Ese vals

La vida breve y ligera, taimada y sonriente como el gato de Cheshire; la vida: este aparato de matar inocentes e indultar capullos, este escenario de payasos sin gracia, este corral de dramas crónicos que venden periódicos a cambio de almas, este altavoz de mentiras pegajosas, de verdades cegadoras, de voces apagadas, de gritos agudos como una espada; la vida, esta máquina trituradora, esta cinta continua que transporta los restos de lo que fuimos en el tiempo que tardamos en pasar de jóvenes promesas a viejos fracasos, esta maleta vieja y cuarteada que parece que estrenamos ayer y en la que acarreamos nuestras miserias de viaje a ninguna parte, este reino de dioses ateos y soberbios que solo creen en sí mismos, este templo de sumos sacerdotes que beben la sangre del sacrificio ajeno, este patio de vecindad donde lo mismo se corta el cuello a una gallina que a una mujer, este parque desolado donde los niños juegan a ser carne fresca para la lidia mientras se les vende alcohol por garrafas; este horizonte sin apenas arcoíris, esta escalera apolillada con el ascensor estropeado, este nido de ratas adornado con flores de plástico, este nicho de restos vivientes, esta cosecha agria de vino barato, este puticlub de carretera de chulos por palabras, de putas sin vocación y con sabañones, esta huerta de suicidas sin red, este bombardero de miserias de racimo, este estridor de llantos lejanos, este mentidero sin desmentido posible, este reino de toreros, de estafadores, de vendedores calvos de crecepelo donde los estafadores medran y los poetas sobran, este patíbulo a plazo fijo, este banco de cuentas sin fondos que siempre son las nuestras, este cuerpo enfermo que siempre es el nuestro, este carro de heno que pasea a los golfos más reputados y votados, este rumor de neumáticos que nos acuna, este vapor amarillo que nos adormece, este campo de minas es la vida.

Esta vida, que no hay otra, este camino de abismos sin quitamiedos solo se puede vadear bailando un vals vienés, un pequeño vals con bonitas muchachas, el que nos enseñó a bailar Leonard Cohen con la elegancia inimitable de los elegidos, con la bondad sencilla de los santos con sombrero que sonríen y lloran con igual sinceridad, con una voz tan profunda y personal que ya nadie nos podrá quitar porque esa voz y ese vals se han infiltrado en la vida a pesar de tanta basura, y han salvado y salvarán aún a mucha gente que para poder seguir adelante solo tendrá que aprender un vals, este vals vienés que Leonard Cohen seguirá bailando con nosotros por toda la eternidad.

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