La cabeza de Rato y la patata cocida.

Gustan mucho en España los concursos. Entretienen, dan mucha audiencia a las televisiones y, lo más importante, generan víctimas a las que unos escarnecen y otros compadecen. No hay buen concurso sin una buena víctima que sangre, que llore, que sea destronada en directo, que pierda su dignidad en prime time y acabe despedazada en cualquier tertulia sobrevolada  de moscas. En este sentido no hay demasiada diferencia entre la expulsión del maldito masterchef del tío que coció mal una patata y la puso al lado de una gamba, y la defenestración en directo de Rodrigo Rato, antiguo masterchef de la olla podrida del PP y a punto hoy de ser marmitón en la cocina de alguna prisión provincial. Al chaval de la patata y la gamba se lo cargaron unos cocineros muy estirados que nacieron con una espumadera metida en el orto y que confunden la cocina con una variedad del fascismo. La cocina es algo muy serio, chaval, le dijeron muy faltosos al rapaz que quiso atajar por los praos para llegar enseguida a tartamudear como Ferrán Adrià y hacer deconstrucciones de a mil euros la ración. Pero no pudo ser, como dicen los periodistas deportivos para explicar cualquier cosa. No pudo ser porque los cocineros que mandan en el concurso pusieron al chaval de la patata de chupa de dómine, llamándole poco menos de asesino y subnormal al tiempo que hacían de él una estrella de la tele basura y rey de todas las viralidades gracias a un concurso.

Al tío de la patata mal cocida y su gamba sólo le hizo sombra en las redes Rodrigo Rato, descalificado cum laude, cum telediarios y cum escolta policial del concurso de ladrones que hace años montó el PP y del que ya va siendo hora de conocer los ganadores, aunque me parece que nos quedaremos con las ganas. Rato iba camino de aguantar en antena más temporadas que Jordi Hurtado porque además de haber estudiado en la soleada California, el tipo tenía maneras de ministro y jefe de estado. En Asturias le hacían la ola las señoras y los caballeros, los del PP se lo rifaban para charlas y coloquios, Mercedes Cherines  lo paseaba por todas las ferias de muestras como quien llevara un Rottweiler algo tenso pero buenón, los periódicos le hacían entrevistas vestido en pantalón bermudas (mira qué sencillu, mujer), le daban de comer en la Pondala, le llevaban a los toros y le pagaban los vermús y hasta los helados de Los Valencianos, que en gloria estén. Rato era uno de los suyos y algunos creyeron que hasta de los nuestros porque, además de asturiano nacido en Madrid, que eso viste mucho para el currículum de esta región pelada de personalidades y perlada de mediocridades, sabía contestar a todas las preguntas del concurso, era rico por lo civil, susurraba con igual autoridad a empresarios que a sindicalistas y fue capaz de cocinar un milagro económico de esos que dejan forrados para varias generaciones a los de siempre y alguno más. En aquellos tiempos nadie tenía el mal gusto de recordar que don Ramón de Rato, el padre de la creatura, había estado en la cárcel cuando Franco porque incluso al dictador le parecía mucho morro que alguien quisiera robar más que él mismo y su augusta familia.

Rodrigo Rato ascendió a primera división cuando le cedió el paso al muermo zorreras de Rajoy y se marchó a Washington para ser director del FMI, decisión estratégica que viene a ser lo mismo que  renunciar a ser gerente de un puticlub de carretera para presidir el mayor casino del mundo. Rato progresaba adecuadamente y pasaba todas las rondas del concurso de chorizos convocado en la calle Génova. Cuando se hizo con el premio extra de una jubilación vitalicia en el FMI, Rodrigo volvió a España hecho un campeón para la cosa de Bankia. Ahí la cagó, se apagó su estrella porque quiso convencer al jurado de que era capitalismo creativo lo que no pasaba de ser una chorizada tan cruda como la patata del chaval de masterchef. Así que Mariano el zorro mandó dar por finalizada la emisión y declarar a Rodrigo perdedor oficial de la yincana de apandadores genoveses. La cabeza de Rato entrando en el coche policial recuerda a una patata viuda, a la de Holofernes decapitado por Judit en pago de sus pecados y los de otros.

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