Mezclas y cacaos

Supongamos que a una persona le gusta mucho el café, pero siente a la vez idéntica pasión por el chocolate. Unas mañanas desayuna una negra taza de torrefacto molido y aromático, y otros días un tazón de potente cacao. Así hasta que alguien le dice que se ha descubierto la bebida perfecta: el café-cao o chocofé, mezcla ideal de sus dos bebidas matinales. Usted puede ser a la vez Juan Valdés y el negrito del África tropical.

Excitado a la vez por los encantos del marketing y el llamado boca-oreja de los amigos, nuestro protagonista se lanza como un poseso al supermercado y compra la nueva mixtura que terminará con sus hamletianas meditaciones de cada mañana. Se acabó la metódica duda, la bipolaridad del desayuno, la necesidad diaria de elegir entre cafetera o chocolatera. Todo en uno, mezclado a gusto del fabricante que ha visto en el invento del café-cao o el chocofé (hay gente que tiene muy claro cómo llamar al bebedizo) un “nicho de mercado” a explotar ya que, al parecer, hay mucha gente que ama por igual el café y el chocolate. Además, y esto es lo que no se cuenta, los comerciantes de cacao y café han notado una flojera en el mercado a causa de la competencia de las bebidas de soja y otros sucedáneos, situación que recomienda prever medidas urgentes para evitar la reducción de la demanda y la caída de los beneficios.

Así que nuestro personaje madruga una mañana más y despierta emocionado porque al fin va a probar el desayuno definitivo. Abre el paquete con manos temblorosas, como los niños desempaquetan los regalos de los Reyes Magos, calienta la leche a su justa temperatura, realiza la mezcla, revuelve y, por fin, vierte en la taza el humeante milagro alimenticio y sociológico del momento. Más, ¡ay!, pronto advierte que el chocofé o cómo se llame no huele a la nada. Y, ¡ay otra vez!, lo peor de todo es que tampoco sabe a nada, ni a café, ni a chocolate, ni a nada. Indignado, frustrado y lloroso nuestro amigo lanza al fregadero el maldito caldo del demonio y mezcla con el pienso del gato los polvos restantes de café-cao. El gato se niega a probar bocado. Nuestro protagonista jura que a partir de ahora solo desayunará leche de cebada.

Con todo esto quiero decirles que no cuenten conmigo para probar la mezcla IU-Podemos por muy prometedora que parezca y por muy guapo que sea el marketing político con el que me la vendan. Tras escuchar durante meses las lindezas de que los chicos de morado dijeron sobre Garzón y compañía, no entiendo esta repentina fusión por eliminación, esta fingida hermandad, este juntar agua y aceite. Es sabido que no se juega con las cosas de comer y que los experimentos se hacen con gaseosa, no con votos. Antes de tener que digerir eso vale más quedarse en ayunas.

Dos formas de ver un pañuelo palestino

Tal vez sería mejor que el mundo estuviera gobernado por los hermanos Marx, más que nada por tener una idea cabal de dónde y cómo se toman las decisiones. Resultaría entonces comprensible el hecho de que los alumnos de los colegios asturianos vayan a un cuartel como parte de su educación (no sé si sentimental o práctica) a aprender a distinguir los pañuelos palestinos de los afganos con el fin de hacer puntería en ellos, todo ello mientras empuñan un arma de última generación en la que las criaturas ven por fin unida la ficción de los videojuegos con la brutalidad de la guerra.

Casi al mismo tiempo que suceden estas cosas, en Asturias hay nueve activistas pro Palestina que se enfrentan a 15 años de cárcel por manifestarse ante un edificio público rechazando la actuación de un grupo de danza israelí. Estas nueve personas, a alguna de las cuales conozco y aprecio porque hizo cosas desde la actividad pública que han contribuido a mejorar esta ciudad en la que vivimos, consideran que los palestinos solo deben ser objeto de protección, no de exterminio, ya lleven un pañuelo en la cabeza o vayan con ella descubierta. Su delito fue la protesta callejera, una actividad cada vez peor vista en este mundo tan silencioso y tan dado a considerar que los problemas importan en la medida de su proximidad geográfica. Palestina está demasiado lejos y encima hay allí mucho árabe que vaya usted a saber.

Si los estudiantes de los institutos asturianos tienen madurez suficiente para ir al cuartel de Cabo Noval a valorar el peso y las medidas de una escopeta y a poner en la mira del arma un pañuelo de procedencia islámica o similar como objetivo de un hipotético disparo, también deberían recibir en las aulas lecciones de desobediencia cívica y estudiar el valor de la opinión y la movilización en la sociedad democrática (sic) en la que viven. También deberán ser informados de sus derechos y deberes y del papel de las fuerzas de Seguridad del Estado. Puede que ninguno de estos chavales llegue nunca matar a nadie, y que el arma más agresiva que empuñen en su vida sea un sacarcorchos. Es cierto, pero es bastante más probable que en su vida tengan que tomar decisiones éticas y morales y adoptar posición personal ante las injusticias que se producen cerca o lejos de ellos y en las que mueren miles de seres humanos. Para saber algo de eso, para formarse en la dura disciplina de vivir con ideas propias, son más fiables las manifestaciones que los cuarteles, y suelen enriquecer más las lecciones que dan los ciudadanos que se juegan ir a la cárcel por defender las causas de personas a las que no conocen que los ejércitos, instituciones que, no nos engañemos, han sido creadas y son mantenidas para acabar con gente a la que tampoco conocen por el mero hecho de ser el enemigo.

Hay dos formas de ver un pañuelo palestino: una lleva a la guerra y la otra a la cárcel.

