Millán Astray-1, Unamuno-0

 

Como ustedes ya habrán leído en las opiniones que servidor escribe en este modesto blog desde hace años, tengo escasa simpatía por los señores Juan Luis Cebrián y Felipe González. Odio que uno dicte titulares con la impunidad de un Tirano Banderas, y aborrezco que el otro los publique sin pestañear, basándose en un falso prestigio periodístico inventado por sí mismo, y consiguiendo que todo un periódico que antes fue de prestigio se haya convertido en un candidato serio al sindicato de panfletos, amén de poner en la puta calle a toda una generación de periodistas de calidad.

Yo opino con firma y foto desde hace muchos años, me responsabilizo de mis escritos y no quiero que nadie me censure, ni por medio del dedazo editorial ni tampoco por medio de portazo, la bronca, el insulto o la mordaza. Admito y deseo el debate y los practico si hace falta, pero no soporto el faltonismo gratuito y anónimo de quien no sabe hablar, solo ladrar. Básicamente creo que la libertad de expresión es una medicina gratis y universal que cura los males de la sociedad y que nadie puede intentar hacer suya como propietario o administrador exclusivo: ni Cebrián, ni González, energúmenos con corbata, ni los de la pancarta y el portazo, energúmenos sin corbata,

Quienes ayer impidieron hablar en una universidad a Cebrián y González a base de golpes, pancartas y salivazos no son mejores que ellos por muy representantes de la gente que se crean. Ejercen la misma censura que los otros dos, aunque lo hagan por otros medios y se sientan legitimados por alucinadas razones. Entre unos y otros este país se aleja de la inteligencia, del diálogo, de la reflexión, de la búsqueda de soluciones para la mayoría y de una convivencia normal en la que hasta el peor de los canallas y el más recto de los ciudadanos puedan decir lo que piensan en pie de igualdad y sin que nadie les insulte por ello.

Por este camino acabará ganando el tullido Millán Astray, el militar que tanto animaba a matar la inteligencia y a machacar al contrario por la fuerza. A Millán le hacía feliz vencer sin convencer y a un tris estuvo de descerrajarle un tiro al rector Unamuno en medio del Paraninfo de Salamanca por opinar en contra de la dictadura de los uniformes.

Cada vez que en este país se censura a un periodista o se boicotea a un conferenciante le ponemos una calle nueva a Millán Astray y se la quitamos a Unamuno.

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No molesten, patriotas

Los adoradores de los muñones de Millán Astray y otras reliquias, o quienes hacen residir la patria en las mangas de la camiseta del futbolista Piqué están de gran gala cada 12 de octubre porque se siguen creyendo los propietarios de la banderita de Marujita Díaz y toman café cortado con la leche de la cabra de la Legión. También están hoy encantados los que dicen que Colón debe irse de Barcelona porque han aprendido Historia sin hache y se creen tan en posesión de la verdad como los otros con tal de dar el cante. La próxima babayada será eliminar la estatua de Pelayo porque no respetaba la cultura árabe y era un imperialista. Todo se andará, queridos. Estamos rodeados de patriotas, algo que es molesto y siempre me ha puesto muy nervioso. Los nazis decían que cada vez que se oye la palabra cultura hay que echar mano a la pistola. Cada vez que oigo la palabra patria yo suelo echar mano al pasaporte y preparo la maleta por si se nos viene encima otra avalancha más de iluminados.

En este país que cada día se sitúa un paso más lejos de la inteligencia, la afloración de patriotas es tan preocupante como esas plagas de plantas invasoras que no dejan crecer nada más en el sitio en el que ellas echan raíces. Además, visto lo visto en los juzgados, vamos descubriendo a muchos veneradores fervorosos de la bandera que tienen la patria en la tarjeta black y para quienes el país de residencia ideal es un paraíso fiscal con bandera de conveniencia, como la de cualquier honrado pirata que robaba por encargo y a comisión en nombre de ideales superiores y altas instituciones. A más patria, más roña. Y a falta de ideas, de inteligencia y de proyectos reales para la gente real, lo mejor es andar a banderazos con las venas del cuello muy hinchadas, cantando himnos patrióticos y jodiendo la vida a quienes se quedan en la cama igual cuando hay fiesta nacional, sea de la patria grande o de la patria chica.

