Moribundia

El pasado de los muertos es nuestro futuro como vivos. Me lo dijo esta mañana una viuda que llegaba al cementerio cargada de flores y limpiametales a partes iguales. El presente es una consideración mínima que la vida tiene con nosotros entre una cosa y otra. Estamos vivos de milagro, estaremos muertos por ley de vida y entre medias tenemos obligaciones, tenemos los bares, algunas poesías, ciertas canciones, voces elegidas, caras fascinantes, enemigos acérrimos, amigos, conocidos, hermanos, padres, primos y demás familia con quienes compartimos copas, menús del día, días sin menú, algunos secretos que apenas tienen importancia y miles de dudas que ni unos ni otros somos capaces de resolver aunque tengamos la discutible suerte de estar aquí cien años.

Nadie muere la víspera. Me lo dijo el enterrador que estaba allí, a pie de fosa, mano sobre pala esperando el cliente que aún ayer por la mañana se había afeitado para ir a la oficina sin saber que estaba preparando un hermoso cadáver. El suyo propio. Muertos y bien rasurados, como nos deja la vida después de hacernos rodar sobre el papel de lija del tiempo. Listos para dar por terminado el baile. Nadie muere la víspera, pero tampoco lo hace un día después de lo previsto. No hay tiempo añadido.

Algunas personas se colocan al lado de las sepulturas de sus seres queridos o pasean entre los nichos desconocidos del cementerio con la misma expresión de estar esperando el tren o el autobús. Echan cuentas de los años que ha vivido el muerto para ver si pueden calcular a qué hora pasará el próximo transporte hacia lo que los más optimistas consideran que es la zona residencial de la vida. En los cementerios, como en los aeropuertos, nadie sabe lo que pasa una vez que perdemos de vista a los viajeros que ya han pasado por el control de embarque. En ambos sitios nos obligan a quitarnos los zapatos y pasan por un escáner nuestras pertenencias o nuestras almas. Según sea. ¿Será coincidencia que en las estaciones y los aeropuertos se use tanto tanto la palabra “terminal”?

No he querido limpiar nunca las lápidas de mis muertos. Me sentiría como esos tipos que tienen un coche de mierda y se pasan media mañana de un sábado queriendo sacarle brillo en un túnel de lavado para tratar de darle el aspecto de máquina de lujo que jamás tendrá. A los muertos se los come el tiempo y las lápidas son el carné que acredita su experiencia como difuntos. Es posible que ni en la eternidad nos libremos del curriculum mortem.

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