Bombo

Manolo “el del bombo” fue uno de los mitos de mi infancia que se desmoronó de manera abrupta e inesperada, con más violencia que el tenderete de los Reyes Magos. Mi visión del mundo cambió un poco cuando me enteré que Manolo “el del bombo” era un señor que cobraba por animar a la selección española, que vivía de tocar el bombo como la plañideras antiguas vivían a costa de prestar su llanto en los duelos ajenos. Uno siempre había pensado que Manolo y su bombo eran una pieza más del entramado puzzle de la españolidad en el balompié, de la raza, de la furia, de la casta. Manolo era a mis ojos un misionero del del deporte, un sacerdote de la afición que había dejado atrás una vida cómoda de retransmisiones deportivas en el salón de casa para salir al mundo a dar testimonio de sus colores. Pero no. Manolo cobraba, como es lógico, y dejó de ser para mi un héroe para convertirse en un pesetero. La afición, siempre buscadora de nuevos talentos que den color a la cosa, cuenta ahora con el famoso camarero Alberto Casillas, un tipo con vocación de héroe mediático que lo mismo da cuartelillo a un piquete del 15-M y se enfrenta al séptimo de caballería, que anda por ahí vitoreando a Chavez, o entra en el Ritz pidiendo la abdicación de Pablo Iglesias. Tiene hambre de plató, como dicen los inciados en la telebasurología. Veremos lo que tarda en sentarse en las sesudas tertulias de la Sexta, en las de 13TV o en el mismísimo Sálvame de Luxe para hacerse un polígrafo. El camarero Casillas es un nuevo ídolo de la afición, tañedor del bombo que más interesa en este momento a los medios de comunicación mayoritarios, manteniendo arriba el ánimo de una parte del graderío que necesita contar con mártires devorados por las fauces del tipo de la coleta, culpable de todo de un tiempo a esta parte. A Casillas se le ha encomendado el papel de flautista de Hamelín, de Manolo “el del bombo”. El problema es que está sobreactuando, se ha entrenado poco para el papel de hombre-del-pueblo-víctima-de-su-honradez y se le ve el cartón. Aunque estuviera subvencionado Manolo era más creíble que el camarero. Y más entrañable.

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Mordiscos

Si por cada mordisco que da Montoro a las pensiones y los salarios tuviera que pagar una multa de 80.000 pavos como le ha pasado al futbolista Luis Suárez, el ministro-gnomo y mordedor hasta de las indemnizaciones por despido ya no tendría fondos en su bolsita de la SICAV donde, tacita a tacita, bocado a bocado, se va  haciendo un capital casi libre de impuestos para su vejez dorada, para cuando sus dientes de coyote ya estén tan desgastados que no sea capaz de morder a nadie más. Si cada mordisco que la Casa Real de España da a los presupuestos del Estado o cada una de las chorizadas de sus miembros y miembras estuviera penalizada con una abdicación y un destierro, este país sería una república por eliminación, sin suplentes en la línea sucesoria. ¿Y qué me dices de como ha mordido el polvo Magdalena Álvarez, todopoderosa banquera europea? Ha perdido algún diente en la caída, pero se lleva a cambio un suculento bocado en forma de sueldo mensual de diez mil euros, apenas un aperitivo para sus mandíbulas. Y vaya como muerde el fiscal Horrach para proteger la muy achatarrada honra de la infanta Cristina como si se tratase de una pobre bambi acorralada por los lobos. Además de hacer de abogado defensor  y perro ladrador y guardián de la borbonería en su tiempo libre, este tipo lanza dentelladas babosas y frías con total impunidad contra el lomo del juez Castro. Muerde mucho la Policía cuando desahucia pisos y muerden hasta el tuétano los editorialistas, tertulianos y voceras con corbata verde cuando ven en la dehesa la coleta de Podemos. Muerde Gallardón con su ley del aborto, sacando los colmillos para defender “las cosas de familia” (la suya y la Borbón). Muerde ya  la princesa Leonor aunque, como nos ha contado esta semana el nuevo periodismo de investigación, sus dientes sean aún de leche. Qué tierno. Al lado de los bocados que lanza esta numerosa y variada jauría, los mordiscos del futbolista Suárez son chupetones de vieja desdentada.

