Vicente Díez Faixat: arquitectura personal

Foto de Marco Antonio Fernández Fonseca

Foto de Marco Antonio Fernández Fonseca

Vicente y Covadonga eran una exótica y amorosa pareja que paseaba por Gijón con una niña india llamada Agnes (su procedencia y el nombre lo supe muchos años después). Sabíamos que Vicente era arquitecto y que era hermano de aquél enigmático barbudo que paseaba el Muro de San Lorenzo cuatro veces al día. Llevaba ya entonces una barba que podría ser de progre al uso en aquellos tiempos, nada fuera de lo normal salvo su mirada apacible. Pero Covadonga era la belleza y el misterio a partes iguales con su piel siempre morena, su pelo intensamente negro recogido en una trenza y una forma de mirar el mundo tan apacible y acogedora como la de su pareja. Todo en ellos era diferente, aunque en ellos se notaba un afán por pasar inadvertidos. Sencillamente eran así.

La simple aparición de aquel peculiar trío en el mundo pequeño y rectilíneo del Gijón de hace más de treinta años, excitaba mucho nuestra imaginación de chavaletes y nos llevaba a mantener acaloradas discusiones acerca de si Covadonga (entonces tampoco sabíamos cómo se llamaba) eran una genuina india de las praderas americanas. En eso estábamos más o menos de acuerdo, aunque se discrepaba sobre si su procedencia era apache, comanche o pawnee. Habíamos visto muchas películas, Covadonga es de Gijón.

La suerte y la vida me han llevado a seguir cruzando mis pasos con los de Vicente Díez Faixat en muchas ocasiones: cuando dimitió por coherencia personal del único cargo público que tuvo; cuando se fue a Sarajevo con una caravana solidaria; cuando no tuvo pelos en la lengua para hablar de los desastres urbanísticos que se perpetraban en este Gijón o cuando empezó a apadrinar proyectos solidarios en medio de África. De él he aprendido que la arquitectura entendida como una disciplina completa es la que ejercen individuos que, como él, construyen a la vez su propia persona y los edificios que diseñan. Vicente se ha construido y se sigue construyendo a sí mismo con una mezcla de tozudez ideológica en la defensa de sus principios que no le impide ejercitar una inmensa capacidad de diálogo, de integración, de integridad, de dar guerra sin renunciar a hacerlo en paz, de discrepar sin quitar la palabra al otro y de seguir mirando el mundo con la mezcla justa de desasosiego y esperanza, de paciencia y de urgencia.

Vicente es un buen hombre en el sentido más machadiano de la palabra bueno. Lo años han ido acentuando físicamente los signos de la bondad con la que ha construído su vida. La última vez que hablamos le dije que cada vez se parecía más a esos maestros de filosofía oriental dotados de un poder irresistible para convencer con la mirada y enseñar con la propia vida. Él cree que exagero. Sus amigos dispersos en en lugares tan lejanos como México, Senegal o Japón hablan sin palabras de los cimientos de humanidad, solidaridad y universalidad sobre los que se ha ido edificando este hombre sabio, inteligente, agudo y comprometido con los más vulnerables. Su mirada sigue teniendo la misma limpieza y calidez que la que tenía cuando su hija mayor era un bebé recién adoptado. Sus palabras se pronuncian con la contundencia de quien está convencido de que solo la verdad nos hará libres, pero pronunciadas con la sencillez de quien se reivindica a sí mismo como uno más. Vicente sigue construyendo su familia, su persona y el mundo que le rodea desde la rebeldía del hombre maduro que pudo haberse quedado en ser un niño bien, un arquitecto más en medio de un mundo en ruinas que, sin embargo, él sigue queriendo rehacer con sus manos y las de quienes quieren parecerse en algo a las personas que, como Vicente, hacen que el mundo sea a veces un salón de estar acogedor en vez de un campo de refugiados.

Que sea por muchos años.

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