María Sota de Bastos

María Sota de Bastos era esa: la sota de bastos. Quiso adaptar su nombre a los tiempos modernos y ser conocida por la Porrera (por aquello de la porra que lleva sobre su hombro derecho), pero su padre, un tipo muy seco llamado Heraclio Fournier, alegó que las normas del gremio de los naipes son muy estrictas y que nada de cambios. Porque, claro, Sota tenía marcado el destino desde su nacimiento. Jamás posaría para un pintor de fama, ni integraría el conjunto de imágenes de un escudo nobiliario, un retablo religioso, ni siquiera tendría la suerte de ser el mascarón de proa de un barco aventurero que surcara los siete mares, ni tampoco el símbolo de un coche inglés de postín, como lo era aquella lejana prima suya con alas que coronaba tan altiva y graciosa, como la Campanilla de Peter Pan, los morros de cada Rolls Royce.

Ya no pedía ser la Venus de Milo, aunque fuese manca, ni la Victoria de Samotracia para estar en el Louvre aunque decapitada. Le bastaba con haber podido dedicar su vida a ser otra estampa más refinada. Pero no, ella no sería ninguna de esas figuras porque estaba condenada para siempre a posar vestida con aquel atuendo de soldadito mamarracho, incluidos los leotardos, capa corta y falditas de romano. Y para colmo debería llevar al hombro un garrote. ¿Para qué? ¿A quien iba a amenazar con aquella cachiporra que la hacía parecer un muñeco de guiñol más que otra cosa? ¿Qué dignidad marcial le daba aquel palitroque mal talado y peor pulido? NInguna.

Descartada la posibilidad de cambiar su puesto con la Sota de oros, tan enjoyada y orgullosa ella con su medallón, o con la de espadas, portadora de un arma defensiva como Dios manda, María Sota de Bastos se habría conformado con ser la Sota de copas pese a ser consciente del riesgo de alcoholizarse en aquel palo de la baraja sin poder apartar de sí ese cáliz. Borracha y todo habría soportado mejor aguantar tardes interminables de tute, brisca, julepe, mus o siete y media recibiendo en su cara el humo de los cigarros de los jugadores, sus blasfemias y salivazos, o los manotazos tremendos con los que cantaban las cuarenta.

Intentó fugarse con el caballo de bastos, pero a él le iban más los  jinetes que las amazonas. Trató de formar parte de la corte del rey de copas pero todas las rondas estaban ya pagadas. Desesperada, trató de quitarse la vida dejando que le cayera encima el as de bastos, pero la salvó de la muerte por descarte su casco ridículo con dos alitas.

La última vez que supe de ella se había tratado de colar en una baraja de póquer americano, pero todas aquellas cartas hablaban solo inglés y fue un fracaso. Abandonada por descuido una noche en la mesa de un bar por un jugador descuidado vive ahora sola haciendo de marcapáginas en un libro de cocina. Es una carta descartada, pero feliz aunque el  libro sea de Ferrán Adriá.

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