Rey

Casi todos los lunes me levanto con ganas de abdicar. Hay lunes en los que las ganas de abdicar superan a las de orinar, una sensación que se agudiza con la edad y el desgaste de las ilusiones y de la próstata. Estas ganas de cambiar su reino por una prejubilación pasable las tiene mucha gente aunque sea republicana. Tras escuchar el despertador, me siento en el efímero trono de Roca (no de Miquel) a comprobar el alcance de algunos de mis poderes. Ungido luego con agua de colonia a granel de supermercado, procedo a calzarme la corona de espinas cotidianas que penetran mi cabeza en forma de hipoteca, créditos pendientes, municipio, familia, sindicato, hijos adolescentes y pasiones marchitas. Ya reinando de pleno derecho en la realidad del real lunes y escoltado por una escuadra de miedos, complejos y angustias, procedo a subirme al coche que oficialmente me deposita a la puerta de la oficina donde, a la entrada, me presentan sus cartas credenciales los embajadores de la jornada que, nada protocolarios, me tientan con ofertas poco diplomáticas que no puedo rechazar por la cuenta que me trae. A media tarde vuelvo a pensar en la abdicación porque creo que ya he parado bastantes golpes de estado de ánimo, he superado y liderado innumerables transiciones, crisis de gobierno, mudanzas y cambios de régimen (alimentario más que nada). Creo que a estas alturas me he ganado cambiar la corona por una Coronita porque hace ya muchos años que ni reino ni gobierno, asumiendo como una oveja mi papel en el rebaño nacional. Conservo mis caderas originales, aunque no sé por cuanto tiempo, y al no haber participado en ninguna cacería de elefantes, torneo de golf organizado por la casa real saudí, semana de esquí en Baqueira, las únicas cicatrices de las que puedo presumir son de las que me hago cuando me afeito.Tengo cotizados casi tantos años como los Borbones, pero no puedo abdicar porque mi reino es de este mundo y mis herederos y consorte no gozarán de beneficio alguno, ni pabellones de caza o marquesados. Soy el rey de ninguna parte cuya república independiente no va más allá del territorio que marca el felpudo de Ikea.

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