Qué pena

No sé si estoy a favor o en contra de Grecia y sus circunstancias, no tengo esa pulsión solidaria de tantos internautas y opinadores que saben en cada momento que hastag, bandera, lema o fotografía hay que colgar en su perfil para estar en la línea de lo políticamente correcto. Envidio la enorme agilidad mental de estas personas para hacer causa propia de asuntos tan diversos como el euro, los gatitos, el feminismo o el cultivo ecológico. Los buscadores de causas solidarias lo tienen fácil en estos tiempos tan convulsos y proclives a las historias de buenos y malos; los escépticos lo tenemos muy difícil porque tendemos a sospechar que nada es como nos lo cuentan. Lo que sí sé es que ahora mismo no me apetece estar en Grecia porque van a caerles hostias por todas partes (cuando dimite hasta Varoufakis por algo será). La democracia la inventaron en Atenas, de acuerdo, pero el capitalismo lo gobiernan en Bruselas y, como ya se sabe, el capitalismo goza de mucha mejor salud que la democracia. El capitalismo es un animal hambriento que desayuna democracias enteras desde hace años. Le da lo mismo que sean asiáticas, americanas o europeas de rancia tradición, y esa variadisima alimentación le mantiene el cutis terso, además de una agilidad felina para saltar sobre sus presas y despedazarlas sin piedad y, al parecer, por su bien.

Para el atlético y voraz capitalismo que nos maneja la barca, los ciudadanos solo somos cuentas corrientes, y su relación con nosotros es directa y cartesiana: si no sumas, restas; si no multiplicas, te echo a la puta calle. Para el capitalismo, los ciudadanos somos presas: un hombre, una cuenta corriente, y en el capitalismo no hay votaciones que valgan, ni referendos, ni tendencias, todo se hace en corto y por derecho, por eso el capitalismo se conserva muy bien y sigue siendo capaz de morder, tragar y digerir con tanta soltura países enteros sin que se le corte la digestión ni se le rompan los dientes.  Las democracias siempre salen perdiendo porque se conservan mucho peor que el capitalismo, ya que quienes llegan a ellas cada cuatro años y dicen que las van a cuidar, las tratan muy mal. De hecho, la mayor parte de las democracias europeas se terminan haciendo amantes del capitalismo para que las tenga de mantenidas, les ponga un piso, un estanco o un banco central con vistas a Suiza. Las que no entran en ese harén del euro terminan por quedarse solas y resecas. Son incapacitadas para tomar decisiones y acaban sus días en un asilo. De eso no se librará ni Grecia por mucho que sea la patria de Pericles y Varoufakis, la caja negra de la democracia y el lugar donde se inventaron las elecciones. El capitalismo cenó el domingo una ensalada de urnas y se quedó tan contento. Qué pena.

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