Veraneos 7

Ella había calculado que por cada tres orgasmos de mujer un varón conseguía menos de uno. Para ella el valor de cada relación sexual se calibraba por el número de orgasmos conseguidos y el orgasmo era mucho más que una reacción mecánica. Muchos años atrás había llegado a la conclusión de que un hombre necesita sumar el equivalente a tres clímax de mujer para experimentar un orgasmo masculino decente, y casi ninguno lo consigue. Tres a uno para el “sexo débil”, pensó con una sonrisa. Y es que todo era un problema de conceptos. Los hombres usan el polvo como unidad de medida de su satisfacción, un concepto tan pobre como aburrido que a ella siempre le había recordado el recuento de perdices y liebres abatidas que se hace al final de las cacerías. A estas alturas de su vida ella no recordaba polvos, recordaba orgasmos y en su inventario sexual no había caras, nombres, fechas o tamaños: había sensaciones, experiencias, decisiones acertadas o fallidas vividas en busca de la felicidad. Pensaba ella en estas cosas mientras caminaba por el claustro románico en un atardecer castellano de agosto meditando el Cantar de los Cantares: “bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar”. Esa tarde celebraba su 85 cumpleaños con un breve paseo entre capiteles medievales en los que la lujuria había sido esculpida como un animal salvaje y peligroso. Tenía más de cincuenta años cuando decidió hacerse monja de clausura y cuando entró en el convento ya sabía por experiencia propia que el éxtasis es una moneda de cambio que las mujeres manejan mejor que los hombres, ya sea en la cama o fuera de ella. Al fin y al cabo el éxtasis es la capacidad de disfrutar de la vida en todas sus variables y el sexo es una de ellas. Si Dios tiene sexo será femenino, había pensado desde niña; siempre creyó que el pecado mortal es no disfrutar de la vida y que el amor de Dios se expresa también con el cuerpo. Los místicos que reniegan de su biología siempre le habían parecido inhumanos y aburridos y se negaba a creer que el alma es mejor al margen del cuerpo. Dio gracias a Dios por sus arrugas, sus años y también por sus todos los orgasmos que la hicieron una persona completa, cabal y generosa. Dedicó una parte de su oración vespertina a pedir la paz del mundo, una paz tan intensa como la que se experimenta cuando el cuerpo y el alma sienten a la vez ese latigazo de comprensión, alegría, ternura y confianza sin límites.

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Un pensamiento en “Veraneos 7

  1. De tanto como me gusta tu artículo no se cómo calificarlo. Un beso. Se lo acabo de leer a Luis y opina lo mismo. Es una maravilla.

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