimos por el camino, sus caras, sus proyectos imposibles ya, sus almas que hoy nos tragaremos con las uvas, doce golpes entre las paletillas para no empapuzarnos con el tiempo, para no ahogarnos y tomar aire para atravesar a pulmón los doce meses que vienen, atravesarlo por nuestros propios medios, sin más trabas de las habituales y con todo el oxígeno disponible para navegar y respirar.

Ojalá el 2017 nos dé aire y nos libre de los negacionistas del futuro, de los gilipollas con ínfulas de redentores, de los cobardes que destruyen el trabajo ajeno sin que se les conozca el propio, de los mequetrefes mentales, de las ratas de familia, municipio y sindicato, de los cánceres sociales, de las garrapatas de la fama ajena, de los explotadores impunes, de los fanáticos de su propio ombligo, de los babayos con cuenta en Facebook, de las tarántulas de las redes sociales, de los memos con pretensiones de filósofos, de los malos poetas, de los falsos profetas, de la gentuza emboscada, de los borregos desorientados de van detrás de cualquier espantajo, de los machistas que apuñalan con la lengua y el hierro, de los corruptos y sus paraísos fecales, de quienes especulan con la fama y la felicidad ajenas, de los inútiles que parasitan a costa de la utilidad de los otros, de los degustadores del insulto, de los picos finos de la injuria, de los nuevos hijos de puta y de los de hijos de puta de siempre.

Líbrenos el 2017 de los ladrones, de los ociosos, de los que dicen eso de que “cuanto peor, mejor”, de los que hacen muescas en la culata de su revólver con los errores ajenos, de los que matan la ilusión, la gente y la esperanza, de quienes desconocen el valor del esfuerzo, de los que viven del oportunismo, de quienes usan la colonia y el honor para ocultar sus oscuras intenciones, de los perdonavidas, de los macarras de la moral, de los pederastas, de las sonrisas de hiena, de quienes no aprietan la mano cuando saludan, de quienes nunca se duchan por dentro ni por fuera, de quienes se saltan los semáforos en rojo, de los que se ríen de los tontos y de los viejos, de los ignorantes soberbios, de los dispensadores de amargura, de los infelices por vocación, de los coleccionistas de agravios, de quienes piensan que el mundo es un vertedero a su disposición.

Líbrenos el 2017 de vivir en vano, de soportar la vanidad, de ejercerla y aplaudirla. Líbrenos de nuestros males y de los ajenos. Líbrenos de perder el tiempo, de que este no pase de ser un año más y un año menos. Líbrenos el año de no llegar a tiempo a nuestra propia vida.

Feliz año.

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Inocentada

La inocentada de 2016 nos la ofreció bien temprano el Tribunal Constitucional con un fallo (nunca mejor dicho) en el que se plantea que más de 100.000 ciudadanos españoles con problemas mentales o discapacidad psíquica tengan que “ser examinados” para recuperar su derecho al voto en caso de que un juez les haya privado del mismo por alguna razón. Sentenciar que algunos han de examinarse para votar, o sacar el carné de votante como se saca el de conducir o el permiso de armas, es grotesco por no decir inhumano. Al parecer, los magistrados temen que haya personas con debilidad mental (qué gran expresión y cuán aplicable a tanta gente), que puedan ser “indebidamente influenciadas” (sic) al acercarse a las urnas. ¿Indebidamente influenciadas? ¿Por quién? Tras años de presenciar campañas electorales de un nivel intelectual, verbal, gestual y argumental apenas superior al que podría exhibir un chimpancé con bachillerato, es un escándalo que alguien con toga se lo monte de purista y aparezca ahora en lo alto del monte Olimpo con esta medida pétrea entre las manos que suena directamente a nazismo mal disimulado, a castración civil y a depuración de la raza democrática vetando el acceso a las urnas.

El TC abre la puerta de la discriminación legal con este colectivo de personas de derechos limitados, y no tardará quien pida enseguida que la norma se aplique a todos los discapacitados psíquicos que aún siguen en el censo de votantes. Prueba de que ello es así y de que hay gente que no tiene claro quien puede y no puede votar, es que la última vez que mi hijo síndrome de Down acudió a las urnas con su papeleta libremente elegida por él y sin “indebidas influencias”, el presidente de la mesa electoral me preguntó a mi si mi hijo podía votar. Mi respuesta fue muy simple: “si está en el censo puede votar”. El tipo se me quedó mirando con desconfianza y tras comprobar un par de veces o tres que mi hijo estaba censado correctamente, recibió el voto sin tenerlas todas consigo. Si a un presidente de mesa electoral nadie le ha explicado que un discapacitado tiene todos sus derechos en vigor salvo que le hayan sido retirados por un juez, en cuyo caso no aparecería en el censo electoral, vamos dados.

