Rabinovich y los hititas

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En 1980, mientras preparaba un examen de Historia Antigua, sentí que la vida, guerras y hazañas de los hititas y los hurritas en el Oriente antiguo se me estaban atragantando de tal manera que decidí salir de casa a tomar el aire aún a riesgo de suspender. Como tantas veces, caminé desde Ceares hasta Begoña y me metí en Discoteca, la tienda en la que podía pasar horas y horas tratando de dar el mejor destino posible a mis escasos ahorros de melómano pobre. En el sitio de las casettes (que me perdonen quienes no hayan conocido tan entrañable tecnología) vi de pronto una de unos tipos llamados “Les Luthiers” que posaban para la portada en riguroso smoking y haciendo una extraña fila india de parejas enfrentadas que dejaban solo en un extremo y mirando al infinito a quien luego supe que era Gerardo Massana, fundador del “conjunto de instrumentos informales Les Luthiers” y que ya había muerto para aquella fecha. La excentricidad del nombre del grupo, la originalidad la foto, así como el imprevisible contenido de las canciones que se anunciaban en el disco (“Voglio entrare per la finestra”, “la bossa nostra” o “suite de los noticieros cinematográficos”) fueron razones suficientes para que gastase mi escaso dinero en aquella joya que aún conservo y que, junto con todas las demás que vinieron después en soportes mucho más sofisticados, he devorado, aprendido de memoria, cantado, destrozado y parodiado con mi guitarra y recreado con amigos y enemigos en madrugadas de copas, música y risas que a veces parecen de otro siglo porque, realmente, ocurrieron en otro siglo.

Desde entonces hasta ahora, echen la cuenta, Les Luthiers han configurado en buena medida mi forma de entender la música, el humor, la ironía, el manejo del lenguaje y hasta de la vida en ciertas ocasiones. He envidiado y admirado a partes iguales el virtuosismo musical de sus componentes, el trabajo artesanal de encaje de letras, músicas y bromas, la vigencia sorprendente de sus espectáculos, la profesionalidad de cada uno de sus miembros y la inteligencia privilegiada de cada una de sus composiciones. Hay frases, gestos y canciones de Les Luthiers que forman parte del código secreto con el que durante muchos años nos hemos identificado entre nosotros los miembros de esta religión laica cada vez más extendida y de la que sigo siendo apóstol convencido. He dedicado muchas horas a reír y disfrutar de la elegancia armónica, tierna, caústica, y siempre pluscuamperfecta de Les Luthiers y, desde luego, a envidiar la vis cómica de Daniel Rabinovich y su capacidad para partir de risa a todo un auditorio con solo levantar un ceja o cambiar de orden una sílaba al confundir “una vieja leyenda hebrea” con “una vieja leyendo ebria”. Daniel Rabinovich murió hoy y yo lo he sentido como algo personal porque, como quien dice, nos conocemos desde aquella mañana de 1980 en la que los hititas y los hurritas me hicieron amigo de Les Luthiers y adicto a Rabinovich. Solo una vez hablé con él y creo que tendría que haberle dado las gracias por tantas cosas reídas con él que hoy me dan ganas de llorar por él.

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Toros y ministros

Llamar arte a un espectáculo consistente en convertir en carne picada un hermoso animal mientras la gente se toma un gin tonic, es lo mismo que llamar político al Ministro del Interior o al presidente Rajoy. Todo es cuestión de perspectiva o de habilidad para las metáforas. La fiesta nacional española ya no son los toros. La fiesta nacional es desde ahora convertir en carne picada cualquier principio democrático, programa electoral o división de poderes. La fiesta nacional es cagarse en la cara de los ciudadanos y luego dar la vuelta al ruedo como si tal cosa. El espectáculo, promovido por el PP, se desarrolla en unos despachos tan llenos de moscas y sangre coagulada como hay en los desolladeros de las plazas de toros. Todo es mugre, tipos de fuman puros, llevan camisas de rayas desabrochadas hasta el pecho para enseñar su bronceado de chuloputas y el  medallón de la Virgen del Rocío, y se ríen del dolor ajeno con chulería grotesca de pintura negra.

