Causas

En 24 horas hubo en España cinco muertos por violencia de género, niños incluidos. O sea que varios hijos de puta perfectamente identificados y puede que sin padecer depresión alguna, se montaron en el salón su propio calvario portátil y abrieron la veda de las crucifixiones sin esperar ni a que Pilatos se lavara las manos. En diez días como ese y a ese ritmo de descabellos, fíjense que bien salen las cuentas, tendríamos sobre el mapa tantas muertas (aquí el femenino no es cortesía, es realidad) como todos los viajeros del avión de Germanwings. Los muertos no tienen cura, así los maten contra los Alpes o contra la meseta de mármol de la cocina, de manera que no debería haber categorías de muertos como tampoco debería haber muertos de categoría y muertas de relleno, muertos de Telediario primera edición y muertas de lo de siempre.

Ya digo que los hijos de perra que mataron a mujeres y niños en sus propios y domésticos vuelos de la muerte, jamás darán la cara en ninguna televisión porque son criminales de reemplazo. Alguno se suicidó con éxito, cosa de la que me alegro. No sabremos de ellos ni las iniciales. No han hecho nada original. Matar a la parienta y a los guajes es un crimen low cost como hay tantos al año. No tiene el dramatismo de una catástrofe aérea, ni da juego en las tertulias para lucimiento del coro de babayos que el lunes eran ingenieros aeronáuticos y psiquiatras el miércoles. No irán a la capilla ardiente ni Mariano ni nadie, ni saldrá el fiscal por la tele explicando con detalle que, antes de ser estrellada contra los azulejos de la cocina,  se escuchó a una de las muertas aporrear la puerta pidiendo por favor y a gritos que la dejasen salir del horror en vuelo raso que iba pilotado por un asesino con sonrisa de hiena, que lo mismo quiere mucho a su mamá y hasta recibió un frasco de colonia y trabajos manuales de sus hijos como regalo del Día del Padre. Nadie nos dirá si esos tipos tenían los papeles en regla, si habían pasado todos los exámenes para ser padres y maridos, si tenían antecedentes psiquiátricos, si cuando se emborrachaban soltaban la mano más de la cuenta, ni nos dirán tampoco qué día saldrán de la cárcel tan pichis y con el contador a cero.

Si les hubieran dejado elegir, esas mujeres y esos niños hubieran preferido morir en el avión de los Alpes. Por lo menos las causas de su muerte absurda habrían sido minuciosamente explicadas en el Telediario.

 

Cumpleaños

Ahora que tengo ya 54 años y tres días me siento como un recién envejecido. Por más que me esfuerzo yo no recuerdo cuando me sentí como un recién nacido, no sé ustedes, pero calculo que debió ser lo mismo que siento ahora, aunque colocando un cero patatero en el casillero de los años. Y al estar recién envejecido, con casi tantos dientes como cuando tenía cero años más tres días, observo el mundo a veces con la cara pasmosa de un lactante aunque sé bien que solo soy un mamón, o que al menos así me consideran el gobierno y la oposición que estos días prostituyen sus cuerpos siliconados con promesas falsas en las esquinas que dan a las elecciones. Cuando tenía cero años y tres días no era huérfano del todo. Ahora lo soy de padre y de hermana y también de algunos amigos idos o despedidos, huérfano de pasiones y desdentado de ilusiones, promesas y compromisos, lactante de leche agria que se me acumula en las ubres arrugadas de la edad.