Coño

Ya hemos descubierto que las listas de espera de la sanidad no se deben solo a problemas informáticos. Dios también tiene que ver con ellas. Su hijo, para ser más exactos. Lo digo porque en Sevilla le han hecho un TAC a un Cristo procesional antes de proceder a su restauración, una muestra más de la acendrada afición española por el esperpento y el surrealismo. El hijo de Dios, al igual que el Rey de España, prefieren la sanidad privada a la pública y eligen para sus restauraciones la clínica Quirón, un lugar en el que la salud de la imaginería religiosa se trata con tanto mimo como la de los pacientes de carne y hueso, siempre y cuando sean de sangre azul que es el equivalente a las maderas nobles en términos genéticos. Hay semanas en las que para comprender la realidad nacional sin marearse hace falta estar borracho. Y lo digo porque España es un país muy raro, muy tóxico. Así lo evidencia que en un mismo día hayan aparecido un Cristo de madera en un escáner destinado a los enfermos, una infanta de España en el banquillo destinado a los chorizos, una ex ministra del PSOE en el paro por tener una madera parecida a la de la infanta y tan podrida como la del Cristo, y un eurodiputado de IU dimitido por colocar sus ahorros de la jubilación en un fondo destinado a evadir impuestos. España está llena de gente de aspecto muy respetable que, de Cristo para abajo, son objetos perdidos que nos producen el mismo desasosiego que unos calcetines desparejados. Con tantas altas personalidades fuera de lugar en un solo día, uno no sabe si desayunar cola cao o cazalla para asomarse al caleidoscopio deformado de la actualidad. Para rematar este sindiós veo en los periódicos que un tipo quedó atrapado en una escultórica vagina de mármol por hacerse el gracioso. Esta última cosa rara sucedió fuera de España aunque resume muy bien nuestra realidad surrelista, salida del coño cañí de la Bernarda, de los dioses, de los demonios o de la pluma de un guionista borracho. Al tipo de la vagina que lo hagan español, coño, que se lo ha ganado.

Desagradecidos

Cuando uno mira un rato lo que lleva en su interior tiene dudas razonables sobre casi todo lo que ha hecho y lo que es, y sobre cómo ha llegado a este punto de su vida. Uno no sabe si se ha hecho a sí mismo o si lo que ha llegado a ser en realidad es solo un desecho de lo que las circunstancias han dejado tras triturar sus días. No sé si soy básicamente honrado porque tengo unos sólidos principios o porque, sencillamente, no he tenido valor u oportunidades para ser un timador o un ladrón, un Bárcenas, un golfo. De la misma forma hay que gente que sigue casada porque tiene pánico a quedarse sola o aborrece tener que tramitar una separación de bienes. Hay solitarios que viven rodeados de gente, abstemios vocacionales que acabaron alcoholizados, analfabetos que son sabios y académicos cerriles como pollinos. No sé si soy más de los Beatles porque apenas escuché a los Rolling , si  lo que me ha llevado a ser de letras es mi incapacidad para entender lo que es un logaritmo y no mi amor por la poesía de Virgilio. No sé si lo que soy ahora es mejor que lo pude haber sido, o viceversa. Puede que Beethoven no hubiese alcanzado la genialidad musical en caso de no ser sordo. ¿Sería Nadal número uno del tenis mundial de no haber sido obligado a jugar con la mano izquierda siendo diestro? Pienso todo esto al final de esta agotadora semana llena de hitos históricos en la que el mensaje repetido hasta la saciedad viene a ser que  España es lo que es porque no tiene más remedio y el que piense que eso se puede modificar ya puede ir haciendo las maletas. A partir de esta filosofía básica del fatalismo histórico positivo que tanto gusta a tertulianos, editorialistas, expertos en casas reales y otras monsergas, los titulares de la coronación del nuevo rey podrían haber sido mucho más directos. Un “esto es lo que hay” o un “no pudo ser” (válido también para el asunto del fútbol) habrían servido de perfecto resumen para ilustrar las fotos de los eventos sucesorios y esculpir sobre mármol el pensamiento único de quienes han decidido que en este país sólo se puede pensar de una forma,  que la historia no la hacemos, nos viene “dada” y que tenemos que estar agradecidos por ello (al Rey, a Suárez, etc.) ya que siempre seremos menores de edad,  nunca llegaremos a nada sin que nos pastoreen, que al tenis se juega con la derecha, que los sordos no tocan el piano y que maricón el último. No hacemos España, nos la hacen y no hay otra posible, así que a dar las gracias, un pis y a la cama. Qué suerte, tenemos un país llave en mano y encima nos quejamos. Desagradecidos.