Fernández Díaz practicando toreo de salón en su despacho con el robaperas de Rato, ha sido hasta ahora la faena más lograda del verano que se ha visto en este ruedo ibérico. Fernández Díaz, que recuerda un poco a Curro Romero en sus andares, se encerró en su despacho con un Miura de la ganadería de los Rato Figaredo, fino de pitones, muy toreado y con bastante peligro según se dice en varios juzgados y comisarías en los que tienen su foto entre las de los estafadores más selectos del hemisferio norte. Fernández Díaz, putero retirado y muy beato a la vejez como buen hidalgo español, es a buen seguro un enamorado del arte de Cúchares y un defensor de las banderillas de castigo que él mismo está dispuesto a colocar en todo lo alto del morrillo a los insolentes que se manifiestan a las puertas del Parlamento o donde la cosa es parar un desahucio.

El ministro este es uno de los diestros más reputados de la cuadrilla que lidera Mariano el Registrador y que tantas tardes de gloria está dando a la democracia española, un noble toro picassiano que se desangra herido a diario bajo la suerte de varas que sufre con cada nuevo caso de corrupción o cada vez que un ministro, movido por una vieja amistad trabada sin duda en capeas de juventud, se reúne con un delincuente (presunto, no vaya a ser) para ver qué es de su vida y, a lo mejor, para regalarle un abono de contrabarrera en Las Ventas desde la que ver juntos la próxima Feria de San Isidro. Este sigue siendo un país atrasado, sin civilizar como es debido, lleno aún y para rato de corridas de toros y sinvergüenzas, unidos ambos por un extraño vínculo que se hace cada vez más sólido en los palcos de los cosos taurinos, esos lugares con olor a habano, sangre, sudor y mierda, tan similar al que emanan los despachos y las acciones de ciertos ministros. Si los toros son arte y una reunión entre un ministro y un apandador es política, es que nunca he entendido nada.

Selfie

Me aburren los obreros de derechas, las feministas armadas todo el tiempo con tijeras de capar, los homófobos fascistoides y todos los demás. Me hartan los hinchas futboleros descerebrados, los borrachos faltones, los que se pasan de listos con los borrachos, los tenores de chigre que imparten lecciones de cualquier cosa, los que tratan de robarte el periódico en los bares, los que van de chanclas con las uñas llenas de mierda, los que emplean constantemente el verbo “releer” aunque no hayan leído nada, los tipos que nunca se duchan, los que usan las redes sociales sin foto y con nombres falsos para insultar a saco, los matrimonios que se llaman “papi” y “mami”, esos machistas babosos y cansinos, la progresía de Marx en la estantería y segunda residencia en el campo. Me cansan los que siempre viven mejor estando en contra de algo, los que reparten certificados de moralidad, progresía o buenas costumbres.

Me jode que se hayan muerto Javier Krahe, Miguelito Arrieta, mi padre o mi hermana habiendo por ahí tanta basura con patas, viva, robando y masacrando, que se escapa de la estadística, de Dios, de la muerte o de la suerte. Me hartan los que desprecian cuanto desconocen y me agota la razón de Estado, y el estado de la cuestión, y que los periodistas solo sepan conjugar el verbo “arrancar” parar indicar que cualquier cosa va a empezar, comenzar, iniciarse, principiar, ponerse en marcha… qué se yo, mira que hay verbos. Y cómo me repunan (sin g) las tertulias televisivas con pretensiones de seriedad, la dictadura de los cocineros, la de los dietistas, la de los y las chonis de Telecinco, que la información sobre el tiempo que hará se haya convertido en una ciencia exacta y que el precio de la gasolina no baje nunca.

Me cansa tu cara de acelga, mi bilis enlatada, el futuro escaso, el pasado inútil, el presente aburrido, la seguridad aplastante de que no hay nada seguro, despertar cada mañana con la misma ansiedad, irme a la cama con la misma borrachera. Me cansa sospechar siempre de todo, acertar casi siempre, que en la misma semana se me estropeen el páncreas, el calentador y los amigos. Me ahoga que el amor sea escaso, inalcanzable y deslizante. Me revienta que el kilo de alegría no esté de oferta en la Feria de Muestras.

Y me cansa, sobre todo, la certeza de que nada va a mejorar por mucho que yo me haga un selfie como este y trate de buscar en el fondo del paisaje que se ve a mis espaldas algún motivo para querer hacerme el siguiente.