Con 54 años y tres días sigo llorando algunas noches con el mismo desconsuelo que cuando tenía solo tres días y cero años, pero lloro en voz baja o hacia adentro para tratar de aparentar madurez, solvencia, control de mi mismo y de mis esfínteres superiores. Porque a partir de cierta edad uno puede dejar la última gota en el calzoncillo y decir que la culpa es de la próstata, pero no se le permite dejar gotas de llanto en ninguna parte y echarle la culpa a la vida en general. A esta edad recién estrenada sé que tengo ganado no volver a la escuela con olor a sudor y goma de borrar, ni hacer la mili, ni decidir qué carrera estudiar, ni ser el nuevo, el novato, ni el principiante. Ya podré decir que todo era de esperar, que nunca llovió que no escampara, que nadie da duros a cuatro pesetas y esas cosas que se dicen cuando la inocencia es un lujo que a esta edad no se puede andar exhibiendo por ahí sin ser calificado de imbécil. Puedo decir, como dijo un poeta, que me sé todos los cuentos aunque, en realidad, espero cada noche que una voz misteriosa me cuente alguna historia con la que conciliar el sueño como hacen los bebés que huelen a Nenuco.

A los cero años y tres días vivía entre recién nacidos y ahora cada vez vivo más entre recién muertos. Son cosas de la edad que seguirán pasando hasta que el marcador lo ponga todo a cero y la historia sea nuestra única fe de vida. Hasta entonces, buen viaje.

María Sota de Bastos

María Sota de Bastos era esa: la sota de bastos. Quiso adaptar su nombre a los tiempos modernos y ser conocida por la Porrera (por aquello de la porra que lleva sobre su hombro derecho), pero su padre, un tipo muy seco llamado Heraclio Fournier, alegó que las normas del gremio de los naipes son muy estrictas y que nada de cambios. Porque, claro, Sota tenía marcado el destino desde su nacimiento. Jamás posaría para un pintor de fama, ni integraría el conjunto de imágenes de un escudo nobiliario, un retablo religioso, ni siquiera tendría la suerte de ser el mascarón de proa de un barco aventurero que surcara los siete mares, ni tampoco el símbolo de un coche inglés de postín, como lo era aquella lejana prima suya con alas que coronaba tan altiva y graciosa, como la Campanilla de Peter Pan, los morros de cada Rolls Royce.

Ya no pedía ser la Venus de Milo, aunque fuese manca, ni la Victoria de Samotracia para estar en el Louvre aunque decapitada. Le bastaba con haber podido dedicar su vida a ser otra estampa más refinada. Pero no, ella no sería ninguna de esas figuras porque estaba condenada para siempre a posar vestida con aquel atuendo de soldadito mamarracho, incluidos los leotardos, capa corta y falditas de romano. Y para colmo debería llevar al hombro un garrote. ¿Para qué? ¿A quien iba a amenazar con aquella cachiporra que la hacía parecer un muñeco de guiñol más que otra cosa? ¿Qué dignidad marcial le daba aquel palitroque mal talado y peor pulido? NInguna.

Descartada la posibilidad de cambiar su puesto con la Sota de oros, tan enjoyada y orgullosa ella con su medallón, o con la de espadas, portadora de un arma defensiva como Dios manda, María Sota de Bastos se habría conformado con ser la Sota de copas pese a ser consciente del riesgo de alcoholizarse en aquel palo de la baraja sin poder apartar de sí ese cáliz. Borracha y todo habría soportado mejor aguantar tardes interminables de tute, brisca, julepe, mus o siete y media recibiendo en su cara el humo de los cigarros de los jugadores, sus blasfemias y salivazos, o los manotazos tremendos con los que cantaban las cuarenta.

Intentó fugarse con el caballo de bastos, pero a él le iban más los  jinetes que las amazonas. Trató de formar parte de la corte del rey de copas pero todas las rondas estaban ya pagadas. Desesperada, trató de quitarse la vida dejando que le cayera encima el as de bastos, pero la salvó de la muerte por descarte su casco ridículo con dos alitas.

La última vez que supe de ella se había tratado de colar en una baraja de póquer americano, pero todas aquellas cartas hablaban solo inglés y fue un fracaso. Abandonada por descuido una noche en la mesa de un bar por un jugador descuidado vive ahora sola haciendo de marcapáginas en un libro de cocina. Es una carta descartada, pero feliz aunque el  libro sea de Ferrán Adriá.

