Sabiduría

A veces, lo mejor que uno puede hacer para dar la vuelta al mundo es quedarse en casa. Sentarse en el sofá, o en un rincón cualquiera (preferiblemente en el que más le guste al gato), coger un libro ya leído varias veces y dejar la mente en blanco, o, en su caso, pensar en banalidades. La primera impresión será extraña porque el cuerpo, tan acostumbrado a moverse durante todas las horas del día, sentirá la necesidad de hacer cosas, de rellenar agendas con citas, compromisos, objetivos, negocios, eventos familiares. La mente, por su parte, querrá sumarse a la rotación del planeta y planificar negocios, citas amorosas, venganzas, algún tipo de marketing o el argumento de la novela que cambiará la literatura contemporánea. Sin embargo, es necesario resistir esos ataques de actividad. Son pura inercia. Hay que seguir en el rincón donde tal vez se haya sentado ya también el gato que mira a algún punto indefinido del vacío sin más pretensiones. También le mirará a usted en algún momento con una mezcla de extrañeza e indiferencia.

Mientras usted se queda ahí, sin más ambiciones existenciales que las del gato, en el mundo ajeno del que usted prescinde a conciencia, se suceden miles de llamadas de teléfonos, tuiters prescindibles, airados mensajes de Facebook, fantásticos pactos políticos, un estridor sordo de debates futbolísticos de energúmenos, discursos vacíos, violaciones que son trending topic, nacimientos, muertes, estafas, declaraciones de amor, testamentarías, transbordos en aeropuertos, tormentas sin testigos en medio de los océanos o torbellinos de arena en mitad de algún desierto profundo. A la hora de comer abra el libro que casi se sabe de memoria y pique un par de párrafos al azar, los que le hayan alimentado más en anteriores lecturas y vuelva a saborearlos con calma, sabiendo que ellos seguirán ahí cuando el mundo que sigue girando a su alrededor haya desaparecido.

El sol irá poniéndose y justo en ese minuto usted sabrá que en la esencia de esas palabras tan bien trabadas que nunca se descoserán y en los ojos del gato que duerme a su lado, está el único lugar desde el que se puede dar la vuelta al mundo sin caer en la tentación de creer que es alguien imprescindible o que es posible alterar, cambiar o mejorar en lo más mínimo todo ese caos que da una vuelta cada 24 horas sin necesitar nuestra colaboración. Tal vez entender eso sea la sabiduría.

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