Tibu I

Pensándolo bien, veo pocas diferencias entre la sucesión monárquica española y el legado do Tibu, esa broma chusca que incendia las redes sociales (al parecer las redes sociales son altamente inflamables porque las incendia cualquier bobada) y que viene a ser como una novatada de colegio mayor. Al fin y al cabo hay uno al que le da un aire, hace algo llamativo y reta a otros a que hagan lo mismo so pena de pagar una mariscada en caso de no cumplir el desafío. Es más, yo creo que Juan Carlos I no ha abdicado a  causa de esas intrincadas razones que analizan politólogos y tertulianos. Nada de ciclos históricos, ni del fin de la Transición, ni nada de nada. Chorradas. El Rey  ha visto en el legado do Tibu una ocasión dorada para darse el piro y dejarle a su hijo y nietas, respectivamente, el marronazo de tener que seguir jugando a los reyes en un país donde, por lo general, pintan espadas y bastos. La campechanía borbónica tiene la ventaja de que permite echarle morro a la Historia de España y metérsela doblada al propio sucesor. Si Carlos V se retiró a pescar truchas en Yuste porque le dio la gana, a ver por qué Juan Carlos I no va a poder solazarse en su pabellón de caza viéndolas venir. El legado abdicatorio de Juan Carlos I pone en la picota a Felipe VI, nuevo rey en la corte de Tibu que va a tener que mojarse tirándose en plancha sobre las revueltas aguas hispanas. O eso, o pagarles una mariscada a los de Podemos y a otros españoles que solo tienen interés por las coronas cuando se trata de las de sus propias muelas. Las demás les sobran. Así que el Rey Juan Carlos ha considerado la abdicación como una dación en pago de la pesada hipoteca que le suponía reinar, y ha optado por hacerle un legado con peineta a su querido hijo que, según se sucedan las cosas a partir de hoy mismo, será recordado por la historia como Felipe VI o como Tibu I el fugaz.

Explicaciones

El Rey no estará en la coronación de su sucesor, algo que escandaliza a sus fans y anima mucho las tertulias ladradoras en estos días de tan intensas emociones. Hay que teorizar un poco al respecto. Primera explicación. Si el Rey, como casi todos los padres con sus hijos respectivos, se ha perdido todos los partidos de fútbol jugados en su vida escolar por el Príncipe de Asturias, tampoco es de extrañar que se pierda su coronación, mucho más larga, aburrida y previsible que un partido de ascenso a la liga infantil. Otra explicación, la segunda, de esta sonada ausencia es que tal vez don Juan Carlos haya seguido el consejo de Groucho Marx y renuncie por fin a pertenecer a un club que le admita a él como socio y en el que, además, es obligatorio matar elefantes y pasear del bracete con jeques árabes que tienen mejores coches, mejores yates y más señoras a su disposición. Tercera explicación. El rey se escaquea, se baja en marcha del trono dejando la corona en doble fila siguiendo el ejemplo de Esperanza Aguirre y Gallardón junior. Juan Carlos se está dando a la fuga después de que su monarquía haya colisionado contra la realidad en algún punto de la Historia reciente de España. Que el chaval aguante a los guardias y se haga cargo del papeleo que, al fin y al cabo, lleva ya demasiados años de copiloto como para no saber manejar la carroza. Cuarta explicación. Puede también que a Juan Carlos I no le guste que la próxima reina sea de clase media, divorciada, con una familia algo ordinaria, las tetas operadas y mal carácter, tan lejos de la invisibilidad discreta y abnegada de su augusta esposa griega. Quinta. Juan Carlos I se queda en casa porque tal vez piense que si no es él quien ocupa el trono más vale que todos seamos republicanos. Y sexta explicación. El Rey no se fía de que haya borbonismo después del juanrcarlismo y hasta tal vez fantasee con la idea de haber casado a su hija Elena con Juan Carlos Monedero y a Cristina con Pablo Iglesias, funcionarios y pobres, algo feos para lo que se busca en el pedigrí monárquico, pero honrados. Tache usted la explicación que no proceda.