Donato Zancas

Donato Zancas aseguraba ser hijo natural de Tarzán. No de Johnny Weismuller, no; él decía ser hijo del mismísimo Tarzán. Donato Zancas se pasaba el día en el bar “La selva”, un tugurio del que era propietario y al que aseguraba haber puesto ese nombre comercial en recuerdo de su padre. Según Donato Zancas relataba una y otra vez a los cuatro alcohólicos que seguían tomando vasos de vino barato en la penumbra de “La Selva”, su madre fue brutalmente secuestrada y violada por Tarzán durante un safari por el Congo Belga. Los parroquianos que escuchaban una vez más la historia como quien oye llover, habían conocido bien a la madre de Donato, Pura Zancas, y la recordaban como una de las profesionales del oficio más viejo del mundo que ejerció desde bien jovencita hasta su muerte cuando ya no estaba en edad de merecer otra cosa que no fuera la jubilación y tal vez la medalla al mérito en el Trabajo.

Donato juraba que su madre había terminado en el arroyo por culpa de Tarzán, que ella misma se lo había contado en cierta ocasión cuando, siendo Donato un niño de corta edad, encontró bajo la cama un escueto braslip de caballero con estampaciones de leopardo y otras estampaciones. Pura Zancas, ya mayor, había tirado los precios y recibía en casa a señores de gabardina que hacían cola en el descansillo de la escalera y se saludaban educadamente preguntando “¿quién da la vez?”. Con los ojos arrasados en lágrimas la Zancas reveló a su hijo que aquel sucinto braslip despistado entre las pelusas del suelo había custodiado nada menos que la hombría de Trazán, su padre bioológico.

En este punto del relato Donato invitaba a todos los clientes (tres) a un ronda. Su madre, continuaba perorando Zancas tras el pelotazo de vinazo, le contó que ella, huérfana desde tierna edad y siendo ya una pollita en sazón, había viajado al África negra acompañando a sus tíos y padres adoptivos, los vizcondes de Zancas. Tras el rapto, posterior violación y después de pasar varios días de liana en liana, desorientada, con cistitis y medio sorda por los berridos de la manada de elefantes que acompañaba a Tarzán a todas partes, Pura fue devuelta a sus tíos por una patrulla de soldados nativos tocados todos con un sombrero rojo llamado fez. Ellos (los tíos), lejos de acoger a Pura con el cariño que merece alguien que ha pasado tan duro trance la echaron de casa (al llegar de vuelta a España, eso sí) abocándola al pendejismo callejero de la peor especie.

El niño Zancas se creyó la selvática historia y llegó a la conclusión de que su madre había perdido en la jungla africana su honra y su holgada vida aristocrática para rematar sus desgracias y su ignominia en la aún más cruel jungla del asfalto, y resolvió que mejor habría sido para ella haberse quedado con Tarzán . Obsesionado toda la vida con esta idea y tratando de hacerla feliz, negoció la compra a bajo precio del cadáver de un chimpancé que un veterinario guardaba en un congelador a la espera de una aplazada autopsia. Adquirido el mono, Donato Zancas se gastó un pastón en disecarlo. Lo metió en una urna de cristal rodeado de felechos, cubrió todo con una lona y llegó con él enorme bulto a su casa el día que Pura cumplía los 65 años gritando “Mami, te traigo una sorpresa”. Ella no llegó a levantarse del bidé. Tras gritar horrorizada murió allí de una apoplejía al ver el mono disecado. Mientras agonizaba decía: “puta mona Chita, tu me lo robaste”.

