Hasta pronto

Hola. Solo unas líneas para despedirme. Dejo de escribir durante un tiempo. No sé si será una semana, un mes, un año o una vida. ¿Por qué? Porque cada vez me cuesta más ser original, no caer en ser uno más del simple coro de opiniones que le dan mil vueltas a la noticia del día como los niños mastican una y otra vez el filete de carne que se hace bola. Lo que escribo es cada vez más previsible y tópico, hecho con más prisa, pensado en el rápido escrutinio de las redes sociales, redactado con menos riqueza expresiva y escasa técnica. No me gusta, en una palabra. Así que me callaré un tiempo y trataré de leer más y aprender cosas de quienes de verdad escriben bien.

No quiero cerrar este periodo sin daros  las gracias a todos por vuestro seguimiento, apoyos, críticas y sugerencias. Los he tenido en cuenta. También quiero agradecer la excelente acogida que estáis dando a nuestro libro “Artículos de Saldo” que, sin pretenderlo, cierra una etapa o quizás todo un ciclo de escritura que lo mismo muere aquí.

Gracias a todos y cada uno de mis lectores y lectoras. Gracias porque habéis sido la mayor recompensa y porque he descubierto en vuestro cariño y respeto a muchos buenos lectores de estas letras mías y de otras mucho mejores.

Gracias a RTPA por las entrevistas promocionales de “Artículos de Saldo”. Entre la radio y la tele pública hemos sido protagonistas de unos cuantos minutos en todas las franjas horarias: “La radio es mía”, Informativos de radio y tv, “Directos al mediodía”, “De hoy no pasa” y “Noche tras noche” nos cedieron tiempo para contar de qué va nuestro libro.

Gracias también a los digitales “Asturias 24” y “Asturias hoy” por sus crónicas de la presentación del libro y por la entrevista de Chema Caso en el digital que dirige Fernando Allende. Gracias también a SER Gijón y SER Avilés por sus entrevistas y a Onda Cero de Gijón. Agradecido también a la reseña de La Nueva España de Gijón.

Lamento mucho la mezquindad del diario El Comercio, incapaz de publicar una sola línea en sus páginas (salvo una breve referencia en la agenda digital) pese a que como algún día leerán si les apetece su nombre a aparece entre los agradecimientos de mi libro. No me arrepiento de ello pese a estar gobernado este periódico por gentes a quienes lo que pasa en Gijón parece  interesar poco.Los vendedores de letras no las aprecian tanto como dicen, aunque la edición corra a cargo de una empresa asturiana de esas que tanto dicen defender. Tal vez si yo me apellidase Furundarena o similar, o perteneciera al grupo gijonés de los “Von siempre” mi poca voz tendría algún eco en el periódico en el que tantos años trabajé.

En fin. Gracias a la gente en general, a los normales, a los de toda la vida, a los que son del montón como lo soy yo mismo.

Volveremos a vernos, seguramente.

Cuento de Reyes

La otra noche triunfé. No, no es eso que están pensando. Fue un  triunfo extraño que paso a relatarles. Tras lavar los dientes, hacer pis (no sin alguna dificultad) y rezar mis oraciones me acosté con ánimo de dormir. Pero no fue así. Miré el despertador a las 2, las 3, las 4, las 5 y las 6 de la mañana. Si yo fuera niño se supondría que mi desvelo era fruto de los nervios y del deseo irrealizable de pillar “in fraganti” a sus majestades de Oriente colocando los regalos. Pero no. Uno ya ha dejado de ser niño hace siglos (salvo en la atracción irrefrenable hacia la lactancia materna) y resulta que la noche del insomnio de la que les hablo no era la de Reyes, sino la anterior. De manera que lidié el tedio de la vigilia con lecturas, interneterías varias y, finalmente, recurriendo a las drogas legales que me receta mi querido psiquiatra. Calculo que ya eran más de las seis de la mañana cuando conseguí dormir y, mire usted por donde, el sueño me compensó con creces de la aburrida vigilia de ojos como platos.