Ahora hay 100.000 ciudadanos y ciudadanas que deberán rebañar en su cerebro las respuestas a un examen de votante. ¿Quién hará las preguntas? ¿Quién corregirá las respuestas y les pondrá nota? ¿Habrá también exámenes para probar la capacidad de los candidatos? ¿Se protegerá de perniciosas o “indebidas influencias” a esos ancianos demenciados que acuden a los colegios electorales acompañados de amorosas religiosas o solícitos apoderados de los partidos políticos que se ofrecen gustosos a meterles la papeleta en el sobre y el sobre en la urna? No me jodan, señorías. En este país en el que los escaños han santificado a tarados clamorosos, pedir que los discapacitados se examinen para votar es una crueldad innecesaria. Ya puestos, que nos examinen a todos. A los jueces también.

La Colmena de Gijón tiene un trienio

revoltosa

La Revoltosa limita al norte con la sonrisa de Noelia, al sur con la pachorra bondadosa de Oriol, mientras que Verónica transita de este a oeste y viceversa, de barra a librería y viceversa, del coro al caño, del vaso al beso, de verso al vaso y del vino al vano propósito de poner en orden el revoltoso e insolente caos de los clientes de la denominada “zona noble” que hacen trasiego constante de copas y palabras desconcentrando a la librera/camarera/estricta gobernanta que pasea dejando que aspiremos la lisura de su Chanel y haciéndolo con la  misma soltura flexible y decidida que el difunto Ángel Cristo lo hacía entre los leones del circo.

La Revoltosa tiene su propio campo magnético que se ha ido haciendo más potente en los tres años de vida que tiene este planeta de las palabras y los gestos que flota con seguridad en el universo de la cultura gijonesa, este páramo de tantos años que, pese a que el mundo está lleno de gañanes y analfabetos, ha conseguido reproducir por esporas o por letras una generación de libreros y libreras que para los de mi generación empiezan en el patriarcado de Paradiso y Cornión y siguen por esta recia raza de expendedores de palabras entre quienes ya están por propios méritos, y con un trienio, los de la Revol.

Porque La Revoltosa es un mundo. Un mundo pequeño y variopinto, a veces sobrecargado de humanidad como un mercado persa, y otras veces silencioso y recoleto como el scriptorium de un monasterio laico. Es un mundo poblado en sus puntos cardinales esenciales por los seres ya mencionados, pero que se llena cada día de constantes caravanas de migrantes que van allí en busca de abrevaderos de poesía, de alguna sombra en la que guarecerse de la que está cayendo ahí fuera, o del tronco de un árbol sobre el rascar sus heridas o dejar que se las rasquen. Hay en la Revoltosa selvas y desiertos, rebaños y cazadores solitarios, inventores de palabras, obras y omisiones, políglotas, artistas de mérito y charlatanes como el que suscribe. Lo mejor es que hay buena gente. Y punto.

Yo voy a la Revoltosa porque me quieren siempre y, para remate, me permiten ejercer allí toda mi ponceleidad (Faixat senior, dixit) sin hacer preguntas. Voy a que me llamen al orden cuando me paso de listo, a que me canten las cuarenta si es menester, a tocar la guitarra si Vero no tuerce el morro y a que hagan con mi hígado experimentos vinícolas cuyos resultados se conocerán el día en que me hagan la autopsia.

Salvo porque en el baño de los tíos nunca hay toallitas para secarse las manos y uno de los meaderos está “out” desde los tiempos de Mambrú, yo me siento en este sitio como en mi casa, ya sea solo o en compañía de otros y otras, jugando al escondite con ese mañana tan negro que nos persigue, dejando que me rodee la vida de puños y letras, con olor a papel y a Chanel, a sudor y a esplendor, a espuma de cerveza y espuma de los días.

La Revoltosa es La Colmena de Gijón, el Café Gijón de Gijón, que para sí quieran los Cela, los Vicent y los Azcona. Por eso este trienio les sienta tan bien a estos jóvenes pastores de amistades y lecturas, a estos honrados artesanos de la cultura que dignifican esta ciudad que, por suerte, empieza a entender que no se puede permitir el lujo de vivir sin La Revoltosa y su hermandad plebeya y ambulante de gentes que brindan al sol sus mejores faenas de salón.

Que sea por muchos años. Y yo que lo vea.