Trinidad y Tobago

Doña Trinidad y Tobago dedicó su vida a la educación. Ni a la buena ni a la mala educación, decía ella, solo a la educación a secas. Porque la educación era para ella un elemento neutro, una mercancía como pudiera serlo el caviar de Beluga, las pipas de girasol o el carbón de Silesia y Pomerania. La profesora Tobago manejaba la educación como los tenderos manejan la mercancía: a tanto el kilo o a tanto el metro. Doctora en Pedagogía del Esperpento por la Universidad de Disneylandia, estableció en su primera y muy recordada reforma que los huesecillos del oído interno serían denominados desde ese momento como panza, redecilla, libro y cuajar, mientras que las partes del estómago de los rumiantes serían el yunque, el martillo y el estribo.

Pasado el primer estupor general de los veterinarios y acalladas por sordera administrativa las quejas del colegio de otorrinos, Trinidad y Tobago supo que lo suyo era hacer reformas educativas por encargo, sin importar la ideología del gobierno contratante ya que concluyó que a todos les daba un poco lo mismo el resultado de sus reformas con tal de que fueran peores que las del anterior legislador. Conseguido dar el primer paso en contribuir a la ignorancia de los estudiantes y la sociedad, un criterio fundamental para ser ministro de educación de cualquier país, la doctora Tobago amplió sus horizontes reformadores.

Después de doctorarse en Geografía Especulativa por la Universidad Pontificia de Perlora, reformó los libros de texto de esta materia pasando a ser Nueva York la capital de España, siendo los sanfermines fiesta de interés nacional en Ceuta y Melilla y determinando que el Ecuador pasaría por una finca que sus suegros tenían en Ciudad Real, provincia de Huesca, estado de Minnesota del Sur.

Ya lanzada en la reconversión profunda del sistema educativo, Trinidad y Tobago consiguió que  “el tanto por tanto, pitusa” pasara a convertirse en la regla básica y universal de las matemáticas escolares, y el “pelín” en la medida básica universal de todas las longitudes, volúmenes y distancias, quedando el metro para desplazamientos suburbanos de personas con pocos recursos. La reforma de las matemáticas se amplió meses después determinando que los múltiplos del “pelín” fueran el pelo de un calvo para dimensiones un pelín mayores que el pelín, el mogollón, equivalente a muchos pelinos, el mazo, equivalente a muchos mogollones, o el pila o la pila, unidad de medida equiparable a infinidad de mogollones. Siguiendo las piadosas recomendaciones del cardenal Amable Alimaña, prefecto de la Congregación para el Analfabetismo Mundial y la Fe y siendo ya ministra sin cartera, Trinidad y Tobago decretó que la Religión sería, además de asignatura curricular y obligada, una de las ciencias exactas. De esta manera la Santísima Trinidad comenzó a representarse como el número “pi” y los niños debían saber multiplicar los panes y los peces para pasar la reválida.

Ya retirada de la política, Trinidad y Tobago ha fundado una universidad privada financiada por varios fabricantes de piensos compuestos para mascotas y a la que diversas instituciones europeas de muchas campanillas encargan anualmente la elaboración del informe PIS.

Salud

Que la reina Letizia haya presidido hace poco el Día de las Enfermedades Raras tiene mucho sentido. Si se mira bien la monarquía es una enfermedad social rara, la padece un grupo de personas que disminuye y nadie hace nada por investigar su erradicación, aunque aumente el número de personas que así lo reclamen. Los reyes se acercan a las personas con enfermedades raras como los toros moribundos se acercan a las tablas del burladero. Tienen querencia porque ellos, los reyes y compañía, saben en el fondo que lo suyo también es una patología descontrolada, aunque no piden que alguien ponga remedio porque lo bueno de la enfermedad monárquica es que, una vez que la pillas, te pasas toda la vida viviendo como un convaleciente mimado. O sea, a cuerpo de rey.