1. Jamelgos y jamonas

Héteme aquí que el sueño me llevó a pasear por una ciudad que era una extraña y calculada mezcla entre Barcelona y Gijón. En mi calidad de paseante onírico asistí primeramente a una extraña competición ecuestre que se celebraba en un acantilado en el que se mezclaban los bellos paisajes de la Providencia con los de la Barceloneta. Los caballos que competían en la prueba de marras eran rucios medio asilvestrados, tozudos, con muy malas pulgas que, eso sí, iban montados por unas chicas rubias de muy buen ver, óptimamente dotadas para la lactancia materna, todas macizas, risueñas, despreocupadas, ligerísimas de ropa aunque dentro del debido recato y muy atractivas. Yo creo que eran extranjeras. De pronto, uno de los jamelgos se desmadró atemorizando a una de las bellas amazonas y yo, como un cow boy avezado, me interpuse entre el fiero jumento y la rapaza evitando un incidente. Juro por Dios que, al mirarme de cerca, el caballaco tenía una expresión facial clavada a la de Pablo Motos.

Sin solución de continuidad y sin pagar taxi, autobús ni usar vehículo particular (ventajas sostenibles de desplazarse en sueños) me hallé de paseo por un despejado bulevar con vistas al mar. Era el Muro de San Lorenzo, pero yo tenía constancia de seguir en Barcelona. Aunque en la escena de la jira campestre caballar el tiempo era soleado y el ambiente veraniego, al trasladarme al centro urbano constaté una rápida caída de las temperaturas y una humedad relativa del aire invernal y pertinaz. Pese a ello yo deambulaba por las calles vestido con un sucinto pantalón corto y cubriendo mi tronco y extremidades superiores con una especie de americana. El conjunto se completaba con una manta muy pesada que ora me colocaba a modo de pareo para cubrirme las piernas, ora cruzaba sobre mi pecho y mi espalda ofreciendo a primera vista (y a segunda también) el aspecto de un pastor en plena trashumancia o el de un refugiado recién descendido de  una patera.

2. Pablo y Tania

Pese a este desarrapado, torpe y excéntrico atuendo que en la vida real habría provocado cuando menos mi identificación por parte de los Mossos D’esquadra, yo procuraba caminar erguido y con prestancia a fin de pasar inadvertido en una ciudad tan elegante y cosmopolita como la Ciudad Condal. Y mira tú por donde que, de pronto, veo venir hacia mi a Pablo Iglesias vestido con una trenka marrón y cogido del bracete de su novia Tania. Ella, muy amable, me saludó al cruzarnos con un movimiento de cabeza, gesto de consideración que yo atribuí a que, siendo ella una persona tan culta, había leído ya mi libro “Artículos de saldo” y, por ende, reconocía mi cara gracias a la foto que se reproduce en la solapa de la publicación. De igual manera que dejo aquí constancia de la gentileza y urbanidad de Tania,  he de decir que Pablo Iglesias me decepcionó ya que ni siquiera amagó una sonrisa de compromiso. Cuando ya me hubieron rebasado y a modo de venganza, giré la cabeza con la disculpa de observar por detrás la cola de caballo del joven líder político, aunque lo que quería ver en realidad era el culo de su novia, embutido a la perfección en un pantalón vaquero que pese a estar fabricado en un país imperialista y capitalista, permitía apreciar la perfecta turgencia, contorno, tamaño y presentación de las nalgas de la lideresa. Pensé entonces que tendría que cruzarme de nuevo con ellos, buscar la maniobra para hacerme el encontradizo,  presentarme como comunicólogo de provincias, decirle a Iglesias que deje de salir en la telebasura y, de paso, fijarme con mayor atención en las sugerentes formas de su chica.

Así que colocando la manta como mejor podía para no pasar frío y a ser posible no hacer mucho el ridículo, me dirigí caminando hacia lo que yo supuse que sería el destino de la culta parejita: la Universidad Pompeu y Fabra que, cosas de la fase REM, se hallaba ubicada en pleno barrio de La Arena (Gijón). Allí llegué vestido como un mamarracho y traté de otear entre la muchedumbre de estudiantes que iban y venían la coleta de Iglesias, el culo de su novia o viceversa. Pero de nuevo el sueño decidió por su cuenta y, sin más, me ví sentado en medio de una animada tertulia de intelectuales catalanes que reían y celebraban bromas muy para iniciados y muy para catalanoparlantes, cosa que un servidor no es.

