Javi, por si las moscas

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El mundo está lleno de abusones, acusicas y mucha mierda; las tías van por ahí provocando vestidas o a medio vestir, y los tíos tenemos una tendencia muy pronunciada a meter la pata cuando estamos con ellas. En resumen, esta puede ser la vida vista por cualquiera. Si además esa persona aprende con poco más de 40 años que el ictus no es precisamente una planta de interior, su tendencia a ver la existencia como un vaso medio lleno (de mierda) puede agudizarse hasta acabar tumbado frente a un psiquiatra tras haber sido recogido del suelo de los bares por los amigos o por los guardias. Sin embargo, aún quedan seres humanos a quienes no engañan las apariencias fáciles de este valle de lágrimas de Lladró y buscan su propio camino desbrozando con la pluma como espada y el pincel como machete esta selva espesa de hijoputismo, decepciones y vino tinto con Sintrom. Ayuda también conocer en el camino a  legionarios llorones que pagan cervezas en el Savoy, mujeres de pechos reventones que se dejan rozar, jefes de cocina que incluyen la tortura en el menú del día, bizcos distraidos y bizcas cachondas, jamonas que cecean para provocar o yonkis sin dientes que acceden a hacerse un selfie en la entrepierna a cambio de una cerveza. Javi Guerrero, superviviente de sus propios y variados apocalipsis, poseedor en su antebrazo de sensores eróticos cuyo origen aún es un enigma para los antropólogos, forma parte de estos privilegiados seres humanos que han recibido de lo alto la luz justa en el momento y el lugar adecuados para narrar lo que pasa a su lado tratando cosas y casos con la ternura Hannibal Lecter o el sadismo de los hermanos Grimm. Y así lo hace y lo escribe todo seguido, cocinado vuelta y vuelta como leerán, en su doble obra “El baile de las moscas Silvia” y “Mira qué tonto”, dos perlitas duras como cagadas de cabra, dos conguitos de chocolate amargo que Isabel Preysler sustituirá por los Ferrero Rocher en la primera fiesta que organice cuando le llegue el alivio de luto.

Javi Guerrero es un deslumbrante cronista del muladar humano que fue peluquero y camarero tarado antes que dibujante y escritor. Fue emigrante entre andorranas y con almorranas, bebedor compulsivo de vino blanco en el desayuno, sembrador de vientos, recolector de anacolutos, metáforas, semánticas de arrabal y autor del censo de unos seres fronterizos a quienes todos quisiéramos haber invitado a unos vasos de vino tinto, más que nada para poder escribir luego cosas tan inimitables, redondas y humanas como las que hace Javi en estos dos libros que él mismo acaba de editar y que ojalá se vendan como churros hasta en Andorra.

Así que sepan que será tonto el que no los lea. Uno avisa, por si las moscas Silvia.

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