Parapolíticos

La belleza del esfuerzo, el tesón y la superación de los atletas paralímpicos nos ha permitido disfrutar durante unos días de otra forma de deporte, practicada por gentes completas pese a sus deficiencias, no por millonarios caprichosos y tarados dotados de musculaturas perfectas. Partiendo casi de la nada, los paralímpicos se esfuerzan por mostrar que son capaces de la superación constante y contra todo pronóstico, contra amputaciones y putadas de la genética o del mismo Dios, tan caprichoso a veces con sus amadas criaturas. Frente a la gloria de los paralímpicos, hemos seguido sufriendo la miseria y la fealdad de los parapolíticos, esos discapacitados con escaño, tratamiento de señoría con sueldo millonario, tablet gratis para jugar al Candy Crush y viajes pagados.

Los parapolíticos españoles no baten nunca otro récord que no sea el de la inutilidad, el escaqueo, la estrategia cortoplacista llena de cazurrería y guiada solo por sus propios intereses. Los parapolíticos elevan sus taras a la categoría de asuntos de Estado y tratan de convencernos de que sus balbuceos expresan ideas, de que su pereza es una fina táctica y de que sus amputaciones ideológicas son musculatura conseguida en el duro gimnasio de la ejecutiva federal o del congreso ordinario en el que se traban esas relaciones casi amorosas cuyos vástagos son estas generaciones de parapolíticos tarados por la endogamia.

En la paraolimpiada de Brasil hemos visto a los cojos correr, a los tullidos volar, a los ciegos alcanzar la meta con la yema de los dedos. Los tullidos baten récords y llegan a casa cargados de medallas. Los parapolíticos disputan sus propios juegos olímpicos cada cuatro años, como los otros, pero la diferencia es que mientras los atletas salen del estadio tras mostrar su poderío y afán de superación, los otros evidencian su incapacidad para cualquier cosa que no sea tener mayoría absoluta. Batiendo récords de gilipollez, despilfarro de medios públicos y soberbia permanente, los parapolíticos cobran por no trabajar durante meses mientras piden que les pongamos el listón cada vez más bajo porque esa será la única manera de, tal vez, saltarlo. Y así seguiremos. Tal vez dentro de otros cuatro años la olimpiada parapolítica registre el increíble récord de formar un gobierno. Algún gobierno parapolítico y solo capaz de batir su propio récord de inutilidad.

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Basura

A finales del siglo pasado, Manuel Vicent escribió que “la democracia es una máquina de achicar la basura que la sociedad va generando sistemáticamente”. Leo esta frase mientras oigo a lo lejos, en la televisión y las tertulias, los vagidos impotentes que sus señorías y sus escuderos lanzan desde la tribuna del Congreso y los platós, lamentando, disculpando o camuflando otra vez la impotencia propia y ajena para poner de nuevo en marcha el motor de la trituradora de basuras de la democracia. Vicent tenía razón, pero tal vez no contó jamás con que esta sociedad y esta clase política tuvieran tal capacidad de generar semejante volumen de basura que, llegado un punto, la maquinaria de la democracia sea incapaz de triturar al ritmo deseado.

Solo el montón de mierda de la corrupción producida por los Bárcenas, Rato, Mato, Bigotes, ERES, las bodas del Escorial, los sobrecogedores varios, los Pujol, los Villa, los Marea o los Pokémon, solo ellos, pueden tupir la cloaca máxima del Estado hasta el punto de atorar la maquinaria de la democracia dirigida por unos seres mediocres, oportunistas, interesados e incapaces que, además, ignoran cómo acabar con el paro, la miseria, el abandono de los débiles, los contratos de miseria, la trata de seres humanos o el desguace del estado del bienestar. La mayoría de estos tipos a quienes pagamos sueldos fabulosos por no hacer nada, están dando un espectáculo bochornoso y terrible que evitamos ver en la televisión pasando al canal de “Sálvame” porque ya nos resulta muy difícil creer en ningún discurso que no sea el de Belén Esteban.

La máquina de achicar basura sigue parada, pero la pila de porquería sigue creciendo. El ex ministro Soria se va a la Banco Mundial a ganar más de 200.000 euros al año libres de impuestos. Tal vez ese sea el premio por haber conseguido ser el rey de la montaña de basura, por llegar a lo más alto de la pila de mierda tras trepar sobre los detritus de sus predecesores. Y como la máquina de reciclar porquería sigue parada nada impide que Soria el mentiroso vea recompensada su hazaña con un puestazo de campanillas desde el que vigilará el vertedero mundial para evitar que dejen de ganar los de siempre.

Manuel Vicent no calculó que la democracia fuese un día incapaz de tragarse toda la basura de la sociedad. Al igual que el Planeta, nuestra democracia se autodestruye y esteriliza por recalentamiento, por la negativa de los grandes productores de basura a autorregular sus emisiones de corrupción, incapacidad y palabrería.