3. El vermú

Por no parecer más tonto de lo que soy y ya que sentado a la mesa de los tertulianos podía usar la manta piojosa para cubrirme las piernas y dejar a la vista mi tercio superior algo mejor vestido, yo asentía a todo poniendo cara de estar en la pomada y me carcajeaba a coro ante las cosas que contaba un tipo de pelo cortado a cepillo, muy delgado y hablador al que conseguir entender una cutre historia doméstica. El intelectual, catedrático de alguna cosa, relataba a sus contertulios que cada vez que su mujer le mandaba a por el pan su hijo mayor, estudiante de algún posgrado por lo que pude entender, le obligaba a acudir al despacho de la doctora Puigcerdá, antigua compañera de aulas del intelectual y puede que novieta de juventud, a pedirle algún favor extracurricular para estimular su expediente académico. El padre accedía de mala gana por no desairar al hijo, un zote y un caradura por lo que de la historieta parecía desprenderse. “Para eso nos quieren los hijos”, decía resignado aunque con aire risueño y bondadoso el contertulio apoyado moralmente por todos nosotros con sonrisas benevolentes y cabezadas simultáneas de complicidad.

Por suerte para mí y cuando casi me tocaba decir algo en la tertulia, apareció un chef perfectamente uniformado de blanco que bien pudiera haber sido Ferrán Adriá. Aunque eran poco más de las 12 el rey de los fogones saludó a todos en catalán con algún parlamento acerca de las novedades de los fogones de última generación, ordenó servirnos unos vermús cojonudos con aceitunas verdes y, ni corto ni perezoso, se puso a sorber de un cuenco una especie sopa de verduras con gran aparato de ruidos y borborigmos. “Es mi hora de comer, pero ustedes sigan, sigan”, decía el chef salpicándonos a todos con trocitos de pimiento rojo que salían de su boca, muy mal ajustada para el uso simultáneo del aparato masticador y del aparato fonador.

4. Hotel Cary

Sin saber cómo me ví en la calle, libre ya de tertulianos, algo salpicado de hortalizas y siguiendo en sueños las mismas costumbres que tengo en mis tiempos de vigilia, me metí en un bar cuyo nombre y fachada me eran familiares por haberlos visto en algún suplemento gastronómico que en nuestros tiempos cubren el espacio que los periódicos dedicaban antes a dar noticias. Al entrar me topé con la minúscula recepción de un hotel decorada al gusto de los años sesenta y que compartía el mismo espacio con un bar restaurante de mesas de madera cuadradas cubiertas con manteles de tela algo ajados tras millones de lavados con lejía peleona. El sitio era antiguo y demodé aunque en conjunto el aspecto de todo era limpio y digno de modo que podría decirse que era “vintage”.

Sobre el casillero del que colgaban las llaves de las habitaciones se leía en letras de hierro forjado: “Hotel Cary, desde 1951”. Junto al rótulo completaban la estampa un cuervo disecado y una herradura. Pedí un vino, nunca debí hacerlo, ya que la patrona me sirvió un caldo rasposo y avinagrado cuya procedencia y año de cosecha se perdían en la noche de los tiempos. Había dejado mi inseparable manta en alguna parte de manera que, sin darme cuenta y para mitigar el frío, me metí en una cama turca que había en un rincón del comedor. Debí quedarme traspuesto ya que al despertar de mi cabezadita observé que el comedor estaba lleno de grupos de señoras mayores que como salidas de una excursión del Imserso ocupaban las mesas en animada conversación y encargaban sus comandas a voz en grito y en un catalán estridente e imposible de entender. Una de ellas golpeaba la mesa con la mano abierta y pedía con ansiedad raciones y más raciones de una cosa que yo entendí como una versión local de la ensaladilla rusa. La camarera, vestida con un impoluto delantal blanco, hacía notar a la anciana lo desmedido de su petición pero la otra hacía caso omiso a las recomendaciones de la profesional.