Quizá la incapacidad que se describe para dar con el origen de la rara enfermedad monárquica se deba a que la monarquía es una enfermedad de otra época. Es como descubrir en pleno siglo XXI una cepa de peste bubónica del siglo XIV y olvidar que se han descubierto ya los antibióticos, la lejía y los autoclaves. Higiene, en definitiva. Y llama también la atención que siendo la monarquía una enfermedad hereditaria que se transmite desde hace tantos siglos por vía sexual, las fábricas de anticonceptivos o los investigadores de la genética, el ADN y los cromosomas no hayan encontrado la partícula que transmite el trono por herencia automática, sin pagar impuesto de sucesiones ni nada por el estilo.

Lo más esperanzador es que si las personas que padecen enfermedades raras de las otras, de las de vivir en un hospital y no en un palacio con cargo al Estado, recibieran toda asignación presupuestaria que tiene la monarquía lo mismo estaban curados y este país disfrutaba de una razonable salud republicana. Todo se andará. Lo dicho: salud.

Niños

La alcaldesa de Gijón, Carmen Moriyón Entrialgo,  se casó políticamente con Álvarez-Cascos sin hacer ascos a que aportase a la unión un hijo de hormigón concebido en sus tiempos de pasión con el PP de Aznar, cuando él tenía la llave del tesoro y hacía obras maestras con su miembro presupuestario. Su hijo era el túnel del metrotrén de Gijón que Moriyón acogió en su propia casa, llevada tal vez por el mismo espíritu misionero que la impulsa a acompañar niños al autobús o a apadrinar periódicos afines con la chequera de todos. El PP, casquista entonces sin otra opción, había asistido en su día al bautizo de ese hijo túnel de Cascos vestido con sus mejores galas y diciendo que esa obra absurda era el primer paso de una ciudad moderna y provista de un envidiable transporte público.

Entre medias Cascos se divorció del PP (también) para dedicarse al onanismo político y al mesianismo ideológico desentendiendose de sus vástagos tunelados y hormigonados. Llegó entonces el PSOE y no solo adoptó el túnel de marras, huérfano total, sino que lo hizo más largo, digamos que le dió un hermanito y prometió seguir ampliando la familia hasta llegar al Hospital de Cabueñes en metrotrén para tenerlo muy largo. Pero la cosa quedó ahí. ¿Se acuerdan ustedes de todo eso? Pues bien, el tiempo ha pasado y lo único que ha demostrado el niño hasta la fecha es que es una rémora, como esos hijos que siguen en casa a los 40 años porque no tienen futuro alguno ni quieren buscarlo. Es más, el PP que lo parió, el Foro que lo aceptó y el PSOE que lo apadrinó y hasta le estiró los bajos de los pantalones para que creciera, se cagan ahora en la madre y el padre y el ingeniero que lo engendraron porque ese niño no ha llegado con un plan de vías debajo del brazo como se esperaba de él. Ese niño de cuyo origen y crecimiento no recuerdan nada ni Foro, ni PSOE ni PP, es un gafe, un niño que se niega a crecer e irse de casa.

Impotentes y caraduras, lo que han hecho sus padres, madres y padrinos es llamar a los vecinos (de Gijón) para que les ayuden a llorar su desgracia y a dar voces en castañeu como plañideras de pago. Como dicen que lloró el memo de Boabdil la pérdida de Granada, el poder y la oposición lloran y  tiran la toalla, derrotados por el niño túnel que no ha crecido hasta ser un plan de vías de provecho y nos quieren convencer ahora de que la culpa es del túnel, no de su mala o nula gestión aquí y en Madrid. Mañana dejaré a mis hijos con la vecina. Yo no puedo con ellos.

 

Macedonio Peral

Macedonio Peral dedicó casi toda su vida al insólito y muy lucrativo negocio de ser inventor. Inventor de mentiras. Debe entenderse bien este oficio, ya que Macedonio era un tipo sincero a carta cabal. Jamás mentía en su vida privada pero era capaz de inventar las trolas mejor elaboradas y creíbles para ser empleadas en la vida de los demás, de sus clientes. Porque Macedonio tallaba mentiras como si fueran diamantes y llegaba a cobrar por ellas auténticas fortunas. Sus falsedades de encargo eran joyas y a ese precio las vendía. Eran mentiras de autor, no simples falsedades de la copa del pan.

