Amores

Para conducir una moto, para ser contable, juez, bombero, policía, ganadero o puta hay que pasar por un examen, reunir cualidades, conocer el oficio. Para ser marido o esposa, padre y madre basta con apelar al amor. El amor es la gran coartada universal para hacer lo que se quiera, la reválida que da acceso a todas las carreras de la vida. La infanta Cristina robó por amor. Otros dan palizas terribles porque dicen que la quieren. El amor a la patria genera dictadores implacables que parecen amar a sus nietos tras firmar varias condenas de muerte.

El amor es una droga demasiado dura para ser legal. El amor es una sustancia inflamable y explosiva que estalla en bombas de terrorismo cuya mecha enciende, al parecer, el amor. El amor es la coartada, el secuestrador, el rehén, el escapista, esa sombra que aparece y de desaparece en el bosque de la vida sin dar tiempo a ser atrapada.

Confundimos amor con necesidad, querer con exigir, dominar con añorar, vomitar con estar enamorado y el insomnio con la pasión. Drogarse con amor es una opción de toxicomanía aceptada por la ley. Decidir por amor es como conducir borracho, con la diferencia que por una mala decisión enamorada no te quitan puntos en el DNI. Por conducir borracho sí. El divorcio y la anulación son dos formas de negociar el fracaso del amor. Es más difícil recuperar puntos en el carné de conducir que volver a casarse otra vez, aunque vayas a cometer los mismos errores que antes, a salirte de nuevo del arcén, a ir en dirección contraria. “Estaba enamorado”, dicen a modo de disculpa. “Iba borracho”, sentencian a modo de anatema.

El amor lleva a mentir con la verdad por delante porque uno miente en un sitio para ser sincero en otro. El amor es el vaso comunicante que permite ser sincero de mentira y decir verdades que son falsas dependiendo del lugar en el que se digan. Conocí a un hombre que cada miércoles se encerraba con una mujer en la habitación de un hotel. Fingían estar en Tokio, como la pareja de “Lost in translation”. Cada verdad que él le decía a ella en aquella habitación era una mentira que debería destilar más tarde en el lugar que ocupaban las antípodas de su vida real presidida por su esposa . Cada mentira de las antípodas era una verdad en Tokio y viceversa. Asegura que fue feliz gracias a un amor que era de verdad y de mentira, tan puro como impuro, tan confuso como deslumbrante, tan ilegal como legítimo, tan amor como desamor.

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