 

Cociente

No soy patriota. De ninguna especie. No me emociono con bandera alguna, los himnos me parecen ridículos y musicalmente deficientes y creo que la Historia con mayúscula en la que se hunden esas presuntas y tan nuestras raíces patrióticas es un basurero dignificado a base de urbanizar sobre él parques perfumados con rosaledas y coronados con estatuas ecuestres de algunos canallas. Soy alérgico al ruido de la gaita, escapo de la tonada,  del pasodoble torero, del torero en sí, de las castañuelas y los faralaes, y de la marabunta futbolera que emite carnés de españolidad con olor a pies. Soy daltónico al rojo y el gualda, sordo a los cornetines de ordenanza marcial, inmóvil ante los desfiles que pasean pistolas, cruces, capirotes o armiños. Cada vez que leo “todo por la patria” en algún sitio suelo echar mano a la cartera. Mi patriotismo se muestra únicamente ante algunas caras y nombres; solo me siento ciudadano en algunos bares de los que me echan cuando estoy borracho, o acogiéndome al asilo de ciertos libros y películas cuyos finales ya conozco. Hago estas aclaraciones porque vivimos unas semanas en las que parece necesario explicar en cada momento en que balcón va a poner uno la bandera para saludar el paso de todas comitivas que representan esa memez que se ha dado en llamar la Marca España y que, al parecer, está representada por un régimen político desacreditado y basado en al azar de los espermatozoides, o por unos millonarios que juegan al fútbol cuando les apetece y cuyas desgracias me traen al pairo. Con patrias así uno llega a pensar si para ser español según las normas dictadas en estos tiempos no habrá que tener un cociente intelectual negativo.

Contabilidad

Jesucristo advirtió que las putas nos precederán en el Reino de los Cielos. Ahora sabemos que, además, ellas nos volverán a convertir en la locomotora económica de Europa. Seremos los “alemanes del Sur”, como dijo Rajoy, gracias al valor añadido bruto que genera una brutalidad como la que va asociada desde siempre al negocio de la prostitución. La estricta moralidad que exhiben los gobernantes de España y de Europa, preocupados por evitar que las esquinas se llenen de putas y los parques de drogadictos, se disuelve de manera parcial cuando de lo que se trata de es de sumar millones de euros a las mermadas cuentas de algunos países, especialmente a las de España. Todo vale para dar a entender que la crisis se ha terminado. Ahora se explica uno el gran interés de nuestro gobierno por acabar con la justicia universal e impedir así que, entre otras cosas, se juzgue a grandes narcotraficantes. Se conoce que estos señores y sus turbios negocios multimillonarios tiene ahora un nuevo papel de gran importancia en el cómputo global de la economía. Primero cerrará una fábrica de coches o de gabardinas que una red de distribución de cocaína o el mayor burdel de la carretera de La Coruña. Los números mandan. Mucho decir que de la crisis se sale echándole huevos. Falso: las vaginas de pago son la reserva de urgencia del capitalismo europeo. Estos neoconservadores que ven en uso libre de la vagina y sus alrededores motivo de pecado y desestabilización social de la familia y promulgan unas leyes del aborto basadas en una moralidad inquisitorial, asumen por mandato europeo que la caja registradora de un puticlub es un nicho de negocio que hay que meter en la contabilidad nacional. El puterío y las drogas reforzarán nuestro Producto Interior Bruto porque, a lo que se ve, entre ambos turbios negocios mueven una talegada de millones de euros que hace palidecer nuestro producto interior en investigación, producción de barcos, coches, aviones, carriles de trenes o promociones inmobiliarias. Se nos van los de Suzuki, se quieren ir los de Tenneco, la siderurgia india nos tiene pillados y los coreanos nos llevan la construcción naval, pero nuestras cuentas siguen saliendo si las echamos sobre una barra americana y las vaginas profesionales guardan los ahorros de esta Europa en la que la moralidad la dictan los banqueros.