Muy turbado al verme en aquella ridícula situación, pedí disculpas a la camarera por haber ocupado la cama turca para tomar un vino (asqueroso, pensé). Ella se mostró comprensiva en un perfecto castellano y me dijo que el precio del vino era “un eurazo”, expresión que agradecí por ser dicha en castellano y contener además un guiño de humor que implicaba el perdón total por mi siesta en medio del comedor del Hotel Cary. Antes de despedirme del respetable quise mostrarme desenvuelto y cosmopolita y pensé pronunciar una despedida global dirigida a las parroquianas y a las amables hosteleras con unas frases en catalán. Cuando trataba de ordenar cuatro palabras y decir “adeu, macas” el sueño terminó.

Epílogo

Desperté pasadas las 11 de la mañana del 5 de enero recordando aún con todo detalle el extraño periplo desde la competición ecuestre hasta el Hotel Cary de grato recuerdo. Cuando mis neurotransmisores lograron recuperar una cierta normalidad pensé que tal vez los Reyes Magos existan de verdad y nos regalen a los descreídos pedazos de mundos surrealistas con los que compensar unas horas de insomnio. Eso sí, lo hacen una noche antes de la noche de Reyes, en su tiempo libre y como una broma con la que un idiota ha armado una historia en estos folios con la misma intensidad con la que de niño armaba un 6 de enero el deseado Mecano.

¿Podrán?

Envidié mucho a los votantes de Podemos en las elecciones europeas. Les envidié por haber tenido la capacidad de ser visionarios, arriesgados y mostrar un sentido cívico y de responsabilidad como votantes superior al de la media. ¿Por qué? Por seguir creyendo que el ciudadano de a pie, la infantería social que está en primera fila para llevar todas las hostias tiene  aún poder para cambiar el rumbo de un Estado y darle sabor al guiso desabrido de la democracia. Podemos lo ha cambiado todo porque ha desvelado la impotencia del Poder con la mera insinuación estadística del poder real que tienen los presuntamente impotentes. El poder de la impotencia y la impotencia del Poder llevan desde entonces luchando por cada metro de terreno. Y pese al coro bien organizado y financiado de perros guardianes que se lanzan con fiereza contra la coleta de aquel, la beca del otro o la novia del primero, la ola no ha dejado de subir. En mi ranking del cansancio mediático como espectador ocupaban hasta ahora el primer lugar los cansinos, arribistas, untados y pelotilleros palmeros del Real Madrid y el impoluto “don” Florentino Pérez y todos los soplapollas que crecen a su sombra. Pero el efecto Podemos ha cambiado hasta mis odios televisivos colocando el primer lugar y a muchos puntos de ventaja sobre los filósofos de la futbolina a la jauría del periodismo de cámara (de cámara séptica) y a la politigalla que ha hecho peña contra el sentir, el desear y el opinar de aquellos a quien dicen servir y atender: los ciudadanos.

Todo ha ido por su orden. Primero la sorpresa, luego la infamia, después el terror y ahora han venido quienes desde el PP (pásmate, de Guindos) tratan de dar una explicación coherente y con barniz científico a lo que es Podemos. Llegan tarde una vez más a su propio entierro estos explicadores de la realidad que primero negaron. Ya sabemos por qué existe Podemos.

No cabe duda de que Podemos seguirá creciendo y lo hará en la medida que sea capaz de no dilapidar su único patrimonio: la confianza de un electorado harto de estafas. Ahora bien, en el momento en que Podemos pasa de las musas al teatro, pone caras y nombres a sus gestores y candidatos y eso empiece a oler a componenda el encanto habrá quedado reducido a la mitad. Y aquí es donde a uno le entran las dudas. Hay demasiado mesianismo y algo de pedantería mal embridada en Pablo Iglesias, demasiado personalismo y una sobreexposición mediática que es imposible gestionar con rigor y sin cometer errores.

