Señor García

A las nueve y media de la mañana del sábado suena el teléfono. Uno duerme, claro está. Alarmado por el timbrazo atiende con un gruñido ansioso la llamada esperando sin duda una desgracia al aparato o un sorteo de la radio. Ninguna de las dos. Es el banco que me despierta para decirme que mi cuenta está en números rojos. Esa misma llamada se produjo 48 horas antes  y también la interlocutora se dirigía a mí como “señor García”. Pregunto a la señorita dos cosas: si piensa que no conozco el estado de mis cuentas e, item más, si cree que en dos días voy a solucionar mis tropiezos financieros por arte de magia o movido a mendigar y hacer malabares en los semáforos, o atracar viejas pensionadas por nuestro generoso Estado, azuzado por sus sucesivas llamadas telefónicas inquisitoriales a horas intempestivas. Es evidente que en este banco ya saben que soy pobre, pero ahora cree que además soy imbécil y desconocedor de mi lamentable estado de cuentas. Seguramente que a Rodrigo Rato o alguno de los golfos que se lo llevaron crudo con las tarjetitas de Bankia no les llama nadie de ningún negociado bancario de pufos un sábado a las nueve y media de la mañana.

Excuso decir que mi descubierto bancario no pagaría ni el papel higiénico del último ejecutivo de este banco, ni una comida de larga sobremesa con las que se agasaja a cargos públicos con influencias que fijan las comisiones de los cajeros automáticos, y, desde luego,  las reiteradas llamadas al orden que recibo en mi teléfono fijo y en el móvil (llamadas “informativas”, me dicen que son por si me he creído que soy más rico que Creso siendo ya más pobre que Carpanta) suponen un gasto telefónico y un esfuerzo que mi descubierto bancario no merece. Sin embargo, me temo que así seguirán hasta que algún milagro, herencia o golpe de suerte en el casino de Las Vegas devuelva mis finanzas al sendero correcto.

Lo que me pregunto ahora es por qué los del banco no llamaron jamás durante años para felicitarme por pagar puntualmente recibos, hipotecas, comisiones de apertura, cierre, mantenimiento, y otros diezmos y primicias. Tampoco telefonearon solícitos el primer mes que mi nómina quedó reducida a menos de la mitad porque así lo quisieron la crisis y mi disposición a firmar lo que fuera ante el terror a quedar en el paro. No llamaron tampoco para solidarizarse con un fiel cliente como yo cuando el recibo de la luz subió sin tasa, cuando hizo lo propio el recibo del IBI, o el mismísimo IPC y la madre que los parió a todos. Ni llamaron para saber por qué había dejado de ir de vacaciones, al dentista o a cambiarme las gafas. Supongo que me saben ya informado de esas cosas que me pasan, por eso no se toman la molestia de despertarme un sábado por la mañana para decirme que “eso de que la crisis es un mal sueño y que en España ya nadie habla de ella, señor García”.

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