Tuitera

La presidenta del PP de Asturias, Mercedes Fernández, demostró ayer que, como era bien sabido, las faltosadas dichas en redes sociales no son patrimonio únicamente de peligrosos desestabilizadores anarcoides, sino también de virtuosas damas de la derecha. Doña Mercedes se ha sentido en plena forma forma tal vez porque aún mantiene el alias jovenzano de “Cherines” que alguien le puso antaño, cuando parecía ser la Shirley Temple de la ultraderecha fraguista que, por el camino que lleva, va a terminar por marchitarse como la olvidada Babe Jane torturada por una asistenta de FAC. Pues, a lo que iba, la presidenta del PP tuiteó que el debate Valenciano-Cañete lo había ganado el del PP por la sencilla razón de que fue un enfrentamiento entre una telefonista y un abogado del Estado y, añadió, “no hay color”. A dónde va a parar, todavía hay clases. ¿Desde cuando las telefonistas quieren ser princesas? A uno este tipo de salidas de tono le parecen sencillamente ridículas, propias de gentes torpes y sin más discurso que el eructo. Y debo aclarar por si alguien lo pregunta, que estaría escribiendo lo mismo si la babayada hubiera salido de boca de un socialista en el caso de ser Valenciano una registradora de la propiedad y Cañete un descargador de muelles.

La estupidez en política debería estar prohibida y castigada con la destitución fulminante; el que quiera decir paridas que vaya a la barra de un bar, no a la bancada de un parlamento. Lo que pasa que como yo soy un hombre y Mercedes Fernández es una mujer no quiero afearle demasiado su comentario clasista y casposo, no vaya a ser que mi superioridad intelectual se tome por machismo. Esta reflexión de antropólogo de barbería la tomo prestada del candidato Arias Cañete, otro referente intelectual de la derecha española que seguramente estará orgulloso de la sandez tuitera perpetrada por Mercedes Fernández. Aznar los cría, Twitter los junta y los demás los aguantamos además de pagarles el sueldo.  A la derecha nunca le gustó el tuteo y ahora persigue el tuiteo salvo que, en ambos casos, sean ellos quienes lo utilizan para agredir, ningunear y tratar con displicencia de marquesa arruinada al servicio, a los rivales políticos o a los periodistas preguntones. La derecha tuitera debería autoregularse antes de dar lecciones a nadie.

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