Uno siempre ha preferido a quienes confiesan honradamente que su patria es su sofá, su bragueta, su estómago, sus libros o su colección de sellos y que no andan por ahí haciendo proselitismo, desfilando a zapatazos y dando voces a deshora. A mí la patria me parece tan difícil de entender como la Santísima Trinidad, así que dejo los misterios para quienes los entiendan y a los patriotas les pido lo mismo cada 12 de octubre, o cada fecha señalada en las naciones varias: por favor, no molesten.

Culo

A veces el culo es el espejo del alma, no la cara. El culo puede ser el espejo del alma de una sociedad entera cuando refleja con más fidelidad que su rostro lo que ese colectivo, sus medios de comunicación y sus instituciones pueden dar de sí. El llamado culo de Cubiella (cartel publicitario que muestra las potentes nalgas de una señora en el escaparate de un reconocido negocio gijonés) es estos días motivo de polémicas, encuestas, reacciones, análisis sesudos (y sexudos), posicionamientos, proclamas y majaderías varias. Tras 20 años expuestos al público escrutinio en una céntrica calle del populoso y transitado barrio de El Carmen, los glúteos de esta potente señora (o señor, ya que su cara no se ve y lo mismo se trata de un transexual en buena forma), ese culo perfecto, digo, ha desvelado una vez nuestras imperfecciones como colectivo. Una vez más estamos encantados de perder el tiempo con memeces mientras las políticas en favor de la mujer siguen dejando mucho que desear, las empresas tratan a las mujeres como el culo (no el de Cubiella) y, en general, ser mujer sigue siendo sinónimo de desigualdad de oportunidades.

El culo de Cubiella lleva veinte años en el mismo sitio, casi el mismo tiempo que Asturias lleva retrocediendo en todo lo fundamental y Gijón, también en caída libre, ha pasado de ser una ciudad de fábricas a una ciudad de bares sin solución de continuidad.  El culo de Cubiella es como los espejos del Callejón del Gato en los que la realidad deforme y mostruosa es, a la larga, el verdadero reflejo de la realidad.

Leo en el tercer o cuarto párrafo de una sesuda información periodística que el Alvia que descarriló en un túnel de Pajares hace pocos días sufrió el accidente por ¡faltaba un trozo de vía! y nadie, salvo el maquinista, se dio cuenta de ese detalle insgnificante. Toma, Jeroma. Pedimos la Variante de Pajares y a cambio conseguimos un Ibetren con las vías rotas. Vamos de culo, en efecto, pero no es el de Cubiella el que más nos debería alterar.

Sabiduría

A veces, lo mejor que uno puede hacer para dar la vuelta al mundo es quedarse en casa. Sentarse en el sofá, o en un rincón cualquiera (preferiblemente en el que más le guste al gato), coger un libro ya leído varias veces y dejar la mente en blanco, o, en su caso, pensar en banalidades. La primera impresión será extraña porque el cuerpo, tan acostumbrado a moverse durante todas las horas del día, sentirá la necesidad de hacer cosas, de rellenar agendas con citas, compromisos, objetivos, negocios, eventos familiares. La mente, por su parte, querrá sumarse a la rotación del planeta y planificar negocios, citas amorosas, venganzas, algún tipo de marketing o el argumento de la novela que cambiará la literatura contemporánea. Sin embargo, es necesario resistir esos ataques de actividad. Son pura inercia. Hay que seguir en el rincón donde tal vez se haya sentado ya también el gato que mira a algún punto indefinido del vacío sin más pretensiones. También le mirará a usted en algún momento con una mezcla de extrañeza e indiferencia.