Aprendió el oficio de joven en el taller de su abuelo, Vitrubio Peral, zapatero de oficio que, de vez en cuando, ayudaba a sus amigos a crear disculpas muy creíbles para llegar tarde a casa después de estar de putas o bebiendo como cosacos hasta el agua de los floreros. Todas sus trolas colaban. Vitrubio, tan honesto como su nieto, no mintió jamás a su esposa Rufa pero ayudó a que sus amigos cometieran todo tipo de adulterios y tropelías facilitandoles argumentos tan falsos como indestructibles mientras remendaba unos mocasines o ponía tacones, espais o medias suelas a destajo. Vitrubio se veía  así mismo como el tabernero abstemio que vive del alcoholismo pero, a la vez, asume la labor social de dar de beber al sediento.

Macedonio vio pronto el filón comercial de aquel talento familiar para la mentira en cabeza ajena que él había heredado y decidió explotarlo por cuenta propia abriendo un taller de medias verdades porque como principiante le parecían más fáciles de fabricar que las mentiras puras. A la puerta de su local colocó una placa similar a la de un notario o un registrador de la propiedad en el que se podía leerse:

Macedonio Peral. Inventor.

Se remiendan verdades.

Se miente por encargo.

Se cogen puntos a las medias.

 

Sin embargo pronto vio que una media verdad es material caducado, muy difícil de hacer pasar por mentira pura ya que los remiendos de mentira sobre verdad suelen tener las costuras muy endebles, así que decidió fabricar falacias de primera mano, nuevas. Citaba aquí a las Sagradas Escrituras: “No metáis vino nuevo en odres viejos”. Empezó su carrera dando a su primo Isaac una disculpa fabulosa para no casarse con su novia de toda la vida. Ese fue el primer paso para que su reputación corriera como la pólvora. La frase “no es por tí, es por mí” se atribuye con razón a Macedonio Peral, lo mismo que expresiones tan populares y universales como “no es lo que parece”, “solo somos amigos”. “qué bien te veo”, “pongo la mano en el fuego por su honradez” o“no pasan los años por tí”.

Bajo la divisa de que “no hay mentiras, solo hay verdades alternativas” Macedonio se inventó las carreras militares más heroicas que desembocaron en generalatos de mucha estrella en la bocamanga; los currículos cum laude de analfabetos redondos que llegaron a honoris causa, o admirables vidas de cardenales cuyas llagas no eran místicas, sino simples chupetones de sacristía. Algunos aseguran que Peral fue llamado por la NASA para montar el tinglado de un falso viaje a la Luna, aunque no pudo aceptar el encargo por no dominar los idiomas.

Macedonio solo ponía una condición a sus clientes: ser capaces de representar bien la mentira que él les había fabricado con tanto esfuerzo y talento. Bajo esta premisa consiguió que Adolfo Suárez pasará por un demócrata de toda la vida, que Felipe González se las diera de rojo durante años y nos metiera en la OTAN y que Fraga pareciera no haber conocido a Franco. Los años trajeron a su taller a mentirosos con mucho dinero pero cada vez con menos vocación, incapaces de exhibir con elegancia sus bulos de encargo, menrtirosos chungos y sin glamour. Quiso dejar el oficio cuando Luis Roldán se le cayó con todo el equipo después de tantos años de perfecto embuste. Fue el primer aviso de una larga cadena de disgustos tales como la falta de profesionalidad de algunos Borbones para quienes Macedonio tejió reputaciones inmaculadas que ellos se cargaron en dos safaris.

Tiró la toalla con Aznar y Rajoy: “no fingen una verdad ni cuando la dicen”, escribió sobre ellos Macedonio Peral en sus memorias tituladas: “Si te digo la verdad”.