Panamá

José Manuel Soria empezó su carrera política queriendo parecerse a Aznar y la ha terminado siendo clavadito a Mario Conde. En menos de dos minutos de Telediario pudo verse esta sorprendente mutación, casi tan sorprendente como la de Benjamín Button, aunque puede que más esperable si se tiene en cuenta la evolución de muchos miembros de la clase política española, todos queriendo parecerse a Peter Pan en los inicios y terminando todos con la misma pinta que el capitán Garfio. El propio Mario Conde hizo un camino similar, aunque más completo. Primero fue banquero, seguidamente fue defraudador, luego quiso ser político y ha terminado de nuevo en el calabozo. Las puertas giratorias de la política no siempre llevan a donde se espera. Son como las de aquel programa llamado “Humor amarillo”. Unas franqueaban el paso al concursante hacia la fama y la fortuna, pero otras eran una trampa mortal que desembocaba en manos de un ogro o en una charca infecta. Soria y Conde han terminado en el mismo lodazal donde ya chapotean más condenados que en el infierno de Dante.

Y lo que son las cosas, al cabo de estos años parece ser que Aznar y Soria podrían tener algún parentesco que va más allá del parecido físico, ya que ambos son defraudadores al fisco por parte de padres políticos. Es verdad que el ex presidente ha dedicado más tiempo a escribir unas memorias en la que España es un paraíso gracias a él, que a crear empresas en paraísos fiscales (que se sepa, por ahora). El tipo del bigote menguante solo debe 70.000 euros al fisco, cosa que le puede pasar a cualquiera. Aznar, Soria, el alcalde de Granada, los cuarenta ladrones de Valencia, Urdangarín, su esposa, los de los chanchullos andaluces del PSOE y todos los demás que ustedes ya saben pueden hacerse unas camisetas en las que proclamen “todos somos Mario Conde”, o bien ofrecer a Mario Conde un puesto de ministro en funciones en este eterno gobierno de interinos. Como en una epidemia, cada vez hay más políticos y cargos públicos en España que se parecen a Mario Conde, un proceso de clonación mucho más efectivo que el de la oveja Dolly o los niños del Brasil.

Dicen que en Madrid se va a construir el rascacielos más alto de Europa. Seguro que desde la azotea se verá Panamá.

Ilustres fregonas

Ignoro si las pescaderas y fregadoras tienen la capacidad para ser alcaldesas de Barcelona o de otro sitio. No soy académico ni escritor de éxito como Félix de Azúa para penetrar en tan hondos misterios de catalogación de la condición humana, y por esa misma razón u otras peores tampoco sé si los escritores como él o como otros parecidos tienen capacidad, derecho y conocimiento para hablar de política y sentar cátedra sobre quién está preparado y para qué cargo. Si hay que poner límites (“líneas rojas” como se dice ahora hasta la náusea) habrá que ponerlos para todos. ¿Qué pasaría si la pescadera de la esquina o la alcaldesa de Barcelona dijeran que la obra de Azúa o de Vargas Llosa son ambas un coñazo, que prefieren a Faulkner con pasión como les pasaba a los vecinos del pueblo de “Amanece que no es poco”? ¿Deberían ambos autores de dejar de escribir tras ser censurados por quienes son sus lectoras y dedicarse por ejemplo a la venta de pescado al por menor o a fregar portales? ¿Tiene menos valor la opinión literaria de una pescadera o de una alcaldesa que la opinión política de un escritor? Parece que sí.

Es este un debate interesante porque hay muchos escritores y asimilados que se han dedicado a la política, algunos de ellos saliendo muy beneficiados de esa actividad o encontrando en ella el modo de atecharse para pasar una mala racha de inspiración literaria o artística. Pese a esta circunstancia jamás escuché a la Asociación Nacional de Minoristas de Pescado o a la portavoz del Colectivo de Empleadas Domésticas poner el grito en el cielo por el hecho de que Camilo José Cela fuera en su día senador a dedo, o que Vargas Llosa se presentara a las elecciones en Perú. Winston Churchill fue Premio Nobel de literatura como los dos anteriores, abriendo la puerta giratoria para que políticos en fase de desguace escriban unos truños infumables para disfrazar la historia con sus presuntas heroicidades. No sé cuántas pescaderas y limpiadoras habrán comprado las memorias de Zapatero o Aznar ya que, siguiendo el criterio de Azúa, no son público objetivo para meterles el diente a libros escritos por gente de cerebro tan valioso. ¿Para quién escriben los políticos cuando se meten a escritores?

Uno ha conocido a porteros de finca urbana, camareros o pescaderas con capacidad sobrada para ser primeros ministros, no digamos ya alcaldes o alcaldesas. También se ha cruzado con doctores, catedráticos y escritores cuya estupidez, engreimiento y ausencia de empatía haría pensar que su cociente intelectual apenas supera al de un mandril. Sin embargo, muchos de ellos han alcanzado altos puestos de responsabilidad en nuestra sociedad, a veces gracias a los votos de las pescaderas y otros seres de la tropa ciudadana a quienes ningunean.

A mí me parece que, por desgracia para todos, el mundo está cada vez más lleno de pescaderas y limpiadoras que desprecian a políticos y  escritores (salvo a Belén Esteban o Jorge Javier) y de políticos y escritores que ignoran a pescaderas, limpiadoras y compañía.  Puede que el saneamiento de la democracia deba empezar por pensar que una pescadera puede ser alcaldesa si quiere y la eligen, y que la opinión de un escritor sobre la actualidad es una más y no siempre la más acertada. Tal vez un mundo de ilustres fregonas en el gobierno resultase más justo y menos canalla que este que nos despierta a diario.