Mientras usted se queda ahí, sin más ambiciones existenciales que las del gato, en el mundo ajeno del que usted prescinde a conciencia, se suceden miles de llamadas de teléfonos, tuiters prescindibles, airados mensajes de Facebook, fantásticos pactos políticos, un estridor sordo de debates futbolísticos de energúmenos, discursos vacíos, violaciones que son trending topic, nacimientos, muertes, estafas, declaraciones de amor, testamentarías, transbordos en aeropuertos, tormentas sin testigos en medio de los océanos o torbellinos de arena en mitad de algún desierto profundo. A la hora de comer abra el libro que casi se sabe de memoria y pique un par de párrafos al azar, los que le hayan alimentado más en anteriores lecturas y vuelva a saborearlos con calma, sabiendo que ellos seguirán ahí cuando el mundo que sigue girando a su alrededor haya desaparecido.

El sol irá poniéndose y justo en ese minuto usted sabrá que en la esencia de esas palabras tan bien trabadas que nunca se descoserán y en los ojos del gato que duerme a su lado, está el único lugar desde el que se puede dar la vuelta al mundo sin caer en la tentación de creer que es alguien imprescindible o que es posible alterar, cambiar o mejorar en lo más mínimo todo ese caos que da una vuelta cada 24 horas sin necesitar nuestra colaboración. Tal vez entender eso sea la sabiduría.

Hacerse mayor

A un servidor Podemos nunca le ha dado miedo, pero tampoco ha sentido por ese partido más cariño que el que siente por su perro. Puestos a elegir prefiero pasear con el perro que con Pablo Iglesias. A lo sumo Podemos me produjo curiosidad y una cierta sensación de que entraba aire fresco por alguna ventana mal cerrada de ese caserón decimonónico del Congreso, que exhibe leones en la puerta y mantiene ujieres vestidos con librea que huele a naftalina, eficientes empleados dedicados a atender a los nuevos señoritos de este cortijo llamado España. Podemos fue la mascota de los cabreados, el león rugiente salido de la selva del capitalismo caníbal (no sé si es posible que haya otro) y que se negaba a pasar por el zoo para ser exhibido como la muestra de una especie extinguida. El león podemita exhibía una melena amenazadora y profética y castigaba con sentencias de una apabullante e insufrible superioridad moral lo mismo a los millonarios de manual que a los obreros tibios o indiferentes que aún añoran a Felipe González vestido de pana. A Iglesias siempre le ha gustado el Apocalipsis: “por no ser ni frío ni caliente te vomitaré de mi boca”.

Esta soberbia moral de Podemos, esta prepotencia intelectual siempre me ha producido enorme cansancio porque me recuerda a ciertos catequistas y meapilas de mi infancia que aseguraban llevar en el bolsillo las llaves del cielo y del infierno y vendían baratos los planos para llegar a cada uno de esos destinos. Así que la bronca de días pasados entre Errejón e Iglesias sobre si conviene hacer de Caperucita o del Lobo Feroz para ganar elecciones, me parece ociosa porque la suerte ya está echada. Podemos camina a pasos agigantados hacia su conversión en un partido más de la vieja y odiada política que ha protagonizado actuaciones tan destacables como la del Ayuntamiento de Gijón, de gloriosa memoria. Serán un partido más, aunque pueden ser si quieren un partido mejor. Ellos dijeron que siempre serían diferentes, alternativos, nuevos, pero como canta Serrat “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

La podredumbre del PP y el ruido que producen los trabajos de desguace y desescombro del PSOE, han sofocado los debates internos de Podemos y hasta lo mismo acaban por convertir a esta organización unida a IU como los únicos referentes para los votantes de la izquierda. Podemos ya es uno más del Sistema, ya no puede jugar al escondite, a estar en la procesión y repicando; ya ha superado la adolescencia, el tiempo de las perretas y los pataleos, y forma parte de las instituciones impuras e imperfectas que ha prometido reformar desde dentro. Lo mejor que puede hacer ahora Podemos es tratar de no repetir los errores de sus mayores y, haciendo de Peter Pan o del Capitan Garfio, con menos insolencia gratuita, menos bilis y más pedagogía, subir la moral de los ciudadanos, y conseguir que volvamos a confiar de nuevo en la democracia, en las elecciones y hasta en la izquierda. A veces hacerse mayor y aceptarlo no es tan malo.