Castas

El PSOE está demostrando que tiene más miedo a sus militantes que a sus votantes, una fobia que se ha agudizado desde el domingo y que explica las razones por las que ese mismo domingo perdieron más de dos millones y medio de votos. Cuando no se deja a los militantes ser votantes en su propia casa y se detecta que los votantes de toda la vida han dejado de echar papeletas en la urna con disciplina militante, el panorama que se dibuja es muy feo y empiezan los apaños y enjuagues para salvar los muebles y las joyas de la familia. Ser socialista de base a estas alturas del partido es merecedor de mucho respeto, casi tanto como ser del Sporting o del Atlético de Madrid y tener que salir cada semana al campo tratando de ganar el partido con una alineación de jugadores lesionados que, además, están entrenados por un técnico desfasado y presididos por una junta directiva que no se baja del palco desde los tiempos de Santiago Bernabéu.

Cuando un partido de izquierdas (sic) muestra en público su terror y desconocimiento hacia lo que pasa en la calle, a que sus propios afiliados emitan opiniones sin filtro y se aferra a catecismos estatutarios apolillados o “consultas no vinculantes” (¿para qué consultan entonces?) para justificar el poder de los cuatro amigos de siempre, no tiene ningún argumento para ofenderse cuando otros hablan de las castas de la política. El diccionario aplica una de las acepciones de casta a “grupo cerrado que constituye una clase especial y se diferencia de los demás por su raza, religión o costumbres”. Justamente. La casta socialista no quiere dejar de serlo (la del PP tampoco, claro)por eso ha decidido que el sufragio universal es estupendo siempre que se produzca en el universo de los otros no en el propio, y que la máxima “un hombre, un voto” que rige las sanas costumbres de la vieja democracia se convierte en “un voto, una cagalera” cuando de lo que se trata es de llamar a las urnas dentro de casa. La casta política existe y se defiende con las mañas de los gatos viejos; eso es lo que demuestran desde hace una semana las variadas maniobras de ciertos socialistas de mucha vitola para no caerse de la calesa en medio de tantos baches y controlar de cerca la opinión de lo que queda de sus bases. El PSOE siempre pensó que, en realidad, las mejores primarias son las que no se celebran y lo de estos días es una nueva prueba de lo mismo. Si el venerable Pablo Iglesias levantara la cabeza para ver esto igual se iba de cañas con su actual y famoso tocayo. Lo mismo reconocía en él a un miembro de su misma y vieja casta de los ciudadanos de a pie, trabajadores y cabreados.

Coleta

Cuando Felipe González regaló la expropiada Galerías Preciados al millonario venezolano Gustavo Cisneros, debió pensar que aquella era su máxima contribución a la revolución proletaria tras la expropiación de Rumasa. Felipe González, tan amigo de Venezuela en aquellos tiempos en los que escuchar a Violeta Parra y Quilapayún era sinónimo de progresía, ha salido de su madriguera por segunda vez en pocas semanas para sumarse al coro de sabuesos que hozan en todas grietas posibles buscando cualquier forma de desacreditar al partido “Podemos” y su líder, Pablo Iglesias. Las simpatías de Iglesias por la Venezuela y Cuba actuales no son del agrado de González, tan americanista en sus tiempos, tan fumador de Cohíbas regalados por Fidel. Felipe ha dado un paso más en la elaboración de la teoría enunciada por él mismo acerca de la coalición universal PP-PSOE. “Podemos” ha hecho un nuevo favor a la democracia convirtiéndose en el reactivo que nos ayuda a visualizar con claridad de que están hechos los cimientos de nuestra democracia. Iglesias y los suyos, más de 1,2 millones de votantes que no merecen todo el respeto de los que reparten los carnés de demócratas, son desde el lunes el enemigo común que va a terminar por unir para siempre a curtidos socialistas con toda la carcundia neofascista de foros y tertulias, más dispuestos a coincidir con los Le Pen en el club de campo que con los “Podemos” en la cola de Alcampo. Alcampo es el supermercado francés en el que, al parecer, compra sus camisas Pablo Iglesias, detalle que da al estilismo indumentario del neonato político un toque proletario de extrarradio, como una traducción actualizada de cuando Felipe y los suyos vestían de pana y lucían patilla de hacha recorriendo los pueblos en un “cuatro latas” para captar el disputado voto del señor Cayo. Hace tiempo todos estos se han cortado la coleta, justamente cuando las coletas vuelven a cotizar en política.