 

Soprano

(Publicado en el número 37 de Atlántica XXII)

Hay una Asturias que da mucha pena y otra que da mucha risa. Tenemos duelo y perrería en muy pocos kilómetros cuadrados, qué territorio tan bien aprovechado. Y resulta que esas dos Asturias son una sola, porque los protagonistas del circo y del velatorio son las mismas personas. Verbigracia. Lo de Fernández Villa es una versión chusca y cuencata de los Soprano, la celebrada serie de David Chase en la que el protagonista era un mafioso con ataques de ansiedad (o de confusión). En Nueva Jersey y en Tuilla los capos gastan las mismas cazadoras de cuero, las mismas esclavas de plata en la pulsera, los mismos gustos caros, los mismos todoterrenos,  los mismos manejos, las mismas estafas, idénticos apaños, el mismo lenguaje encriptado, la misma jeta amenazante y patibularia ante los periodistas.

Los “somapranos” serían una juerga si no fuese porque son una caricatura siniestra de una poderosa izquierda asturiana que puso y quitó a candidatos y apadrinó carreras políticas interminables. Hemos estado gobernados por los Soprano creyendo que, pese a sus salidas de tono coloristas y a su modales bruscos, eran tipos honrados, tipos de una pieza, sindicalistas a prueba de cualquier tentación capitalista  que llevaban en la boca durante las 24 horas del día el catecismo de la verdadera izquierda.

El viejo mafioso de los genuinos y televisivos Soprano que finge confusión mental y desmemoria para evitar dar explicaciones de sus actos ante la justicia, recuerda demasiado a quien fue el gran patrón de la izquierda asturiana durante décadas, a ese a quien los periódicos dedicaron una semana tras otra titulares enormes porque su palabra era la ley y no había carretera, obra, subvención, cargo, o influencia que no estuviera bajo su implacable ojo de halcón. Ese tipo que entraba en todas partes como entran los capos Soprano, repartiendo a la vez autoridad y campechanía, temor y confianza, es ahora un anciano tembloroso y desaparecido en su confusión post amnistía fiscal. Aquel Júpiter tonante que predicaba en Rodiezmo los males eternos de la izquierda si se dejaba tentar por las añagazas del capitalismo es el mismo que escaqueaba a su propio y querido sindicato hasta el último euro de las dietas que cobraba por cada reunión a la que acudía en calidad de guardián de los intereses del proletariado minero.

Al destaparse la alcantarilla del sindicalismo minero con todas sus salpicaduras, entradas y salidas de personajes extraños, cuentones mal contados y mentiras urdidas tomando media de vino en casa Hermógenes, de pronto hemos visto cumplidos nuestros peores presagios: la imagen de Asturias está construida sobre el club de la comedia y el sindicato de la trampa revestidos de esencias que mezclan los alamares y pelucones monárquicos más apolillados con el falso sindicalismo de restaurante de cinco tenedores, puticlub de carretera y chequera libre de impuestos. El rimbombante Principado es cada vez más parecido al reino del ogro Srek gobernado por un ser insignificante y sin poder, donde nada de lo importante se termina y todo lo accesorio cobra una importancia colosal. Jamás sabremos cómo se hizo El Musel y cuántos se hicieron ricos gracias a esa obra que nunca tuvo honra y sigue sin tener barcos. Jamás veremos finalizada la integración ferroviaria de Gijón porque el túnel se hizo antes que asegurar los trenes, como tampoco habrá nunca una fecha para completar la variante de Pajares, pese a que ahí ya hay trenes pero no hay túneles.

Qué filón inmenso para la comedia es la historia diaria de Asturias, esta patria querida de la que huyen el dinero, el talento y las decisiones políticas de talla, esta comunidad autónoma que se queda cinco días sin trenes a causa de las nevadas sin que nadie tenga ya fuerza, valor, capacidad, contactos o coraje para poner patas arriba esos tan carareados contactos en la pomada madrileña en la que se reparte el pastel.