Primos

Sólo han hecho falta un par de años de crisis y varios millones de parados para que España haya pasado de estar aterrorizada por las amenazas de la prima de riesgo a rascarse el bolsillo para pagar las primas millonarias de los jugadores de la muy española y muy roja selección de fútbol. Unos atléticos patriotas muy bien pagados por la simple razón cumplir con su trabajo que, además, serán generosamente primados por hacer lo que se espera de ellos: meter goles. Unas primas y otras han servido para que nuestras privaciones permitan pagar sueldos millonarios a tipos que son millonarios, ya vayan por ahí en pantalón corto o vistan trajes a medida. Una primas y otras son primas hermanas que forman parte de la gran familia de la economía de mercado, un sistema especializado en devorar a sus hijos y en encontrar primos que paguen las primas. En esta misma línea de generosidad a chorro con los bienes ajenos, el Parlamento se encargó ayer de firmar otro cheque en blanco a la monarquía, una nueva prima de confianza que se abona al contado y con cargo a los haberes de una mayoría política que, al parecer, tiene cada vez menos que ver con la mayoría social. Nuestra cartera parece no tener fondo, somos ricos y generosos, podemos pagarle las juergas a los banqueros, los campeonatos a los futbolistas y las coronaciones a los reyes. Con este tren de vida es imposible que pasemos por un país serio en ninguna parte. Vivimos por encima de nuestras posibilidades, en efecto, aunque cada vez que alguien usa nuestra tarjeta de crédito es para hacer compras que no hemos autorizado. Nos gastamos en banqueros, futbolistas y reyes lo que deberíamos dedicar a colegios, medicinas, jubilaciones y referendos. Somos unos primos.

Ofertas

Un proveedor de embutidos de Jabugo me ha mandado una interesante propuesta comercial. Si yo le hago un pedido de jamones, lomos y otras exquisiteces porcinas y la Roja gana el Mundial de Brasil, el industrioso chacinero me lo regala todo, desde la pezuña del marrano hasta el cordel del último chorizo. Me parece razonable la apuesta, ya que aunque las posibilidades matemáticas de perder mi dinero son muchas, siempre me quedará el consuelo de comer jamón de Jabugo aunque sea pagando. Si gano el concurso, miel sobre hojuelas. Uno se pasa el día tomando decisiones en las que el azar tiene mucho que ver, aunque prefiere hacerlo cuando hay alguna mínima contrapartida. Se puede uno arriesgar a comer jamón del bueno y soñar con la posibilidad de que, además, salga gratis. La apuesta lo merece. Si la Casa Real hiciera a los españoles una propuesta comercial parecida a la del señor jamonero de Jabugo, seguramente los ciudadanos saborearíamos la democracia con mucho más placer aunque finalmente nos costase dinero. Pongo por caso que el heredero del trono de España, pata negra de la españolidad y la modernidad según se nos dice a todas horas, nos ofreciera la posibilidad de condicionar su reinado a que el personal votase antes en un referéndum si este es el modelo de Estado que prefiere. Si sale que nones a la monarquía, el heredero nos devolvería el dinero y la república y haría las maletas. Si sale que sí, Felipe VI estaría en el menú constitucional porque se lo habría ganado en buena lid y, de paso, el sabor de la democracia sería algo menos rancio de lo que es ahora. El problema es que las monarquías y sus cortes de lameculos están acostumbradas a presentar ofertas sin ninguna contrapartida, del estilo de las que se hacen en las tómbolas en las que el premio gordo es la muñeca Chochona. Lo tomas o lo dejas. Uno cree llevar todas las papeletas para arrasar con el tenderete y al final se va a casa con un peluche horroroso de tamaño descomunal. Esto solo confirma que un vendedor de jamones hace mucho más por su negocio que todo un príncipe. Que aproveche.