Veraneos 9

Le ofrecieron el trabajo cuando ya había perdido la esperanza de la salir del paro y lo aceptó. Era un trabajo de verano, mal pagado y extraño, pero bueno para un viudo reciente y desconsolado como él. La cosa consistía en dar de baja números de teléfono móvil, algo que se parecía a una autopsia electrónica en la que el cadáver era algo tan abstracto como una sucesión de nueve cifras. Cada mañana, tras visitar la tumba de esposa y dejar unas flores, entraba en un despacho pequeño, con luz artificial y el aire acondicionado a tope de frigorías. A través de un buzón recibía un listado de números correspondientes a personas que habían muerto. Su tarea consistía en repasar cada una de las líneas y borrar cualquier rastro que su usuario hubiera dejado en ella. Primero pensó que se trataba únicamente de una inspección rutinaria destinada a propiciar el borrado de direcciones y números de teléfono, notas o citas. Pero el segundo día recibió un correo electrónico de su supervisor en el que le advertía que entre sus obligaciones estaba también la de suprimir mensajes de voz que hubieran quedado adheridos a la línea en proceso de saneamiento digital. Su jefe le explicaba que aquellos números de teléfono con la memoria borrada volverían a la circulación y quedaría feo que su nuevo propietario encontrase en el buzón de voz un mensaje dirigido a un muerto. Sería como heredar el traje de un difunto y encontrar en el bolso de la americana un palillo usado o un peine con pelos. En el ambiente neutro y helado de su cubículo rastreaba cientos de llamadas diarias y borraba para siempre voces que avisaban de que llegarían tarde a cenar, de un pinchazo en la autopista, disculpas imposibles de creer, encendidas declaraciones de amor o tórridos mensajes sexuales dictados de madrugada. Sin previo aviso apareció en la lista un número que le resultó familiar. Era el de su pobre mujer. Repasó la línea con rutina hasta que encontró un mensaje en el buzón de voz. Una voz de hombre citaba a su mujer en un hotel de carretera para, desde allí, “empezar otra vida”, decía el tipo. La fecha del mensaje era la misma que la del certificado de defunción de su esposa. Él lo firmó aunque el cuerpo era irreconocible. Dejó el trabajo ese mismo día y jamás volvió a llevar flores al cementerio.

 

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