Qué risa, qué pena, que Asturias tan cómica, tan trágica, tan llena de buenos vasallos si hubiera buenos señores, tan estafada, tan ignorada, tan cansada y envejecida, tan harta de promesas sin cumplir, tan fartuca de salvadores de pacotilla y tahúres de la política que sigue arreglando lo suyo mientras juegan al póquer con Tony Soprano y aún esperan ganar.

Josep Lluis Manguerols

Josep Lluis Manguerols, conocido como “Ojitos Catalanes” o el “General Óptico”,  fue bizco por amor hasta su muerte. Nació en Mollerusa con un estrabismo tan pronunciado que su primera palabra no fue “mamá”, sino “mamás”, convencido de que era amamantado, criado, alimentado y vestido por dos mujeres idénticas que actuaban con un perfecto grado de coordinación simetría y sincronización. Creyó hasta ser adulto ser hijo de un hombre y medio. Su padre, Jordi Manguerols, era un paisano tan corpulento que el estrabismo de Josep Lluis no era capaz de captar completa la doble imagen de aquel cuerpón.

Los ojos torvos y tontilocos del pequeño Manguerols veían un paisano completo y la mitad de otro, razón por la que el rapaz llegó a desarrollar un complejo y medio de Edipo que le obligó a asistir a sesión y media de terapia psiquiátrica. El padre murió atropellado por un autobús cruzando la calle guiado por su hijo. Josep Lluis le dijo “tira que vostè lliures” (tira que libras) creyendo que el segundo autocar que veía venir hacia ellos era una ficción producida por su bizquera. Pero no, aquél día la Compañía de Tranvías de Mollerusa tomó la decisión de doblar el servicio ante el aumento de la demanda. Así pues, el segundo vehículo era tan cierto como el enorme destrozo que su carrocería provocó en el cuerpazo del señor Manguerols padre, que en paz descanse.

La muerte trágica de su padre por culpa de su defecto visual hizo que Manguerols hijo se convirtiera en un personaje triste y amargado. Un bizcotur, según cierta definición bastarda que circula por ahí, recogida por Camilio José Cela en “La Colmena”.

Josep Lluis se dió a la bebida hasta el punto de llegar a ver hasta 22 réplicas simultáneas del mismo camarero echándole del bar, “fills de puta, venir un per un” (“abusones, venid de uno en uno”), protestaba en medio de su delirio ocular y etílico. Rechazaba tajante la expresión “il·lusions òptiques” (“ilusiones ópticas”) porque para él todo lo que entraba por los ojos eran decepciones ópticas. Haciendo la mili mutiló a varios reclutas en el campo de tiro a causa de su imprecisión al apuntar, razón por la que fue licenciado con desonor y el mote humillante del General Óptico. Probó luego trabajos varios con poca suerte. Empeñado en ser trapecista sufrió y provocó graves accidentes porque nunca agarraba donde debía. Con el alias de “Ojitos Catalanes, visionario profesional”,  probó a ser adivino pero lo dejó porque solo era capaz de ver el pasado. Fue contable unos meses de la familia Pujol Ferrusola pero lo echaron por duplicar pérdidas y ganancias a ojos vistas. “Per fer això només prenc” (“para hacer eso ya me valgo yo solito”), justificó el patriarca al despedir al pobre estrábico y extraviado Manguerols.

A punto de arrancarse los ojos para dejar de sufrir conoció a Pepita, una cabaretera del Paralelo ya retirada, coja y pintada como una mona que, pese a su extrema fealdad, era una jamona desde la deteriorada óptica de Manguerols. Su bizquera cobró sentido entonces ya que le permitía ver doblemente a su amada, fea pero suya y conseguida en un dos por uno. Un chollo. Recientemente, Josep Lluis ha sido expulsado de la ONCE por doble contabilidad.