Poder

Bienaventurados los que dijeron “podemos” porque el infierno de las urnas les ha puesto en el purgatorio del Parlamento Europeo. Bienaventurados quienes votaron Podemos porque pensaron que los ángeles de la guarda de la democracia pueden tener coleta de colega y hablar con la humildad que los hijos universitarios explican a sus padres casi analfabetos en que consiste la dura teología del mercado. Felices los que estaban seguros de que querer es poder, de que el que poder empieza por querer porque sin querer no se puede hacer nada. Felices los que se quejaron en las urnas de la impotencia que sentían ante los imponentes y los omnipotentes porque ellos y ellas han conseguido cambiar el estreñimiento político de todo un país por un saludable tránsito digestivo facilitado por una dosis razonable de fibra ciudadana. Dichosos y orgullosos los que pelearon con la letra y la música de la razón contra la prosa mostrenca de las calculadoras porque de ellos y ellas son el futuro de un tiempo lleno de los besos y los versos de quienes creen que la política puede ser poesía cargada de futuro. Felices quienes nos nos hicieron caso a los del ardor de estómago crónico, a los de la acidez como estrategia, a los de las agujetas cívicas en la mano de votar, a los precavidos con mala baba, a los malpensados por definición, a los analistas de barra de bar, a quienes vemos el naufragio antes de la botadura. Felices ellos y ellas porque fueron a votar convencidos de que el poder es de los que pueden, el querer es de los que quieren y la guerra es de los que la ganan. Esta ha sido la primera batalla de quienes siguen creyendo que tiene que llover aunque sea a cántaros y la tormenta nos pille a todos en campo abierto. Hoy solo echo en falta no ser uno de ellos. Felicidades y a no decepcionar.

Partidos

 

Mientras corrían por la hierba 22 millonarios en pantalón corto, el palco del estadio estaba abarrotado por más de 22 millonarios con corbata de seda que, de manera sincronizada con los de abajo, ejecutaban sus jugadas ensayadas desde antiguo en busca de sus propio trofeos y campeonatos, no en vano el juego de los de arriba es casi tan viejo como el de los de abajo. Los 22 millonarios de abajo tenían la misión de entretener al respetable público con sus cabriolas y abdominales histéricos, mientras los 22 millonarios de arriba se ponían al día de sus cosas bajo el paraguas acogedor del pueblo llano aullando goles, jurando venganzas y blasfemando arbitrajes. Aunque aparentemente los 22 de arriba y los 22 de abajo se estaban ocupando de asuntos diferentes la simetría de sus actos fue tan perfecta que en el palco presidencial había tantas estrellas como sobre la hierba, alineadas como en un futbolín y cada una de ellas con una misión definida en la estrategia global del encuentro que se jugó en las alturas. Hubo rematadores de contratos de obras públicas, finos regateadores de la recaudación de los derechos de autor, viejas gloria del balompié metidos a utilleros y masajistas de egos, y hasta un viejo árbitro del poder civil muy mermado por la lesiones, además de políticos recordados por golear repetidamente a todo un país a puerta vacía. La prueba de la simetría perfecta ente los de arriba y los de abajo se produjo cuando Florentino Pérez y José María Aznar chocaron los cinco como dos adolescentes entusiasmados. Parecían celebrar un gol del Real Madrid, pero en realidad a ninguno de los dos les interesa el fútbol, ni siquiera sabían quienes jugaban abajo. Su partido era el de arriba y ese lo ganan siempre por goleada. Una más.

