Cumpleaños

Ahora que tengo ya 54 años y tres días me siento como un recién envejecido. Por más que me esfuerzo yo no recuerdo cuando me sentí como un recién nacido, no sé ustedes, pero calculo que debió ser lo mismo que siento ahora, aunque colocando un cero patatero en el casillero de los años. Y al estar recién envejecido, con casi tantos dientes como cuando tenía cero años más tres días, observo el mundo a veces con la cara pasmosa de un lactante aunque sé bien que solo soy un mamón, o que al menos así me consideran el gobierno y la oposición que estos días prostituyen sus cuerpos siliconados con promesas falsas en las esquinas que dan a las elecciones. Cuando tenía cero años y tres días no era huérfano del todo. Ahora lo soy de padre y de hermana y también de algunos amigos idos o despedidos, huérfano de pasiones y desdentado de ilusiones, promesas y compromisos, lactante de leche agria que se me acumula en las ubres arrugadas de la edad.

Con 54 años y tres días sigo llorando algunas noches con el mismo desconsuelo que cuando tenía solo tres días y cero años, pero lloro en voz baja o hacia adentro para tratar de aparentar madurez, solvencia, control de mi mismo y de mis esfínteres superiores. Porque a partir de cierta edad uno puede dejar la última gota en el calzoncillo y decir que la culpa es de la próstata, pero no se le permite dejar gotas de llanto en ninguna parte y echarle la culpa a la vida en general. A esta edad recién estrenada sé que tengo ganado no volver a la escuela con olor a sudor y goma de borrar, ni hacer la mili, ni decidir qué carrera estudiar, ni ser el nuevo, el novato, ni el principiante. Ya podré decir que todo era de esperar, que nunca llovió que no escampara, que nadie da duros a cuatro pesetas y esas cosas que se dicen cuando la inocencia es un lujo que a esta edad no se puede andar exhibiendo por ahí sin ser calificado de imbécil. Puedo decir, como dijo un poeta, que me sé todos los cuentos aunque, en realidad, espero cada noche que una voz misteriosa me cuente alguna historia con la que conciliar el sueño como hacen los bebés que huelen a Nenuco.

A los cero años y tres días vivía entre recién nacidos y ahora cada vez vivo más entre recién muertos. Son cosas de la edad que seguirán pasando hasta que el marcador lo ponga todo a cero y la historia sea nuestra única fe de vida. Hasta entonces, buen viaje.

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