Y yendo más abajo, a mi no me entusiasma en absoluto que sea Mario Suárez la cabeza visible de Podemos en Gijón. No tengo nada contra este señor, excelente persona según me cuentan y elegido además en un purísimo proceso democrático que otros nunca organizarán. Sin embargo Mario Suárez me suena a demasiado visto, a ser un personaje más del amasijo político-sindical-social-cultural-reivindicativo que lleva mareando la perdiz más de treinta años en Gijón a base de liberados sindicales, políticos y demás familia. Con todos mis respetos, Mario Suárez me suena a eso y a ser el caballo de Troya de los restos del naufragio de una extrema izquierda compuesta por los de la teoría de “cuanto peor, mejor” que han encontrado en Podemos el penúltimo banderín de enganche para tocar pelo de poder. No me gusta el panorama porque ha rebajado aún más mi ya escaso entusiasmo por la política. Ojalá yo esté equivocado y Podemos no se quede en Casi Pudieron. Para mi, de momento, son ¿Podrán?.

Tirando

Cambiamos de año cada 365 días. Cambiamos de coche cada equis años. Ahora ya cambiamos más de año que de coche y llegará un momento en que no cambiaremos ninguna de las dos cosas. Cambiamos porque toca, a veces sin ganas, ni siquiera por necesidad. El año pincha y se le caen las piezas a cachos, como al coche. El día a día se llena de abollones, su aspecto pierde brillo, como el coche. El coche empieza a hacerse incómodo, gasta demasiado para lo que ofrece a cambio y cada avería es peor que la anterior, como el año. Y entonces vamos al concesionario a que nos cambien un año por otro y un coche por otro. Lo hacemos porque necesitamos año nuevo y coche nuevo para seguir adelante, para llevar a los niños al colegio, para escapar hacia ninguna parte. Viajamos en el tiempo de enero a febrero y luego soñamos con agosto para que el coche nos lleve lejos de nosotros mismos.

Y nada más volver de la inútil escapada estival ya le estamos metiendo caña al año para que llegue pronto diciembre aunque sabemos que ese viaje supondrá una sangría de horas y minutos que pagaremos tan caros como cada litro de gasolina. El tiempo y los octanos se queman y son irrecuperables. El tiempo que alimenta nuestras vidas, cada uno de nuestros años, es un combustible fósil que tiene fecha de caducidad como nuestra existencia, como nuestros coches. Y no somos productores de tiempo ni de petróleo, nuestra dependencia es total. Pagamos tiempo y gasóleo  a precio de lujo sabiendo de su inconsistencia, somos yonkis de tiempo y gasolina. Pero es igual. Seguimos el rito porque estamos en la rueda y hay que  modernizarse, renovarse, dar el pego. Siendo jóvenes nos ilusionaba por igual cambiar de año y cambiar de utilitario. Sentíamos un enorme subidón cada Nochevieja y cada vez que podíamos cambiar de coche. Cuando uno es joven piensa  que en el próximo año y en el siguiente monovolumen estará la solución, la velocidad definitiva, los viajes más exóticos y las mejores aventuras. Pensamos que en el año nuevo y en ese flamante coche viajarán la mujer más excitante, el hombre más divertido, el contrato indefinido, el aumento de sueldo, el ascenso, las ganas de todo, la salud, el dinero y el amor.

Un día caemos en la cuenta de que después de tanto tiempo cambiando de año y de coche nos siguen estafando. La experiencia y la repetición no nos han hecho expertos ni en años ni en máquinas. Ni nuestros años ni nuestros coches ha salido tan bien como nos prometieron. ¿Cómo es posible? Nos hemos leído al detalle cada folleto sobre el último modelo del deseado vehículo y hemos prestado la máxima atención a las ventajas que traerá a nuestra vida la versión más avanzada del software existencial que nos instalarán durante los doce meses siguientes. Pero nada. Todo se queda en medias verdades y ni los años ni los coches huelen a nuevo. Descubierta la trampa terminamos por conformarnos con coches de segunda mano y años de segunda mano a los que apenas prestamos atención. A estas alturas todo vale. El caso es ir tirando.