Alegría

Cuando la vicepresidenta Soraya dice que ve a la gente alegre por la calle no se para a pensar que lo que puede estar viendo realmente es gente borracha, o empachada de ansiolíticos. Gente que bebe para levantar el ánimo ante la imposibilidad de cambiar nada o porque su equipo ha ganado alguna competición y eso llena los bares y estimula la economía con más decisión que cualquier Consejo de Ministros. Se ve poco la alegría de la que habla Soraya porque existe una generalizada certeza de que ni el PP, ni el PSOE, ni IU, ni nadie; ni los antiguos, ni los nuevos, ni estos misioneros pardillos que dicen las verdades del barquero en las televisiones, van a ser capaces jamás de hacer que la política y la economía o los mercados bailen al son de los ciudadanos. Las redes sociales no son Bruselas y Bruselas es un paraíso fiscal y político, un agujero negro ideológico del que nadie vuelve. Por eso y por lo demás ningún candidato ni candidata hará que yo salga mañana de casa a votar. Ni en blanco. Mi voto es lo único de lo que aún puedo disponer a mi antojo y al igual que haría con los ahorros si los tuviese, prefiero dejarlo debajo del colchón. Porque las urnas convierten los votos en cheques en blanco, lo mismo que las pensiones de los viejos se convirtieron en ceniza al paso de las preferentes. Como no soy uno de los ciudadanos alegres de Soraya me quedaré en mi casa viendo pasar las horas que nos llevan a cinco años más de europarlamentarios que viajan en clase preferente, cobran en un mes lo que un votante gana en un año y están más pendientes de atender a los enviados de los grupos de presión internacionales que de saber lo que le pasa a la gente que no está tan contenta como dice Soraya o que no solo se conforma con que el PSOE nos haya demostrado únicamente que son menos machistas que el PP. La UE lleva años imponiéndome la abstención como norma económica, así que no se extrañará que ahora sea yo quien la practique como derecho. Además, la euroabstinencia acaba por hacer que uno se cabree y uno no va a una fiesta cuando está de mala hostia, aunque sea la fiesta de la democracia que Soraya ve por todas partes.

 

Mafalda

 

Julio Cortázar dijo en cierta ocasión que lo importante no es lo nosotros opinemos sobre Mafalda sino lo que Mafalda opina sobre nosotros. Y Mafalda empezó hace 50 años a decirnos lo que pensaba de nosotros, de nuestro mundo, nuestra violencia cotidiana, del machismo que hay en el salón de cada casa, de la pobreza mental y material, de la injusticia que se ceba con los niños y los viejos, y hasta de sus problemas con la sopa. Mafalda y Quino, su creador, merecidísimo premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (por comunicador y por humanista), llevan medio siglo diciéndonos de todo y haciéndolo con la crudeza que da el estilo directo de los niños y la inteligencia sagaz de un adulto con clase y ternura. Mafalda ha dicho que nuestra sociedad es una “zoociedad”, ha soltado una carcajada muda al leer en el diccionario el significado de la palabra democracia, le ha preguntado a su madre, exhausta ama de casa, qué le gustaría ser “si viviera”, y ha pedido que además de estar prohibido pisar el césped se prohíba también pisar la dignidad. Quino y Mafalda han sido virales sin redes sociales y han alimentado en medio siglo más conciencias que sulfurados tertulianos o aguerridos profetas de la moralina o la catástrofe. Sus mensajes rasos y a la cepa del poste, imparables, tienen más sustancia y verdad que cualquiera de las campañas electorales que hemos vivido hasta la fecha. El secreto de Quino y Mafalda ha sido no insultarnos, no avasallarnos, no tratar de aleccionarnos o redimirnos, no alzar la voz y cultivar la máxima de hacer reir diciendo la verdad por muy cruda que la verdad sea. No confundamos la educación con la conformidad. Nadie se ha querellado jamás contra las frases que Quino le prestó a Mafalda aunque a veces no lleguen a los 146 caracteres y su contenido sea más desestabilizador que cualquier soflama. Nunca Quino ha tenido que pedir disculpas por una frase de Mafalda porque cuando se habla con inteligencia, humildad y respeto se puede decir todo por muy duro que sea. Es verdad que por ese camino casi se nunca se llega a ministro o eurodiputado pero suele conseguirse el cariño y el respeto de muchas personas. Ese es el premio y la diferencia entre lo popular y lo populista. Tomen nota. Ojala Mafalda tuviera cuenta en Twitter.

