Ladrones y comunistas

Vienen los comunistas. Está bien saberlo, se agradece el aviso. Voy a guardar las gallinas en el corral y las joyas en Suiza, aunque la coalición que presuntamente los cobija ni siquiera lleva la palabra “izquierda” en su nombre. Vienen los comunistas, al parecer. Este aviso es una gentileza por parte de los tertulianos, y del PP y de sus colegas. Es una cortesía y una novedad por su parte, ya que, por ejemplo, en todas las elecciones anteriores nadie nos advirtió de que venían los ladrones. Sobre lo que han hecho los comunistas en este país desde 1975 hasta la fecha tenemos bastantes ejemplos y casi todos son favorables a ellos. Sobre lo que han hecho los ladrones en los diferentes gobiernos también tenemos ejemplos abundantes y ninguno de ellos es edificante. Así que la conclusión más sencilla es pensar que tiene mucho más peligro que gobiernen los ladrones a que en el Parlamento haya comunistas (si es que llega a haberlos, o los que parecen serlo lo son realmente).

Yo observo admirado como esos que dan la alarma ante la avalancha de rojos que se avecina, callan como muertos ante las tropelías (joder, qué palabra tan redicha), chorizadas y sinvergüencerías de toda esta canalla trajeada y moralizante que se pasea por los juzgados o las cárceles tras haber mentido, negado y manipulado sus delitos. Los hay que siguen y seguirán en el poder durante generaciones porque al no ser comunistas no tenemos nada que temer. España es un país que ha puesto a raya a los rojos (algunos siguen aún en las cunetas) pero que convive sin problemas con los ladrones. Se nos advierte del peligro de votar a comunistas a o sucedáneos, pero no hay manera de escuchar en la radio un aviso sobre los peligros de que los ladrones sigan manejando el cotarro. Si vienen los comunistas terminarán por irse o por dejar de serlo. En cambio, los ladrones han venido para quedarse.

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Paula y Alejandro

paula y nafría

Paula y Alejandro tienen los ojos limpios. Tienen la mirada de quien sabe de qué va la cosa. Miran por encima de la turbia realidad. Tienen los ojos como agujeros negros llenos de verdades que les permiten ser bellos y lejanos, envidiables ciudadanos que aún creen que el mundo puede ser un lugar habitable. Miro a Paula y Alejandro y recuerdo cuando yo era como ellos: bello, lejano, capaz de entender y de ignorar a la vez; convencido de que el mundo era una basura reciclable. Ahora ya no creo en el reciclaje. Sueño con serpientes y vivo con ellas. Soy una de ellas.

Paula y Alejandro hablan de fotos y cerveza. No hay en ellos prisa, ni temor, ni recelo ante el intruso que llega e interrumpe su testimonio de pureza humana sentados en la barra baja de la Revoltosa. Saben de qué va. Milagro de los bares. Y eso que son jóvenes, aunque seguramente el hierro de la vida les haya dado ya puyazos de pronóstico que ellos soportan con casta de bravos resistentes. La vida embiste y ellos cabalgan. A galopar.

Me recuerdan a los “Formales y el frío” de Bennedeti. Me recuerdan a esos diputados recién estrenados que se sientan en los escaños vacíos del Congreso a tratar de arreglar el mundo sin saber que sus jefes ya se dan por contentos arreglando el suyo. Me recuerdan a mí cuando aún tenía fe, esperanza y calidad. Calidad humana con ojos limpios.

Miro a Paula y Alejandro. Les hago unas fotos y les prometo escribir sobre ellos. Se ríen como diciendo miratúquépijadasseleocurrenaeste. Los viejos impotentes de esperanzas y sentimientos tenemos el recurso de las letras, el consolador que alivia nuestro paulatino viaje a ninguna parte que nos aleja de la pureza inesperada de Paula y Alejandro, sentados en la barra baja de La Revoltosa, hablando de fotos, tomando una cerveza y presagiando contra todo pronóstico que igual este mundo tiene algún remedio que ellos esconden en sus ojos de mirada limpia.

Va por vosotros.

Iglesias, Cebrián y los periodistas

Si se mira bien, Juan Luis Cebrián y Pablo Iglesias comparten una estimación muy similar sobre los medios de comunicación, aunque pudiera parecer que están en las antípodas en lo que a este asunto se refiere. Juan Luis y Pablo, Pablo y Juan Luis, quieren ser los controladores de lo que se publica, quieren ser censores, filtradores, inquisidores o inspiradores, según sea el caso. Juan Luis lo hace desde hace tiempo con mano de ERE, siendo el que más manda en un complejo mediático y financiero de muchas campanillas, siendo académico de la Lengua, honorable analista de la economía y la política patria; prologuista, monologuista, monopolista, muñidor de pactos en los que las noticias y la comunicación hacen de lubricante para negocios e influencias.

Pablo Iglesias, aparte de manejar la Tuerka, su medio con pretensiones de mosca cojonera del periodismo clásico que él controla como un pequeño ciudadano Kane, propone que el Estado ponga coto a la expansión de los grupos de comunicación privados. Antes de soñar con nacionalizar los bancos, Iglesias prefiere estatalizar los medios porque sabe, como Cebrián, que son llave de poder e influencias, un producto al que de vez en cuando conviene aplicar la “ley seca”, una bestia que conviene tener domesticada para que no embista por donde no debe. Al margen de que el líder de Podemos se cachondee de una periodista en público porque lleva abrigo de pieles o ponga en la picota a un redactor de “El Mundo” porque no le gustan sus titulares, lo que en realidad quiere es tener el mismo poder que Cebrián sobre lo que aparece en las primeras páginas. Ahí está el secreto: el periodismo es cojonudo si es mío, si yo mando en él. Ni a uno ni a otro interesa el futuro de la profesión o los profesionales, ni tiene previsto hacer nada por su dignificación. Cebrián considera que a los 50 años ya nadie es apto para dar noticias e Iglesias sostiene que la independencia y credibilidad de un redactor depende de la empresa para la que trabaje. Ambos opinan que ellos mismos son las únicas personas adecuadas para poner puertas a lo que se publica o no se publica. Cebrián lo hace con el poder de su dinero y la autorización de los consejos de administración que preside; Iglesias quiere hacerlo a golpe de Boletín Oficial del Estado y Consejo de Ministros aspirando en el fondo a una especie de nueva Prensa del Movimiento de infausta memoria. En manos de ambos el periodismo es un producto que solo tiene un valor relativo, el que sirve a determinados intereses económicos o políticos; más allá de ahí y si no responden a las expectativas previstas los medios y sus profesionales son intercambiables, presionables, expulsables o permanentemente cuestionables.

No me gusta ninguna de las dos versiones de mercader de noticias que nos proponen ambos sujetos desde sus respectivas torres de marfil: el capitalismo desalmado y el estatalismo trasnochado. Las dos temen a la libertad y desprecian la inteligencia de los espectadores y la ética e independencia de los profesionales. Cualquiera de las dos acabará con esta profesión.