Veraneos 4

Leyendo biografías había llegado a la conclusión de que para ser un artista de prestigio era necesario ser un maldito: alcohólico, mujeriego, homosexual, misántropo, suicida o todas esas cosas a la vez. Tras años de escribir sin éxito todo tipo de piezas literarias determinó que no había otro camino que la rareza para llegar al Parnaso. En su palmarés solo figuraba un segundo puesto en el concurso de redacción de Coca Cola y un accésit en el certamen de cuentos de una caja de ahorros hoy intervenida por Hacienda. Se le había pasado el arroz para ser una joven promesa, en las tertulias literarias era un cero a la izquierda, las editoriales le devolvían sus originales sin haberlos leído,  y a fuerza de abrazar con idéntica pasión la línea editorial de periódicos de extrema derecha y de extrema izquierda con tal de seguir en el candelero, sus artículos de opinión (sic) eran calderilla. De modo que ese verano decidió hacerse un maldito, tomar el atajo para intentar ser un artista. Probó primero con el alcoholismo. Había leído que muchos grandes escritores y pintores desayunaban cazalla y seguían trasegando al mismo ritmo hasta ver ratas por las paredes mientras escalaban hacia las cumbres de la creación. Pero él no era Baudelaire ni escribiendo ni bebiendo y aunque con un par de copas tenía cierta agilidad mental y vomitaba sentencias vitriólicas, su paso por el alcoholismo devengó una cuenta de gastos con vistas al abismo y una pancreatitis crónica. Sus intentos por ser mujeriego le dejaron como saldo dos palizas de otros tantos novios celosos además de varias denuncias por acoso. Si en la heterosexualidad las cosas la iban fatal, no merece la pena explicar cómo salió todo cuando quiso ejercer de bisexual y homosexual. Cero. Así que llegó a la conclusión de que era mediocre hasta para ser maldito y decidió que el suicidio sería el camino recto. Dejó un soneto mal rimado a modo de despedida y lanzó al vacío desde el quinto piso. Lo malo de vivir en una vivienda social es que en verano los tendederos del patio de luces están llenos de ropa. Quedó colgado de uno dos pisos más abajo y se rompió tres vértebras, pero ahora, en el sanatorio mental donde le han metido sus hermanos, pasea una aristocrática cojera y gana siempre al parchís. Los otros locos le llaman “el artista”.

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