 

Hogar

Conseguir un orgasmo en un cajero automático es lo más próximo a experimentar en persona la sensación que produce beneficio bancario. La pareja ovetense que fue sorprendida (sic) manteniendo relaciones sexuales en ese recinto de intimidad económica tiene en su haber dos experiencias: la de hacerse famosos por cohabitar en público y la de conseguir que un banco les haya dado alguna satisfacción inmediata. Pasada ya la época en la que por domiciliar una nómina se conseguía una olla exprés o un televisor portátil, puede que los expertos en marketing bancario tomen nota de la iniciativa de esta joven pareja y opten por incluir en sus promociones “una noche en el cajero automático” como cebo para atraer la atención de los jóvenes y potenciales usuarios. “Tu nómina es tu orgasmo”, rezaría el ambiguo lema publicitario. Ni con esas será fácil conseguir clientes en estos tramos de edad tan desprovistos de ingresos propios y estables. El problema es que de aquellos polvos de la especulación bancaria vienen estos lodos en los que generaciones enteras viven enterradas sin oficio ni beneficio, ni donde caerse muertas o enamoradas. La banca española ganó el año pasado 9.000 millones de euros. El banco Santander elevó su beneficio en un 105% con respecto al año anterior. Si alguien no llega al orgasmo siendo beneficiario directo de unas cifras como esas, que se lo haga mirar. El dinero es uno de los afrodisíacos más poderosos que existen, ya sea para Botín o para un modesto paseante que se pone tan cachondo mirando a su novia como sintiéndose partícipe ocasional del erotismo bancario que ofrece el cajero. El Kamasutra debería añadir a sus mil combinaciones amatorias la “postura del cajero”, una variedad que es por ahora una novedad llamativa y viral pero que, al tiempo, terminará por convertirse en la única posible para muchas parejas de enamorados que tendrán en los cajeros lo más parecido a su hogar.

Campañita

Siendo grave que Arias Cañete sea un machista y un clasista, peor me parece que mienta y aún peor que no se monte por ello un escándalo mediático. El candidato del PP dijo, tan pancho, que los españoles somos “los alemanes del Sur” o que España es “la locomotora de Europa” junto con Alemania. Lo de los “alemanes del sur” parece el nombre de una orquesta de esas que amenizan las romerías de verano. Lo de la “locomotora de Europa” sería aceptable si Cañete aclarase que se trata de una locomotora de vapor, no de alta velocidad. Las dos frases son tan desafortunadas como las perlas sobre la superioridad intelectual de los hombres dirigidas a la candidata socialista, aunque no he visto que ninguna red social se haga eco de esta sarta de memeces sobre nuestra pujanza y pida que se vaya el candidato. La coincidencia de la campaña con la temporada de las primeras comuniones puede hacer pensar a los candidatos que las ruedas de molino son el sacramento electoral por antonomasia. Cañete dice chascarrillos bizarros con un palillo en la boca y cuenta mentiras con aparente valor estadístico. Es fácil y vistoso indignarse con los primeros y no debatir las segundas. Se pilla antes a un machista que a un populista y siempre es más rentable y más fácil escandalizarse de las estupideces misóginas que dedicar la campaña a debatir sobre qué hace realmente la UE por la gente. El PSOE esta encantado con un contrincante que ha diseñado una campaña de patio de colegio a medida de la flojera socialista. Una campañita basada en chascarrillos que permiten la indignación de manual y evitan debatir lo que esta pasando; una campaña que ha conseguido recauchutar el desinflado mensaje de la camarada Valenciano. Cañete es la estrella, el crupier que da cartas ganadoras a los suyos y a los socialistas que, como siempre, se repartirán entre ambos las ganancias desde el día 26. Y nosotros tan contentos.

