Cuadrilla

En una ciudad donde las decisiones las toma, al parecer, alguien que tiene en común con Lina Morgan algo más que la facha, se corre el peligro de que las cosas que pasan en esa ciudad terminen por parecerse a las astracanadas de un guión de Lina Morgan y Juanito Navarro. Todo se contagia, sobre todo si la tendencia es ir a peor. Hay veranos en los que se soporta mejor el olor agrio a sudor corporal que el cargante tufo a política rancia. Y es que se empieza por gobernar un municipio como si fuera un parvulario, un club de campo o una comunidad de vecinos, y se termina por intentar montar una academia para toreros menores de edad en el ralo albero de San Lorenzo. Se juega con El Muro como si fuera el Ibertren de la infancia y se le coloca un carrilito aquí y un atasco allá; se enreda manipulando los plenos municipales y se destituye a los funcionarios respondones como se jubilaba a las muñecas de Famosa cuando se pasaban de moda; de remate, se suelta la mano festiva y se organiza en la playa de San Lorenzo una academia municipal para toreritos. Sólo faltará que un año de estos suelten un par de novillos en el Tostaderu y que Macio los tenga que poner a raya con sus biceps de gladiador. Gijón ha estado a punto de ser por segundo verano consecutivo sede de caspa y arena. Lo evitaron 11.000 personas con buen gusto que pidieron la suspensión de la segunda edición de la academia de toreritos. Pero la noticia no es que se haya suspendido el bodrio. La noticia es que la tropa de Lina Morgan haya vuelto a intentar avalar la esencia viva del casticismo más cutre mediante el patrocinio con medios públicos de cursos de verano en los que se inculcan a los pequeños los esenciales valores del maltrato animal con lentejuelas, la apología de la estocada, de la cultura con carne picada, y de las sólidas carreras políticas y empresariales que, como ha pasado siempre, vuelven a trabar sus alianzas en la contrabarrera de sombra a base de puros y gin tonics, claveles en el pelo para las señoras y camisas abiertas para enseñar el cordón de oro que cuelga sobre el pecho de los caballeros. Los niños tienen que saber desde el principio que el toreo es una de las señas de identidad de un país y una ciudad cada vez más tristes, injustos y dirigidos por alguacilillos de los que dan el descabello y  empresarios armados con banderillas de castigo. La ciudad de Lina Morgan responde a su nuevo perfil al que suma el esperpento de una academia de verónicas y naturales entre toallas y pareos. Hay veranos en los que esta ciudad gobernada por gentes de nacidas para presidir corridas de toros y consejos de administración da mucha pena. A ver si el año que viene organizamos un curso de vergüenza torera y se apuntan todos estos espontáneos y su cuadrilla.

 

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