Apátridas Anónimos

Dice Rubén Medina, a quien junto con su compañera Manuela tengo por amigos y sabios, que vamos a fundar entre él y yo mismo una organización que se llame “Apátridas anónimos”, una mezcla perfecta entre “Apátridas sin Fronteras” y “Alcohólicos anónimos”. Dice Medina, y con razón que comparto gustosamente, que esta organización de nuevo cuño ha de ser una especie de grupo de desintoxicación basada en dos patas fundaciones de lógica aplastante. Por una parte, los apátridas no pueden tener frontera porque carecen de patria. Esto es una verdad de Perogrullo, pero que conviene recordar. Por otra parte, porque el patriotismo, el nacionalismo, las peleas a muerte por el borde de la sebe y sus variantes de reivindicaciones de terruños y trapos coloridos sean del tamaño y tradición histórica que sean, son dependencias de una gravedad tan dañina como comparable al alcoholismo o la ludopatía, producen graves quiebras familiares y sociales, amén de crear un guirigay de tal volumen en bares y televisiones que hacen insoportable el sano esparcimiento de la media de vino hablando de trivialidades, o de ver el telediario en paz con sus intoxicaciones habituales. Así que los “Apátridas anónimos” serán gentes que, reunidas bajo bandera alguna se pondrán de pie en medio de la reunión para confesar su adicción aldeana o cantonalista y pedir la curación.

-Hola, me llamo Arturo y soy patrioalcohólico y nacionaldependiente

-Hola Arturo, contestará la peña.

Y Arturo, o Manolo, o Pin, o como se llame el penitente de esa reunión, comenzará a vomitar ante sus semejantes esas obsesiones enfermizas que tiene, como esnifar rayas fronterizas sobre mapas de su pueblo tres veces al día, dormir envuelto en la bandera, poner de patitas en la calle a refugiados e inmigrantes de color dudoso, y tomar botes enteros de pastillas de hecho diferencial hasta atrofiar su musculatura social. Arturo, o Manolo, o Pin, o como se llame en candidato a la reinserción social, contará avergonzado como vendió todo lo que tenía en casa para comprar una dosis de patria, una dosis pura, sin cortar con mierdas centralistas que adulteran la verdadera identidad del politoxicómano del terruño. Contará también que decidió desengancharse cuando vio que las dosis que se metía eran cada vez más fuertes y caras pero no eran capaces de hacer real el sueño que se producía en sus trances tóxicos. Al despertar, el resto del mundo seguía ahí sin manera de quitárselo de encima.

Y así, reunión tras reunión, los antes ciudadanos de la baldosa ser irán haciendo ciudadanos del mundo, y dejarán de ser patriotas descamisados, acalorados y significados para convertirse en simples apátridas anónimos.

Querido Rubén ya estás empezando a redactar los estatutos de “Apátridas Anónimos” bien trufados de citas de Aristóteles o Shopenhauer, qué se yo, que de eso sabes tú mejor los ingredientes, y lo mismo una de estas noches tenemos que cruzar el Ebro en una patera para montar la primera reunión en Vilafranca del Penedés con la lectura bien entonada de esta frase de Josep Plá: Los políticos catalanes hacen grandes gestos, se ponen cada dos minutos la mano en el pecho, dan chillidos sentimentales y hacen unos terribles aspavientos de bondad. Todo el mundo pone los ojos en blanco, va con el corazón en la mano y canta confusas romanzas que hacen llorar. 

Y que conste que donde pone catalanes puede poner cualquier otra cosa. Especialmente españoles.

La pregunta

Los nacidos después de la Segunda Guerra Mundial vimos desde niños con una mezcla de incredulidad y pánico los documentales y películas sobre la matanza de judíos en Alemania. A estos sentimientos se sumaba la impotencia cuando esas imágenes o los testimonios de los supervivientes recogían la prepotencia agresiva y criminal de los nazis de turno que, sin oposición alguna, mataban, violaban, vejaban y gaseaban a familias enteras por la simple razón de ser judíos. Lo hacían con frialdad burocrática y sin inmutarse, como una obligación en horario de oficina, según dijo en su descargo al ser juzgado uno de los ideólogos de la “solución final”. Creo que Adolf Eichmann. Los niños también morían y sus cuerpos mínimos por edad y la desnutrición aparecían en las pilas de cadáveres que los rusos y los americanos encontraron al liberar los campos de exterminio. Nadie se libraba del espanto. Pero lo que mejor recuerdo es la pregunta que se hizo en voz alta mi padre mientras veíamos en la televisión uno de esos programas. “Pero ¿nadie sabía lo que estaba pasando? ¿nadie los podía ayudar?”.

La foto de un niño sirio de tres años muerto en la playa y la de los trenes llenos de inmigrantes en las fronteras de Europa, en las alambradas de Europa, me han impresionado tanto como las historias del holocausto. Las respuestas dilatorias de los burócratas europeos me recuerdan a las de Eichmann, y la soledad y la impotencia de esas familias que visten a sus niños igual que nosotros a los nuestros me recuerdan a las colas de otros trenes ganaderos que partieron de Centroeuropa hace 70 años. Y ahora, muchos años después, pienso en la pregunta en voz alta que hizo mi padre, miro a mis hijos y sigo sin tener respuesta o las que tengo me asustan más cada día.