Tuitera

La presidenta del PP de Asturias, Mercedes Fernández, demostró ayer que, como era bien sabido, las faltosadas dichas en redes sociales no son patrimonio únicamente de peligrosos desestabilizadores anarcoides, sino también de virtuosas damas de la derecha. Doña Mercedes se ha sentido en plena forma forma tal vez porque aún mantiene el alias jovenzano de “Cherines” que alguien le puso antaño, cuando parecía ser la Shirley Temple de la ultraderecha fraguista que, por el camino que lleva, va a terminar por marchitarse como la olvidada Babe Jane torturada por una asistenta de FAC. Pues, a lo que iba, la presidenta del PP tuiteó que el debate Valenciano-Cañete lo había ganado el del PP por la sencilla razón de que fue un enfrentamiento entre una telefonista y un abogado del Estado y, añadió, “no hay color”. A dónde va a parar, todavía hay clases. ¿Desde cuando las telefonistas quieren ser princesas? A uno este tipo de salidas de tono le parecen sencillamente ridículas, propias de gentes torpes y sin más discurso que el eructo. Y debo aclarar por si alguien lo pregunta, que estaría escribiendo lo mismo si la babayada hubiera salido de boca de un socialista en el caso de ser Valenciano una registradora de la propiedad y Cañete un descargador de muelles.

La estupidez en política debería estar prohibida y castigada con la destitución fulminante; el que quiera decir paridas que vaya a la barra de un bar, no a la bancada de un parlamento. Lo que pasa que como yo soy un hombre y Mercedes Fernández es una mujer no quiero afearle demasiado su comentario clasista y casposo, no vaya a ser que mi superioridad intelectual se tome por machismo. Esta reflexión de antropólogo de barbería la tomo prestada del candidato Arias Cañete, otro referente intelectual de la derecha española que seguramente estará orgulloso de la sandez tuitera perpetrada por Mercedes Fernández. Aznar los cría, Twitter los junta y los demás los aguantamos además de pagarles el sueldo.  A la derecha nunca le gustó el tuteo y ahora persigue el tuiteo salvo que, en ambos casos, sean ellos quienes lo utilizan para agredir, ningunear y tratar con displicencia de marquesa arruinada al servicio, a los rivales políticos o a los periodistas preguntones. La derecha tuitera debería autoregularse antes de dar lecciones a nadie.

Muerte

Cuanto más se sabe del asesinato de Isabel Carrasco, más claro queda que nada tiene que ver con la política y menos aún con ninguna clase de protestas ciudadanas, escraches o manifestaciones. La pura verdad, no la de los estrategas de campaña y argumentario, ni la de los tertulianos a sueldo y a cuchillo, pone las cosas en su sitio. Como siempre. La conclusión es que hay crímenes a secas, crímenes sin más objetivo que el de hacer daño, por venganza, por despecho, por matar. No hay tras de ellos más que la idea de la muerte ajena como origen y destino. La muerte es el bucle que mueve al matarife, y nada más. Pese a que esta es una verdad tan vieja como Caín y Abel los descerebrados de una y otra orilla del manicomio español han tratado y tratan de arrimar el ascua del muerto a su sardina; son personajes tan siniestros como las dos pistoleras que mataron a la presidenta del PP de León. Lo son quienes han tratado de usar este crimen de pliego de cordel como una causa general contra la libertad de expresión, y lo son quienes aprovechan para desfogar a coces lo que no saben defender dando la cara o el voto. Lo que pasa es que la muerte es una materia prima muy barata y modelable con la que los españoles llevamos trabajando a destajo desde hace tantos años que ya no vamos a ser capaces de cambiar. Vivimos sobre un sustrato histórico y social lleno de muertos en las cunetas, de delatores anónimos, de inquisidores de todos los colores y pelajes, y de carroñeros con muchos reflejos que ven en cualquier cadáver una buena excusa para alimentar la bilis propia y ajena. Llevamos la muerte en el ADN y acudimos a su llamada por instinto de manada. Somos tan excesivos en las loas a los muertos como en el uso partidario que hacemos de la memoria de algunos, o de las masas encefálicas que su asesino les desparrama por la calle. No hay remedio.