Niños sin cinturón

Hay niños que están más seguros viajando en un coche a doscientos kilómetros por hora que siendo pasajeros de la vida de sus padres. Hay parejas muy responsables al volante, obsesionadas con ponerle el cinturón de seguridad a los niños para ir a la esquina y que, sin embargo, les obligan a viajar en el asiento de atrás de sus vidas de parejas descontroladas sin tener en cuenta que los hijos son seres frágiles, de poco peso, aún sin hacer,que no tienen  recambio y a los que un mal golpe puede matar en un minuto. Hay padres que conducen mejor el coche que la propia vida, que van viviendo mientras pisan a fondo, sin mirar nunca por el retrovisor a ver si los más pequeños se marean, vomitan, se cansan o se dan golpes contra la carrocería cada vez que la pareja empieza a dar volantazos, a frenar en seco, a darse voces sin mirar a la carretera, sin atender a los límites, a circular por terrenos peligrosos en los que las posibilidades de un vuelco mortal son muy altas.

 Uno no debería llevar pasajeros en su vida si no está dispuesto a asumir la responsabilidad de su cuidado. Ellos y ellas deberían renunciar a la tentación de tomar como rehenes a los viajeros que han tenido la desgracia de subirse a ese taxi maldito, a ese transporte que iba a ser de largo recorrido y que ya no pasa de cercanías porque anda de milagro, con las ruedas gastadas, el motor gripado y al mando de un chófer enloquecido.

El carné de padre o madre, el de ser humano en general, se saca con demasiada facilidad. No hay examen teórico ni práctico. Cuatro generalidades sentimentales, cuatro fotos de boda y a correr, y a parir, y a pensar que los niños son bichones malteses o loritos para enseñar a las visitas, y locos bajitos que joden solo con la pelota. Y entonces, cuando el coche se cala y la vida se queda sin gasolina y el amor deja arena en la garganta y el gatillazo deja paso al gatillo, esos enanos cobran la forma de paquetes pesados, de fardos que estorban, de piezas del ajedrez legal que sustituye a la pasión, de objetivos estratégicos en la guerra a muerte del divorcio, de daños colaterales que lo mismo caen víctima del llamado fuego amigo.

 Y entonces hay algunos que convierten a esos niños en la maleza que ha dado la mala cosecha de su matrimonio y los meten en el maletero de su vida con la idea de hacerlos desaparecer en cualquier descampado, como un mal recuerdo. Y esos niños se convierten entonces en la última bala, en la mina antipersonal con la quieren matar a esa que dejó de quererles, al que se fugó con la vecina, a la que se hartó de palos y gritos y cortó por lo sano ante el juez.

 Ayer mismo un padre mató a garrotazos a sus dos hijas. Seguro que jamás las habría dejado ir en el coche sin cinturón de seguridad.

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3 pensamientos en “Niños sin cinturón

  1. tomo tu idea del cinturón de seguridad y la convierto en metáfora; deliberadamente nos estrellamos como personas? Qué valor damos a nuestra vida y a la de los demás?Nos importa un poco? O solo es correr porque estamos en este mundo porque si?

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