Brandy, de gran reserva

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Quisiera brindar por Brandy, por Florencio Díaz Brandy. Brindo por este bigardo de buena planta, alto como los húsares de la reina, como los antiguos y galanes guardias municipales de Gijón que, vestidos de azul marino o blanco nuclear, hacían suspirar a propies y foriates porque siempre tenían para ellas una buena palabra, un guiño, un cantarín por lo bajo, un chiste picante sin llegar a verde. Levanto mi copa llena de palabras porque ya ni para vino nos queda, para desear salud y largos años a uno de los pocos seres vivos capaz de reírse de la vida, de la muerte, de las desgracias, de las gracias, del Sporting y del Madrid, de la tragedia cómica que es la vida.

Brindo por la generosidad sin límites de Brandy de la que sus amigos son testigos privilegiados. Brindo por la ternura y la bondad que se esconde bajo ese vozarrón de fiera o de barítono de ópera italiana con el que lo mismo manda ”a tomar polulco” al policía que acaba de multar su coche mal aparcado, que llama “¡cromu!” a una moza guapa que cruza la calle y resulta digna de tal piropo. Brindo por como presume de ser padre y abuelo, por su capacidad para dar la cara por los suyos, por seguir adelante a pesar de que la dureza del camino y por hacerlo sin quejarse, sin dar que hacer, sin amargar la vida a nadie, haciendo del humor (a veces del humor más negro) el salvavidas con el que él y los que le rodean se mantienen a flota.

Brandy pertenece a la vieja y casi extinta estirpe de los playos que disfrutan aún de la tertulia, la sidra y la baraja, de la discusión venga o no venga a cuento, de la risa con los amigos, del arte de perder el tiempo en buena compañía. La pasta de la que está este Brandy de solera, la pasta genérica de que salió este tierno duro como pocos, este duro del oeste capaz de soltar una lágrima ante la desgracia del prójimo más débil, debería ser conservada en alguna cámara de alta seguridad para inocular una pizquina a cada niño que nace a este mundo donde lo que se lleva cada vez más es la indiferencia y la gilipollez. Un poco de “brandysmo” es el antídoto perfecto para vivir con algo más de elegancia y de capacidad para hacer que la vida de los otros y la de uno mismo sea menos complicada, menos la almidonada, más vivible.

Brindo por Brandy, por el musolari más impertinente y babayu de la mesa que, acabada la partida, hace que sus rivales lloren de risa con su última ocurrencia, como por ejemplo la de hacerle una foto a un camarero de Casa Justo que arregla el aire acondicionado del chigre subido en una silla colocada a su vez sobre una mesa. Título de la foto, según Brandy: “la cabra actúa hoy en Casa Justo”. Levanto la copa que no levantará el Sporting por el Brandy que es uno de los más ácidos, certeros y peleones críticos deportivos de esta ciudad. Brindo por quien tiene bastante con una palabra para dejar en evidencia a los gilipollas, tan abundantes desde siempre.

Brandy de gran reserva es este gijonés que está más dispuesto a la consolar la desgracia ajena que a quejarse de la propia. Es ese amigo que, como canta Serrat, pertenece a la clase de aquellos a quienes “si les roza la muerte disimulan, que para ellos la amistad es lo primero”.
Gracias, cromu, chaval, grande. Gracias por dejarnos aprender de ti que la vida es un chiste y que solo entendiéndola así podremos decir que hemos vivido.

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3 pensamientos en “Brandy, de gran reserva

  1. Lo primero que debemos comprender es que la vida es una gran broma que no se puede tomar en serio. No tengo el gusto de conocer a Brandy, pero sí a algún “playu” con esa filosofía de vida.

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