Pío Bracinos

La biografía presuntamente apócrifa de Pío Bracinos abre en este blog la sección “Vidas de ejemplares”, una recopilación de existencias improbables aunque no imposibles que cada semana saldrán al aire en “la Radio es Mía” de TPA. programa dirigido, presentado e inventado por Pachi Poncela.

Aquí está el mp3 de hoy.

audio=”http://www.ivoox.com/pio-bracinos_md_3704444_wp_1.mp3″%5D <a href=”http://www.ivoox.com/pio-bracinos-audios-mp3_rf_3704444_1.html&#8221; title=”Pio Bracinos”>Ir a descargar</a>

Anuncios

Hospital

Un día en un hospital aclara mucho las cosas. En medio de ese olor a formol, fritanga o desinfectante, perdido por esos pasillos en los que uno lee carteles con mensajes misteriosos como ‘zona séptica, no pasar’, en los que se cruzan un carrito lleno de bocadillos con otro lleno de historiales médicos y ambos adelantan a una camilla con piloto y copiloto que sale de boxes hacia el quirófano, el huésped del hospital ve todo con claridad. Se despejan allí, de un golpe, conceptos como suerte, desgracia, dolor, tiempo, paciencia o burocracia. Allí es donde las clases sociales sólo son tres: sanos, enfermos y médicos, el lugar donde se puede releer diez veces la misma noticia del mismo periódico, y donde se escrutan las caras de médicos y enfermeras a la busca de un gesto que valga por mil diagnósticos.

Un hospital es el sitio en el que uno promete en silencio no volver a fumar nunca, mirarse la tensión, revisar ese bulto, y prescindir de los chupitos. Es el banco de pruebas de nuestro sentido del humor, de nuestra paciencia y de nuestro culo porque ese es el lugar donde un diseñador de muebles (a quien Dios confunda) colocó las sillas de acompañante de enfermos más incómodas de la galaxia.

En un hospital se entiende bien la ley de la relatividad. El tiempo y el espacio tienen otro significado, las horas se miden en bolsas de suero o en turnos de enfermeras y celadores y uno se da cuenta de que podría estar peor de lo que está. O también mejor. Allí sentado y con la única tarea de esperar, uno entiende muy bien a Woody Allen cuando escribe que las dos mejores palabras que uno puede oír en ciertas ocasiones no son «te quiero», sino «es benigno».

Respuesta a Ramón Muñiz de P.

Este texto responde a lo publicado en Facebook por Ramón Muñiz, redactor de El Comercio ofreciendo su particular versión de los hechos que desembocaron en mi salida forzosa de ese periódico. Este es su texto completo.

Y esta es mi respuesta con la que, lo juro, doy por terminado este asunto.

Querido muchacho, no sabes de qué va. Supongo que te habrás ganado una palmadita de tus jefes por este remedo de Catilinaria que me dedicas sin tomarte ni la molestia de escribir mi apellido completo. En primer lugar léete bien la columna. P., que soy yo, nunca criticó al periódico, sino a los rivales políticos del señor Medina por sacar a la luz un asunto viejo y menor de forma “tan oportuna“. Ahórrame esas historias sobre el papel cívico y moralista de los medios, su rol heroico aireando cosas feas porque es su deber, etec. Tú y yo sabemos que los periódicos se callan muchas cosas, las publican o no según convenga y hacen campañas en función de sus intereses empresariales, no del “bien común”. El periódico publicó la filtración del PP contra Medina y todo perfecto. No sé si la publicó el día que llegó a la redacción o se guardó esperando la cercanía del congresos del PP. Me da igual, No es el caso. P. no criticó al periódico, criticó la guerra sucia del PP y de Foro (que también estaba detrás de esta información). Eso por un lado. Lo que pasa es que el periódico, por mala conciencia o por paranoia o porque ya tenía ganas de librarse de P., quiso ver una crítica donde no la había y censuró el artículo de P. sin tomarse la molestia de avisar (como hizo otras muchas veces) o preguntar y P., en pleno uso de su libertad como colaborador independiente y dueño de sus textos, lo contó donde le pareció, cosa que al periódico le preció muy mal. El periódico mando a P. a la mierda, decisión que a unos cuantos os parece muy bien y a otros les parece muy mal.

A P. le jode básicamente que no se pueda opinar y que después de tanto tiempo de relación profesional cono esa casa nadie se tomara la molestia de llamarme para preguntarme qué intenciones tenía con mi artículo. Me laminaron por correo electrónico y punto. Ya soy demasiado mayor para morder la mano que me da de comer, así que ese rollo de que la culpa de todo es mía no se lo cree nadie. Lamento que tú te lo hayas creído, así como otras personas que están en esa casa y que, pese a haber trabajado conmigo muchos años tampoco se tomaron la molestia de conocer mi versión de los hechos. Luego, a la hora del café, ponen a de vuelta y media a la dirección del periódico. Qué ironía. En fin. El miedo guarda la viña y en ese periódico funciona de este hace tiempo un proceso de hormigonado ideológico que no me parece sano. Las cifras de ventas y lectores parecen confirmarlo.

Atentamente, P.

