Moscas

Quedan volando por casa cuatro moscas de temporada. Son cuatro o cinco, no hay más. Son el último reemplazo del verano del 14 o quizás han nacido a destiempo a causa de los calores raros del otoño. Se niegan a morir aunque ya les toque porque las temperaturas bajan y ser mosca tiene sus limitaciones genéticas. Pero ellas lo saben, ven como los días se acortan y refresca por las tardes, por eso andan ocultas y medio apijotadas buscando los últimos reductos de calor que ofrece este otoño que ya amanece con xelada. Se atrincheran en el techo de la cocina, su último reducto; buscan el calor pegando la panza a los cristales soleados, a la pantalla de la televisión o del ordenador, mantienen la misma actitud cargante y molesta que si estuvieran en pleno verano con toda la vida de mosca por delante, aunque hay algo en sus genes que las avisa de que están ya fuera de plazo. Vuelan en círculos alrededor de la nada, tal vez manteniendo entre ellas conversaciones de mosca, sobre la vida de las moscas, las ambiciones de las moscas o el futuro de las moscas muy similares a las que los seres humanos mantenemos sobre ambiciones, crisis y proyectos mientras volamos alrededor de todo esto que, al cambio, es una nada en la que creemos navegar seguros.

Estas moscas de mi casa serán seguramente primas lejanas de aquellas en las que se fijó Machado, tan buen poeta que hasta con las moscas hizo versos, moscas que molestando durante la siesta, jodiendo el aperitivo al cagar sobre las aceitunas, o posándose sobre nuestra boca, nuestro sexo o nuestra mierda cotidiana, siguen siendo las mascotas más fieles y pertinaces que los hombres han tenido. Las moscas de mi casa tienen los días contados, están fuera de plazo y cualquier madrugada de frío pelón morirán en silencio o serán devoradas por la gata que aprovechará la debilidad de los bichos para lanzarles un zarpazo mortal y piadoso. Solo alguna de ellas, tal vez la más estúpida, la más cobarde, la menos dispuesta a disfrutar de los últimos soles, se haya metido ya entre los pliegues de alguna cortina o la ropa de verano precipitadamente guardada en el armario y se nos aparecerá en pleno invierno hecha una mosca gorda, lustrosa y monstruosa, tras haber conseguido sobrevivir a su generación a costa de haberse escondido a tiempo.

El verano que viene vendrán otras moscas y tal vez haya otro juntaletras que juegue vanamente a ser Machado y les dedique unas líneas que volarán como moscas en este vacío llamado Internet. O tal vez nosotros nos vayamos con las moscas, o antes que ellas, porque a veces cuando llega el otoño y los días se acortan, los amigos se mueren y las cosas no son lo que creíamos, también tenemos la intuición fugaz de que estamos volando fuera de plazo, planeando sin tren de aterrizaje, de que disfrutamos de una prórroga traída por el viento sur de les castañes que se acabará con cualquier xelada cruda.

Anuncios

2 pensamientos en “Moscas

  1. ¡Qué bien descrito un pasaje tan cotidiano y temporal en nuestras vidas! Tengo una pequeña tropa como la que describes, haciendo lo mismo que dices y proporcinándome un cabreo considerable por esa pesadez cojonera. Han perdido agilidad, parecen cazabombarderos, torpes en el despegue y el aterrizaje. No tengo gato ni gata, pero si un matamoscas estupendo y me he acordado a veces de aquel dicho “donde más segura está la mosca es en el matamoscas”, las más listas lo hacen, se posan en él de vez en cuando.

  2. Pingback: El mosquito (fuera de temporada) y la hormiga | Terapia de letras

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s