Justino Mazcada

Justino Mazcada no terminó la carrera de medicina por ser un guarro. Jamás se lavaba las manos después de las autopsias y antes de comer, ni tampoco después de comer y antes de las autopsias. Si bien en el primer caso el perjudicado era él mismo ya que el maridaje de la masa encefálica humana con la fabada es muy discutible, su costumbre de no lavarse las manos después de comer y antes de las autopsias provocó quejas en los familiares de los difuntos que se encontraban con la desagradable sorpresa de velar el cadáver de sus deudos en salsa boloñesa o con guarnición.Justino Mazcada fue expulsado de la facultad por limpiarse los dientes con hilo de suturar heridas y también por robar bisturíes usados en operaciones quirúrgicas famosas, como por ejemplo la reconstrucción del himen de Leticia Sabater o el implante de cerebro de Goebbels a Ernesto Sáenz de Buruaga.

Pero como su afición por la medicina era enorme y durante su etapa universitaria había sustraído más de un centenar de batas blancas de diferentes tallas a las que pensaba ir dando salida de alguna manera, montó primero una tienda de ultramarinos en la que daba gusto verle despachando, escalopines, cebollas o phoskitos tan blanco y radiante con su guardapolvo como un neurocirujano de la Clínica Mayo. Lo único que llamaba la atención a sus clientas era que en el reborde del bolso superior de las batas de Justino Mazcada se leía unos días doctor López-Ibor, otras doctor Vallejo-Nájera, otras doctora Jiménez-Díaz y otras “celador” o “auxiliar” a secas.

Esta pluralidad de identidades causaba en la clientela del colmado una cierta zozobra mezclada con orgullo, ya que por encima del inquietante revoltijo de nombres que aparecían en la bata prevalecía en el público la seguridad de que todas las mercancías estaban garantizadas al ser despachadas por un doctor o doctora, sea cual fuera su nombre. Sin embargo, el comercio minorista no satisfacía la intensa vocación médica de Justino y, además, las batas se le ensuciaban enseguida despachando comestibles. De manera que encargó por Internet un título de doctor en Medicina, le quitó el polvo a los viejos y escasos apuntes de la facultad, sacó brillo a su colección de bisturíes históricos y mandó a la tintorería todas sus batas con el encargo de que, además de dejarlas en perfecto estado de revista, se rotulase en el bolsillo superior de cada una de ellas y con letra clara el nombre de “doctor Mazcada”. Como no sabía curar enfermedades, Justino decidió inventarlas. Se hizo muy famoso entre las clases altas y desocupadas. Esas gentes podridas de dinero y con una salud de hierro merced a una excelente alimentación, ejercicio moderado y básicamente a no haber dado un palo al agua en su vida, necesitaban algo exótico en su vida y Justino Mazcada se lo facilitaba. Inventó la psicosis renal, el sudor de hígado, la menopausia juvenil, el acné de uñas, la depresión optimizante, el catarro de próstata, la gripe capilar y el sarampión del sueño. Como las enfermedades eran inventadas no producían en el paciente molestia alguna y, sin embargo, le permitían explayarse durante horas con sus amistades sobre tan rara dolencia para cuyo tratamiento el doctor Mazcada prescribía caramelos Sugus. En fin, Justino Mazcada, una eminencia que hizo felices y enfermos a cientos de sanos pero infelices ciudadanos.

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