Fichajes

El diario que antes era de Gijón pero ahora se piensa en Madrid o Bilbao y se imprime en Benavente, ha fichado como redactora/entrevistadora de lujo a Mercedes Álvarez, ex consejera de Cultura, ex concejala, ex aspirante a dirigir el PSOE y uno de los cadáveres políticos más exquisitos que el socialismo asturiano convertido en régimen (con sus corruptos y todo) ha dejado por el camino a lo largo de estos años. Mercedes Álvarez, contra quien nada tengo en lo personal porque es bondadosa aunque lo mismo ha leído cosas por encima de sus posibilidades, se explaya a su gusto y con autorización del sesudo sanedrín de Vocento en la ejecución de unas entrevistas dominicales cuyo contenido oscila entre la pedantería y el aburrimiento pasando por el colegueo intelectual o el peloteo empresarial, según convenga (léase la primorosa colección de memeces emanadas de la charla con el gestor del imperio Cosmen).
Sale Mercedes Álvarez retratada con sus entrevistados de despacho, mirándolos de hito en hito en un momento de la profunda charla, o paseando sonriente por una bien segada pradera al lado de un curtido capitán de industria. Esto de las fotos del entrevistador posando con el entrevistado es una costumbre muy acendrada en publicaciones como “Hola”, “Telva” y similares, pero siempre ha estado muy mal visto en los periódicos diarios. (Recuerdo a una pobre y muy verde alumna de prácticas de El Comercio que hace años fue enviada a su casa por tener la osadía de hacerse una foto con un torero a quien entrevistó). Los periodistas nunca son noticia, por eso no salen en la foto, y las entrevistas deben ser hechas para dar al entrevistado la posibilidad de mostrar su saber, sus opiniones, de ofrecer al lector datos para el debate o la opinión.
Iñaki Gabilondo, uno de los grandes, siempre dijo que nunca en toda su carrera había entrevistado a nadie que no supiera mucho más que él como periodista del tema sobre el que dialogaban. Es lo lógico. Jordi évole triunfa porque sus preguntas son cortas, sencillas y directas. Cuando no se cumple este axioma y las preguntas llegan a ser más largas y enrevesadas que las respuestas porque el entrevistador es incapaz reprimir la exhibición de su prurito de élite intelectual, es decir, cuando el entrevistador trata de ser más experto que el entrevistado el producto resultante podrá llamarse como se quiera, pero no será una entrevista. A mí me gusta el cine, pero no creo que la Paramount me encargue dirigir su próxima superproducción.
Por último, no entiendo esta afición por “dedicarse al periodismo” de gentes que jamás tuvieron que ver con este duro y complicado oficio, que no verían una noticia aunque estuvieran sentados encima. Cada vez hay más periodistas en el paro, las redacciones son cada vez más escuálidas de profesionales expertos, con fuentes y criterios claros, pero las empresas siguen haciendo “fichajes” estelares con los que, al parecer, tratan de dar calidad a un producto a base de pestiños periodísticos fabricados por aficionados que confunden este oficio con un entretenimiento. Al mismo tiempo, ese mismo medio puede desperdiciar una semana de trabajo de un redactor curtido encargándole el seguimiento de las andanzas de un imbécil vestido de payaso que cuelga fotos en Internet. Este el periodismo que nos queda.

Moribundia

El pasado de los muertos es nuestro futuro como vivos. Me lo dijo esta mañana una viuda que llegaba al cementerio cargada de flores y limpiametales a partes iguales. El presente es una consideración mínima que la vida tiene con nosotros entre una cosa y otra. Estamos vivos de milagro, estaremos muertos por ley de vida y entre medias tenemos obligaciones, tenemos los bares, algunas poesías, ciertas canciones, voces elegidas, caras fascinantes, enemigos acérrimos, amigos, conocidos, hermanos, padres, primos y demás familia con quienes compartimos copas, menús del día, días sin menú, algunos secretos que apenas tienen importancia y miles de dudas que ni unos ni otros somos capaces de resolver aunque tengamos la discutible suerte de estar aquí cien años.

Nadie muere la víspera. Me lo dijo el enterrador que estaba allí, a pie de fosa, mano sobre pala esperando el cliente que aún ayer por la mañana se había afeitado para ir a la oficina sin saber que estaba preparando un hermoso cadáver. El suyo propio. Muertos y bien rasurados, como nos deja la vida después de hacernos rodar sobre el papel de lija del tiempo. Listos para dar por terminado el baile. Nadie muere la víspera, pero tampoco lo hace un día después de lo previsto. No hay tiempo añadido.

Algunas personas se colocan al lado de las sepulturas de sus seres queridos o pasean entre los nichos desconocidos del cementerio con la misma expresión de estar esperando el tren o el autobús. Echan cuentas de los años que ha vivido el muerto para ver si pueden calcular a qué hora pasará el próximo transporte hacia lo que los más optimistas consideran que es la zona residencial de la vida. En los cementerios, como en los aeropuertos, nadie sabe lo que pasa una vez que perdemos de vista a los viajeros que ya han pasado por el control de embarque. En ambos sitios nos obligan a quitarnos los zapatos y pasan por un escáner nuestras pertenencias o nuestras almas. Según sea. ¿Será coincidencia que en las estaciones y los aeropuertos se use tanto tanto la palabra “terminal”?

No he querido limpiar nunca las lápidas de mis muertos. Me sentiría como esos tipos que tienen un coche de mierda y se pasan media mañana de un sábado queriendo sacarle brillo en un túnel de lavado para tratar de darle el aspecto de máquina de lujo que jamás tendrá. A los muertos se los come el tiempo y las lápidas son el carné que acredita su experiencia como difuntos. Es posible que ni en la eternidad nos libremos del curriculum mortem.