Veraneos 10

Llegó a la orilla de agosto a base de una dieta alta en ansiolíticos, cuarto y mitad de antidepresivos y un estado mental que le permitía mantener en pie los cuatro palos del sombrajo de la normalidad cuando estaba en la oficina. Así que la eufemística “pausa vacacional” no había hecho más que dejar al descubierto todas las heridas del año porque la rutina del trabajo ayuda a disimular los desgarros, pero despertar cada mañana sin nada que hacer convierte los días en un doloroso intento de convivir a la fuerza con la realidad, como quien trata de mantener en pie un matrimonio que no funciona, o se empeña en cantar ópera siendo sordomudo. Era una relación imposible y agotadora. Estaba cansado de no llegar a fin de mes, de ceder para nada, de ver pasar los años en dirección a ninguna parte. Estaba agotado de tanto ruido, de tanta tertulia inútil, de tanta irritante mentira oficial y de las prometedoras redes sociales. Todo era un aburrido y ensordecedor gallinero de frases de autoayuda y revoluciones de salón en el que todo el mundo quería ser Paulo Coelho o Pablo Iglesias. El talento se medía en “viralidad”, la cúspide del arte eran los “selfies” y el debate eran cuatro imbéciles insultándose en directo.  Saber qué pasaba en el mundo se hacía imposible a través de unos medios de comunicación que oscilaban en la cursilería de las “historias humanas” y la manipulación más burda de la información. Lo que había creído que eran sus referencias ya no existían o estaban tan deformadas por el tiempo o los intereses que resultaban irreconocibles. También él había cambiado para peor y tampoco era ya alguien reconocible. Había que tener madera de héroe para mantener el tipo. Así que decidió irse. Esperaría el primer tren y se largaría sin dar más explicaciones. Le gustaban los trenes, las estaciones impersonales llenas de gente que se va ilusionada o vuelve agotada, y la estética del perdedor que parte al exilio del que nunca se vuelve. Mientras esperaba el AVE de la noche pensó en las cartas de despedida que debería haber dejado a su mujer y sus hijos. No lo hizo porque ellos eran los primeros en hacerle saber que había fracasado y que su presencia en aquella familia era prescindible. Se arreglarían sin él. Miró el reloj. Según el horario de verano, el AVE nocturno llegaría en breve; sintió en el estómago el mismo hormigueo que cuando, de adolescente, esperaba el tren semidirecto para volver al internado después de las vacaciones. Cuando la luz cegadora frontal del tren salió de la curva y alumbró su coche cruzado en medio de la vía oyó el chirrido metálico de una frenada imposible. Entonces se llenó de paz por primera vez en muchos años.

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